Posteado por: diariodelgallo | diciembre 7, 2007

FRANCISCO MORALES SANTOS (Entrevista)

francisco morales santos

Devorador de libros
Para Francisco Morales Santos el poeta es la voz de todas las personas que son incapaces de expresar su sufrimiento y angustias ante el dolor.

Por Francisco Mauricio Martínez
Fotos: Carlos Sebastián

Cuando tenía 17 años, Francisco Morales Santos principió a escribir poesía, lo que provocó una amistad con las luminarias de la literatura nacional de ese entonces: César Brañas y Manuel José Arce Valladares. Su interés por las letras le permitió leer a César Vallejo, Pablo Neruda, Mario Benedetti y Roque Dalton, los cuales, asegura, lo ayudaron a pulir su propio estilo.

 

Su prolífera carrera poética, que inició en 1961 con la publicación del libro Agua en el silencio, le ha permitido ganar varios galardones, entre los cuales destaca el premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias (1998). Otra de sus grandes satisfacciones la recibió durante este año cuando el Consejo Superior de Educación de Costa Rica le notificó que a partir del 2008 su libro Ajonjolí será lectura obligatoria en dicho país.

¿Cómo nació su interés por la poesía?

Siempre he sido un devorador de libros, porque la formación de un escritor está en la lectura. Creo que nunca habrá una universidad que le diga a uno: aquí va a aprender a escribir. La preparación de un escritor es personal, así como también la facultad de darse cuenta si su trabajo despierta inquietud en otras personas.
También incidió conocer a otros escritores como César Brañas, a quien tuve la suerte de conocer y visitar los sábados en su casa en Antigua para hablar de literatura.

¿Y sus primeros escritos?

Empecé a publicar en el periódico El Imparcial y luego en un hermoso suplemento que tenía El Diario de Centroamérica. En 1961 publiqué mi primer ejemplar: Agua en el silencio (poesía) con palabras introductorias de Manuel José Arce y Valladares, papá del dramaturgo (Manuel José Arce).

De niño ¿quién lo inclinó hacia las letras?

Antes de conocer a Brañas tuve un maestro en la primaria muy especial (Fidencio Méndez). Él acostumbraba llevarnos al campo para explicarnos las ciencias al utilizar la naturaleza. Además, nos hacía escribir, lo cual fue un buen ejercicio, y fue así como se dio cuenta que yo tenía vocación para las letras. A raíz de esto, me regaló el libro La vida íntima de Rubén Darío escrita por Edelberto Torres-Rivas (padre). Luego vinieron los encuentros con Brañas y Arce Valladares, quienes me incitaron a escribir.

¿Qué escritores han marcado su vida?

Me identifiqué mucho con Miguel Hernández, quien me llamó la atención a raíz de lo que me dijo acerca de sus libros el poeta René Acuña. Uno de sus primeros, El rayo que no cesa, el cual tuve la suerte de encontrar en una librería de la sexta avenida (zona 1) y que ya no existe.

 

Después me di a la tarea de averiguar quién era y me interesó su vida; fue un hombre de campo, pastor de cabras en su ciudad natal. En determinado momento de su vida, en los días difíciles de la guerra española, viajó a Madrid, donde fue detenido y falleció en la cárcel, pero su poesía siempre me impactó.

¿Sólo Hernández?

No me quedé ahí. Luego me interesé por César Vallejo, que era muy profundo y descarnado; Pablo Neruda, Mario Benedetti y Roque Dalton. Aparte, también leí libros de sociología; manejo del lenguaje y otros autores que quizá no están muy ligados con la literatura, pero tienen un sentido humano de las cosas como Fernando Savater.

¿El estilo de estos escritores se refleja en su obra?

No. Porque uno es el resultado de muchas influencias y a la vez va desarrollando su propia expresión de acuerdo a las circunstancias, entorno y experiencias. El conflicto armado interno, por ejemplo, fue importante para nosotros, porque nos afectó y, de una u otra forma, respondimos, pero tampoco nos quedamos en eso. En mi caso, a partir de 1998, di un giro en mi propuesta; empecé a escribir cuentos para niños y en 1998 publiqué, en Costa Rica, mi primer ejemplar que se llama Ajonjolí.
Después de eso surgió Relatos de la tradición oral guatemalteca. El año pasado, casi juntos, aparecieron Árbol de pájaros (cuentos para niños) y Popol Vuh en versión libre.

También ha hecho periodismo…

Trabajé en la revista Crónica. Hay escritores que han pasado por el periodismo y han roto la idea de que éste mata la literatura. Yo creo que le enseña al escritor a cómo manejar la abstracción y no ser muy farragoso, al usar un lenguaje más preciso.

En países como el nuestro un escritor no vive de su obra, entonces, ¿qué lo motiva a hacerlo?

El escritor siente el deseo de comunicar sus sentimientos, porque sabe que en determinado momento habrá un interlocutor. Uno se da cuenta porque de repente alguien lo en encuentra en la calle y le comenta que leyó su libro, pero, claro, no son multitudes.

Y al poeta, ¿qué lo impulsa a revelar sus sentimientos íntimos?

Aparte de que puede hacerlo, tiene esa cualidad que no todos poseen. Hay gente que sufre intensamente una situación, pero a lo que más llega es a gritar y llorar. El poeta se vuelve como la voz de todos. Hay gente que al leer se identifica con eso, porque siente que lo vivió. Durante la guerra interna, cuánta gente vivió los temores y angustias de ser perseguido o de no regresar a su casa: hubo poetas como Roberto Obregón u Otto René Castillo que lo manifestaron en su poesía.

¿Cómo percibe el poeta el mundo?

Lo ve como cualquier persona, pero con una hipersensibilidad que nos permite transmitir toda esa angustia con palabras. La persona lo vive intensamente en ese momento, pero luego lo olvida, el poeta lo escribe.

Ideológicamente, ¿cómo se define?

Todo mi pensamiento ha estado alineado con las causas justas, no diría de izquierda, porque ésta ha tenido sus vaivenes como la derecha y en determinado momento como que las dos se juntan. Aquí vimos lo que pasó al final del conflicto: un gran desencanto, pero yo siempre estaré con dichas causas y mi poesía va en esa línea, denunciando, testimoniando y abogando por esas razones.

¿Es fácil publicar en Guatemala?

Ha sido difícil. En el tiempo que nosotros surgimos lo era debido a que no había editoriales. Funcionaban algunas como Piedra Santa pero ésta se dedicada más al libro didáctico, ahora hay un sinnúmero, tanto nacionales como internacionales. El problema es de lectores, porque su crecimiento es lento. Además, hay mucha gente que está llena de miedos, como los que meten las religiones, y entonces recurre a libros de motivación.

No leen literatura propiamente dicha y, a veces, hay resabios contra el escritor nacional. En ese sentido hemos ido abriendo brecha en la editorial Cultura, porque tenemos obligación de apoyar al escritor nacional. Creo que en el país hay buenos narradores, poetas y ensayistas

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