Posteado por: diariodelgallo | enero 28, 2008

LA VIDA DE ALFONSO ENRIQUE BARRIENTOS

Por: Silvia Tejeda

 

El escritor guatemalteco Alfonso Enrique Barrientos es un claro ejemplo de la superación humana. Le profeso un gran cariño y admiración porque eso fue lo que recibí de él desde mi niñez. Y digo “fue” porque el ingrato Alzheimer está terminando con su vida de la manera más cruel. Vaya si no será cruel que así se apague la vida de un sobresaliente escritor.


De la magnitud y la huella de su obra literaria y periodística hablan sus libros y los grandes espacios que el periódico La Hora y la revista La hora dominical le brindaron durante largos años. Les contaré de los estrechos vínculos que mi familia materna tuvo con él desde niño.Nació en el ámbito de la hacienda Don Melchor, Oratorio, Santa Rosa, pero él prefería decir que nació en Moyuta, departamento de Jutiapa, sin duda por la amargura de sus recuerdos de infancia, de frío y soledad, que relata en su libro Cuentos de amor y de mentiras, donde también en algunos pasajes habla de las experiencias nada gratificantes cuando vino a la ciudad a vivir a la casa de mi abuelo, el licenciado Adolfo Padilla, “ quien no solamente le enseñó la importancia del orden y la disciplina sino también a manejar con pericia la escoba y el trapeador”.

No obstante, haber crecido alejado de sus seres más queridos desde muy niño sublimó sus tempranas experiencias, en el amor al conocimiento y el estudio. Se graduó de maestro en la Escuela Normal y encaminó su destino hacia México. Vivía en casa de doña Clemencia, primera esposa de Miguel Ángel Asturias, estudió Filosofía y Letras y se desenvolvió en el ámbito literario y bohemio de esa casa tan especial. Cultivó estrecha amistad con Otto Raúl González y escritores mexicanos de la época.

Regresó a Guatemala en la década de los cincuenta. En la familia lo recibimos con mucha algarabía, porque para mis hermanos y para mí ha sido como un tío cariñoso, que nos nutrió de una visión entusiasta de la vida. Fue él, a través de saber qué plática, quien me inspiró el amor a las letras y nunca escatimó prestarme libros de su extensa biblioteca. Quiso que yo fuera escritora, pero por la tradición familiar en periodista me quedé. Fue su hijo Dante quien siguió sus pasos de escritor, estudioso y crítico literario, más allá de los mares, director de la cátedra de Literatura Hispanoamericana en una de las universidades más famosas de Francia.

Sé que él no puede ya leer estos párrafos, la enfermedad lo limita a extremos. Que su esposa Itsmenia y sus hijos Alma América, Dante, Beatriz, Atlacatl y Nicté reciban mis palabras de agradecimiento y admiración hacia un personaje de las letras guatemaltecas, un periodista tenaz y, principalmente, un hombre que persiguiendo sus sueños del campo a la ciudad y la metrópolis, pudo autoformarse como un escritor, y que en su modestia hizo trascender las letras guatemaltecas.

Dejará a sus hijos el testimonio de su trayectoria y el ejemplo de que hasta desde una infancia de precariedad y sufrimiento se puede llegar a los sitios de los más privilegiados.

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