Posteado por: diariodelgallo | enero 29, 2008

LEGAJO ANUDADO de Méndez Vides

El actual espectáculo nacional es tan negativo y desesperanzador que varios de nuestros escritores están huyendo de la realidad o escondiendo su trasiego…

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Por: Méndez Vides/Viaje al centro de los libros

  El actual espectáculo nacional es tan negativo y desesperanzador que varios de nuestros escritores están huyendo de la realidad o escondiendo su trasiego, y escriben libros que se suceden en otras latitudes, y hay quien hasta se cambió de nombre por Godo de Medeiros para evadir su identidad.Igual sucedió en México con los autores del “Crack”, que cansados del mexicanismo de Fuentes, Paz y Rulfo se dedicaron a escribir novelas que suceden en medio de la Segunda Guerra Mundial en Alemania, y hacen ficción a partir de la vida que transcurre en las películas en blanco y negro que presenciaron de niños en la tele.

Aquí nos está ocurriendo algo similar. Rogelio Salazar escribió una novela epistolar, cartas escritas por Nietzsche a su mamá, hermana y contemporáneos, entre 1858 y 1876, período que corresponde al de su formación. La obra reconstruye los descubrimientos emocionales y racionales del filósofo, vistos desde el futuro, desde nuestra época de emails, y desde una condición humana más próxima a la nuestra, porque adopta la postura de la debilidad. A los estudiosos de la obra y vida del autor del Zaratustra los podrá dejar perplejos leer cartas de Nietzsche a su mamá contándole sus sentimientos tras haber satisfecho en un prostíbulo sus necesidades sexuales, así como les extrañará la fuerza disminuida del discurso del genio germano que discurría en sus libros proclamando: “Nadie tan odiado como el que vuela”, o que despreciaba lo popular diciendo “muchas veces ha llegado a hastiarme el ingenio, cuando veía que también la canalla era ingeniosa”, porque para él “todos los seres deben ser divinos”, y reclamaba la existencia del superhombre, lo que alimentó el orgullo de los nazis en su proyecto posterior de limpieza racial que culminó en el holocausto. A Nietzsche se lo lee con la boca abierta, porque con gran soltura admite la desigualdad entre los hombres, a quienes juzga según su inteligencia: “El que piensa pasa por medio de los hombres lo mismo que por entre los animales”. Pero no, en la novela chapina, Nietzsche es un joven débil, depresivo, que escribe a medio tono entre el romanticismo y el modernismo, que se subestima despojado de la prepotencia del filósofo alemán: “El mejor lugar para gente como yo y para mensajes como éste ha sido la basura”, o en otro momento “ese es el deplorable lugar que ocupo ahora, hijo de mi raza, heredero alucinado”, o peor aún “cuando las cosas marchan mejor es cuando un hombre tiene más posibilidades de convertirse en tonto”.

Imposible asociarlos. El Nietzsche de Salazar es una versión criolla, estudiando en una universidad idealizada, en un mundo donde se aprecia el orden y el intelecto, que va haciendo un recuento de vida y lecturas desde la perspectiva chata nacional. Se menciona Basel o Schulpforte, pero es la pura provincia nuestra, con las preocupaciones de un pensador de hoy. La obra dibuja la formación de un filósofo en Chapinlandia, estudiando libros raros, soñando con estar en otra parte (como el último griego nacido fuera del tiempo y del lugar justo), a disgusto en su traje, y al final nos plantea la preocupación de los dominados. En el trasunto está el valor de esta obra.

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