Posteado por: diariodelgallo | noviembre 16, 2007

MEMORIAS DE UN PASADO CERCANO de Mario Guerra Roldán

memorias

  

Mario Guerra Roldán nos hace descubrir a lo largo de las páginas de este libro, sucesos que a la mayoría se nos borran con el tiempo. El autor nos cuenta , como era “la radio”, las películas más destacadas, los deportes y sus deportistas y hasta veremos desfilar algunos de los “carros” de moda

Rigoberto Juárez-Paz /elPeriódico

redaccion@elperiodico.com.gt

El jueves de la semana pasada, en el salón “Julio César Méndez Montenegro” de los Colegios profesionales, en un acto presidido por Jesús Chico de Artemis Edinter, Mario Roberto Guerra Roldán, Gonzalo Marroquín Godoy y José Barnoya, autor del prólogo, se presentó la obra Memorias de un pasado cercano, de la cual es autor el licenciado Guerra Roldán, oriundo de Jícaro City pero criado y educado en Guatemala City.

El libro de Mario lo leí “de un tirón”, pues el relato es fluido, lleno de datos sobre acontecimientos, personas y lugares, muchos de los cuales conocí de oídas durante mi primera juventud (ya voy por la cuarta), pues durante los cinco años que pasé de interno en la Escuela Normal solo salíamos sábados y domingos (cuando no estábamos arrestados) y muchas veces no teníamos ni los tres centavos para la camioneta, de manera que nos quedábamos visitando a los animales del zoológico.
Estos no nos hablaban solo porque no podían, pues nos conocían de sobra.

De manera que de la ciudad conocí muy poco. Juan José Fratti Juárez, primo mío, extraordinario maestro de escuela y vendedor nato, era mi encargado y me daba 25 centavos a la semana para la camioneta, la matinal del Lux, y una mixta con un vaso de cerveza en el Frankfurt, cuando tenía los tres centavos para llegar al centro. A veces todavía sobraba para un “bocado de la reina”.

A diferencia de Mario, yo no conocí ningún barrio, ni vecinos, ni tiendas, ni patojas. Años más tarde, cuando vivimos de 1945 a 1947 al final de la 14 calle oriente, tampoco conocí a nadie. Ya había pasado el 20 de octubre de 1944, que me pescó en Livingston, un pueblo de morenos o “garífunas”, como se les llama ahora, donde yo era maestro de escuela. Al regresar a la capital me extrañó mucho no ver ninguna señal de la guerra que el año anterior había tumbado al general Ponce Vaides. Yo regresé para ser maestro en la escuela República de Costa Rica y alumno fundador de la Facultad de Humanidades de la Usac, de manera que no tenía tiempo ni para averiguar quiénes eran nuestros vecinos. Cuando volví, después de una ausencia de 14 años en el extranjero, viví en la 9a. avenida de la zona 1, pero la capital ya no era un pueblo grande, sino Guatemala City.

He disfrutado mucho la lectura del libro de Mario. Me ha hecho recordar muchos sucesos, personas, películas, canciones, radioperiódicos, políticos y futbolistas de la época. El doctor Arévalo, Montenegro Sierra, Aguilar Batres, Ponce Monroy, Pepino Toledo, Cantinflas y tantos otros personajes de la vida nacional y mexicana viven de nuevo en nuestra memoria.

Me hubiera gustado leer más sobre la familia de Mario, especialmente sobre don Ladislao, su abuelo, y don Pancho, su padre. A don Pancho lo conocí mucho. Era un hombre excepcional. Brillante legislador en el primer Congreso revolucionario, maestro de la historia, diplomático, miembro del gabinete en el Gobierno de Arévalo y poeta. No puedo olvidar el día que a la hora del almuerzo, en nuestra casa, y en presencia del doctor Raúl Osegueda, otro personaje inolvidable, y monseñor Manresa, a la sazón rector de la URL, declamó de memoria un largo poema suyo dedicado a Jesucristo. Don Pancho murió al final de una tarde que se había pasado leyendo sus poemas a un jicareño que había llegado para hablarle del homenaje que pronto le harían sus paisanos en Jícaro City. Yo nunca pude ni puedo referirme a él como Pancho caulas, por razones filosóficas. Hace muchos años escribí: “el apodo sustituye al nombre primario y al hacerlo anula la identidad de quien lo recibe. Esta es la razón de que el poner apodos sea una especie de asesinato ontológico”, escribí una vez. Ojalá leás esto, vos Sordo Barnoya.

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Responses

  1. La obra de Mario–fuimos companeros en el Instituto en los 40s–me trajo a la memoria aquellos dias de nuestra juventud. Es increible el trabajo del autor, al describir uno por uno los almacenes de la Sexta y calles adyacentes. Datos que yo ya habia olvidado cobraron vida nuevamente y fue como renovarme reviviendolos.
    Al mencionar mi nombre y el de mi hermano, Oliverio, Marito nos hizo beisbolistas. No… Mario!! Eramos basketbolistas, y la foto de mi hermano se mostro en el Teodoro Palacios, especia de Hall de la Fama del Basket Ball, hasta que esas fotos desaparecieron.
    Otro gazapo, Marito, el amigo basketbolista se llama Santiago Broll.
    Por lo demas, te agradezco el tiempo que te tomaste reviviendo nuestros dias pasados.
    Espero poder darte un abrazo la proxima vez que llegue a nuestra Guatemala.

    Roberto el Choco Quezada


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