Posteado por: diariodelgallo | noviembre 27, 2007

EL ARBOL DE ADAN de Gerardo Guinea Diez

gerardo guinea diez 

 El escritor guatemalteco Gerardo Guinea Diez escribe prosa y poesía, son sus dos pasiones, y en su más reciente obra, El árbol de Adán, quiso consolidar ambas vetas de un solo tiro. 

Méndez Vides /elPeriódico

mendezvides@itelgua.com

El escritor guatemalteco Gerardo Guinea Diez escribe prosa y poesía, son sus dos pasiones, y en su más reciente obra, El árbol de Adán, quiso consolidar ambas vetas de un solo tiro. El libro es breve pero demanda horas al lector, porque la riqueza de su prosa no está en la anécdota sino en la imagen.

Cada línea es un descubrimiento de emociones, que demandan la relectura y el disfrute de cada palabra. El libro es inclasificable, de los que aparecen muy pocas veces porque implican experimentación, expresión personal, dolor y dedicación empeñada en la palabra justa: “Andar, anduve por la costumbre de ser dos. El de antes y el de ahora”. El argumento novelesco se explica desde las primeras páginas, el narrador regresa a Guatemala buscando el sitio donde un sábado terrible se sucedió una masacre. El paisaje es solemne y estremecedor, pero sucede algo curioso, el lenguaje no es congruente con el horror, sino una feliz contradicción, porque es bello, porque nos enseña el firmamento y aparta de los hechos que describe, porque nos muestra el miedo y nos invita a sentarnos en la mesa con los cadáveres incinerados a conversar, porque habla de muerte pero está lleno de vida. Extraña mezcla, que cautiva. El árbol de Adán hace referencia a un palo o chiribisco bajo el cual se extinguió la vida de un ser a quien hay que brindarle el descanso, borrar el odio por el perdón ajeno para continuar con la vida, como emulando a los antropólogos que se pasan horas descubriendo fosas llenas de cuerpos sin nombre, desarmados, caídos como títeres sin hilo en el escenario macabro para darles el derecho del reposo.

A lo largo de la obra se reconstruye la tragedia mientras se va conociendo a las víctimas y a los testigos que perdieron el sueño, como el padre Antonio que recuerda a Adán, el niño quiché de diez años que se inventó para sí el nombre primigenio de los cristianos: “Y el chiquito para siempre ojeando detrás de un izotal cómo su padre entraba en la rueda de las encarnaciones”.

El narrador regresa al lugar de la villanía para encontrarse, va de Barcelona a Boston, a México, a Oaxaca, hasta pisar nuevamente la tierra propia, dispuesto a enfrentar el miedo. El árbol del Colgadito está allí, entre la neblina que todo lo confunde, y cree escuchar las voces de los inocentes que se preguntan “¿De qué éramos inocentes?”. Y la imagen de Adán es el miedo que hay que enfrentar para continuar con vida: “Tu sombra es mía y se vino a mi casa. Ya ves, tenía razón de ponerme a caminar, te la devuelvo ahora”. Un regreso al infierno para “limpiarme el miedo”, “para dejar que el perdón no siga mordiendo”. Un libro singular.

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