Posteado por: diariodelgallo | diciembre 7, 2007

CUARENTA AÑOS DEL NOBEL

margarita carrera II

Cuarenta años del Nobel (1967-2007)
Por: Margarita Carrera

Corría el año 1967. La Escuela de Estudios Básicos tenía ya tres años de estar funcionando en la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Más que con fines docentes, dicha Escuela se había creado para contrarrestar el influjo político que tenía la AEU (Asociación de Estudiantes Universitarios) dentro de la USAC. Así, se anularon los dos primeros años de las diversas carreras y se obligó a todos los estudiantes a inscribirse en la mencionada Escuela antes de entrar a la carrera escogida.

Dentro de las diversas Cátedras que la formaban estaba la Cátedra de Lenguaje, cuyo director era el Doctor Salvador Aguado. Yo era la directora adjunta.

Por aquel entonces, pocos eran los que leían a Miguel Ángel Asturias. En la Licenciatura en Letras de la Facultad de Humanidades, en la que me había graduado en 1957, no aparecía su nombre en el pensum de estudios.

Tampoco el de Luis Cardoza y Aragón, pues ambos eran considerados comunistas y, desde 1954, cuando cayó Árbenz, el anticomunismo se había adueñado del país e imperaba, sobre todo, dentro de la Facultad de Humanidades de la San Carlos, única Universidad por aquel entonces.

De tal manera que cuando, el 19 de octubre de 1967, día del cumpleaños de Asturias, se dio a conocer al mundo que éste había ganado el Premio Nobel, tal noticia cayó como un terremoto dentro de los profesores de la Escuela de Estudios Básicos.

Jorge Luis Borges era el otro candidato. Miguel Ángel, barroco, tocaba la problemática indígena y ladina del guatemalteco, que abarcaba, como es obvio, la política, cuyas directrices venían de Washington; Borges, clásico, tocaba una problemática más que argentina, universal, sin abarcar lo político.

El uno, de izquierda; el otro, de derecha. Suecia se veía inclinada por los escritores de izquierda y Borges acababa de recibir, de manos de Pinochet, un premio, por lo que fue muy criticado. Suficiente para que su genio jamás fuera reconocido en Suecia.

En ese mismo año (1967) Asturias había competido, por el Premio Rómulo Gallegos, con Mulata de tal, frente a Vargas Llosa, quien presentara La casa verde. Y Asturias había sido derrotado.

De tal forma que éste no era reconocido ni en su patria ni en el mundo, hasta que se le entregó el Nobel el 10 de diciembre del 1967.

En un estudio preliminar para Hombres de maíz, que me solicitó editorial Piedra Santa (1991), comparo a Asturias con uno de “los grandes brujos de las luciérnagas”; brujo hecho de palabras, de cantos, de colores, de malabarismos, de magias; brujo de rotunda poesía vibrante, deslumbrante, vociferante, calcinante.

Y tan brujo, que, con un leve toque auditivo, su palabra, nos embruja. Entramos, así, en su mundo real y en su mundo mágico en el cual la poesía cobra todo su desgarrado y luminoso deleite.

De la prosa surge el canto. La prosa deja de ser prosa, es melodía, hechizo, pintura plena de colorido, escultura y arquitectura verbal de un más allá y de un más acá, en donde se deslizan las leyendas del hombre ladino, entrelazadas con las leyendas del hombre de maíz, del indígena misterioso y mítico que habita una Guatemala mal compartida.

Más tierra, más dinero, más justicia para el ladino. Menos tierra, menos dinero, ninguna justicia para el indígena. Hombres de maíz, nos conduce al mundo asturiano, con lo resoplón de su aliento casi español, casi indígena, que conforma nuestra identidad.

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