Posteado por: diariodelgallo | febrero 7, 2008

Asturias polémico

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El reconocido historiador Arturo Taracena Arriola, autor entre otros importantes títulos de “Etnicidad, Estado y nación en Guatemala, 1808–1944” (Cirma, 2003), reflexiona en el siguiente ensayo sobre la reciente reedición de la polémica tesis de Miguel Ángel Asturias “Sociología guatemalteca. El problema social del indio”.

Por: Arturo Taracena Arriola. El periodico/El Acordeon.

La Editorial Universitaria acaba de editar la tesis de licenciatura para obtener el grado de abogado que Miguel Ángel Asturias sustentó en 1923 con el título Sociología guatemalteca. El problema social del indio, publicada por la Tipografía Sánchez y De Guise. Esta reedición, que está precedida por un extenso ensayo introductorio del editor y del cual se ocupará en gran medida esta reseña, viene a llenar un vacío necesario por ser hasta esta edición no solo un texto de difícil adquisición, sino porque ha estado en el centro de la polémica intelectual guatemalteca sobre el papel de la etnicidad en la construcción nacional, tomando en cuenta que su autor ganó posteriormente el Premio Nobel de Literatura. Julio César Pinto Soria nos advierte que más allá de que el público en general pueda leerla ahora con facilidad, su propósito como editor es el de permitir profundizar el análisis de su contenido y las circunstancias en que fue escrita. Por tales razones, considera que hay que tomar en cuenta la necesidad de ponerla en su contexto histórico y de rastrear la evolución ideológica y las fuentes académicas que la sustentan con el fin de comprobar las ideas viejas y las nuevas que Asturias sustenta en ella. Como Premio Nobel de Literatura, nos recuerda Pinto Soria, no necesita de justificaciones oficiosas.

Esa es la intención que guía el trabajo introductorio de Pinto Soria, quien no rehúye el debate, pues lo entabla abiertamente con casi todos los que hemos escrito sobre este tema asturiano. Tan solo exige que el mismo sea ecuánime. Por ello, en las siguientes reflexiones me avocaré a resaltar algunos de los aportes que a mi juicio tiene su introducción y a debatir algunas de las ideas que sustenta, así como proponer iniciativas de investigación que me parecen podrían ayudarnos a seguir profundizando tanto en el análisis de la polémica y a la vez audaz obra asturiana, como en el contexto histórico del país en que fue elaborada. Veamos.

La cuestión indígena*

Como ya ha sido planteado por varios autores, lo más importante a valorar en la temática que Asturias escogió como punto de tesis fue la audacia de analizar la cuestión indígena, que si bien no era desconocida –como el mismo reconoce– al punto que había sido abordada periódicamente desde la Ilustración al período liberal–positivista por pensadores, entre otros, como Matías de Córdoba y Batres Jáuregui, sí era novedoso que un estudiante universitario la asumiese con un tono de compromiso social para la época. “El asunto no es nuevo –escribió en la introducción– pero es innegable que después de todo lo que se ha dicho, el indio sigue, como antes, olvidado por parte de aquellos a quienes la nación confió sus destinos y por parte de los gobernados que formamos la minoría semicivilizada de Guatemala (profesionales, estudiantes, comerciantes, periodistas, etcétera).”

Como bien señala Pinto Soria, Asturias actuaba en el contexto de la apertura política e ideológica producida por la gesta unionista (en la que participó activamente desde las páginas de El Estudiante), a raíz de la cual el tema de la redención del indígena había salido a luz en el debate de prensa, planteado ya no solo por plumas ladinas, sino por manifiestos escritos y firmados por indígenas.

A partir del tema del ambiente académico que se vivió en Guatemala durante el régimen de Estada Cabrera y en la década de 1920, surge una primera pregunta clave para entender el contexto que Pinto Soria exige abordar. ¿Por qué Asturias muestra un bagaje teórico–metodológico tan endeble a la hora de abordar la redacción de un ensayo sociológico tan pretencioso? Él opta por señalar que, de hecho, las ciencias sociales surgieron solamente hasta las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado, sindicando de paso que, en sus críticas a Asturias, Dante Liano y Gerald Martin se olvidan de ello cuando le achacan haberse estrellado en lugares comunes, dictados por la mediocre cultura universitaria dominante en ese entonces. Y, para respaldar su argumento, nuestro editor subraya que, a pesar de dicha deficiencia, la relevancia de haber tratado la cuestión indígena es evidente en la temática literaria asturiana, reflejada al abordar con originalidad y profundidad el mundo indígena en obras primigenias como Leyendas de Guatemala (1930) y Hombres de maíz (1949).

La verdad es que si bien no se puede negar que en el texto de la tesis se evidencian muchos de los lugares comunes sobre los indígenas de maestros como Batres Jáuregui y Salvador Falla, también hay planteamientos novedosos, que Pinto Soria aborda en la introducción. Sin embargo, pienso que para dar un salto cualitativo en el debate, ya no se trata de seguirle la pista a la evolución del pensamiento de un personaje, sino de la sociedad en su conjunto, especialmente de los intelectuales y universitarios como grupo social.

El ambiente intelectual

¿Cuándo emergen las ciencias sociales en Guatemala? A mi juicio, esa pregunta podría dar paso a un gran tema de investigación en torno al desenvolvimiento intelectual guatemalteco durante la dictadura de Estrada Cabrera. Ya se han hecho pasos en esa dirección, como lo demuestran varias obras aparecidas en el país y en el extranjero sobre el tema en los últimos veinte años, pero no son suficientes. Planea la idea sobre el total oscurantismo estradacabrerista, al punto que Pinto Soria se hace eco de la existencia en sus bibliotecas de tan solo viejos textos, sin que contasen con las obras de los principales exponentes del pensamiento filosófico y sociológico contemporáneo. Yo lo creía así hasta que en una librería de viejo encontré un ejemplar perteneciente a la biblioteca de la Facultad de Derecho de la edición española del Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de Engels traducida por Eusebio Heras y editada en Valencia por Sempere y Cía. en 1904.

No busco con un libro hacer una generalización, sino señalar que en la obra del filósofo comunista estaban contenidas las principales ideas de la teoría evolucionista de Lewis Henry Morgan en su obra La Sociedad Antigua, que Pinto Soria señala haber influido a Asturias a la hora de caracterizar la sociedad precolombina guatemalteca. De hecho, no existe un estudio de los títulos que contenían en ese momento las diversas bibliotecas de la Universidad de San Carlos y que pudieron servir de aparato crítico no sólo para la tesis del futuro Premio Nobel de Literatura, sino de todos sus compañeros universitarios.

¿Se introdujo la cátedra de Sociología después de la caída de Estrada Cabrera? O, como lo afirma Claude Couffon, ¿Asturias fue de los primeros universitarios guatemaltecos en aplicarla? Desde finales del siglo XIX, la Facultad de Derecho tenía una revista intitulada Escuela de Derecho en cuyo tomo IV, números 10 y 11, de marzo y abril de 1908, Ernesto Quezada publicó el ensayo “La sociología, el carácter científico de su enseñanza” y en los números 13 a 16, Adolfo Posada dio a luz el artículo “Tendencias doctrinarias de la sociología moderna”, en los que ya citaba extensamente la obra de Emile Durkheim, considerado el Padre de la Sociología. Queda claro que ni Asturias ni los otros estudiantes que seguidamente trataron la cuestión indígena (García Granados, Del Valle Matéu y Arriola), se avocaron a citar todo el estado de la cuestión disponible en el país. No lo hicieron porque era el producto de la mala formación teórico–metodológica enseñada en ese entonces en la Universidad. Basta con ver la calidad de la mayoría de las tesis de graduación, las cuales parecen haber sido escritas generalmente como un mero trámite, puesto que los requisitos esenciales para obtener el grado de abogado eran los cursos ganados y la práctica de bufete.

Tomando en cuenta la parquedad de las citas bibliográficas de la tesis, referidas tan solo a Batres Jáuregui, Ugarte, Morel, Starr y Vico, Pinto Soria se avoca con éxito al demostrar la presencia en la obra de Asturias de reflexiones propias a

Nietzsche y Le Bon, dejando ver que también conocía parcialmente la obra de Bunge, de Ingenieros y de Sarmiento. Asimismo, sigue la traza de la influencia que José Vasconcelos y Manuel Gamio ejercieron en el entonces estudiante de Derecho, que acudió a México para asistir al Primer Congreso Panamericano de Estudiantes organizado por el primero. Influencia directa en su planteamiento político en torno a la cuestión indígena, el cual –es necesario subrayarlo– estaba enmarcado dentro de la ideología liberal mexicana. Por un lado, esta conllevaba la admiración por el pasado prehispánico concebido como glorioso –debido sobre todo a su esplendor arquitectónico y matemático– y, por el otro, argüía que el indígena contemporáneo era una carga para la modernización del país y un obstáculo en la creación de la nación. Por tanto, el Estado mexicano se empeñó en crear los instrumentos institucionales para hacer triunfar la idea del mestizaje, entendido sobre todo como “asimilación”: alfabetización en castellano, educación primaria pública, repartición de tierras, salud pública, acceso a la ciudadanía y al voto, etcétera.

La creación del proceso de homogeneización que diese nacimiento a la guatemaltequidad exigía por tanto, según Asturias, la asimilación de los pueblos indígenas a la sociedad ladina por medio del mestizaje. Como él escribió en la introducción de la tesis: “El estudio de nuestras sociedades ha de ponernos en la posibilidad de hacer de Guatemala una nación racial, cultural, lingüística y económicamente idéntica”. Por ende, no había cabida para la alteridad cultural, puesto que la diversidad era -como lo sigue siendo para muchos- concebida como un estorbo para consolidar a Guatemala como nación.

El “desliz” asturiano

¿En qué se distanciaba dicha tesis de los postulados ideológicos del liberalismo guatemalteco en materia étnica, expresados abiertamente por su maestro Batres Jáuregui? Este partía de la necesidad histórica de mantener la bipolaridad indio–ladino, reproductora del sistema de explotación de la mano de obra indígena sobre el que descansaba el Estado cafetalero. Tal lógica pasaba por mejorar la reglamentación del trabajo y la educación con el fin de garantizar el éxito de la agricultura de exportación, sin por ello sacar al indígena de “todo lo suyo” y llevarlo a una “civilización inadecuada para su raza”. Por tal razón, en su afán contestatario del sistema de explotación cafetalero, Asturias terminó por aceptar la idea de “mejorar” la raza indígena por medio de la miscegenación con población blanca, recurriendo al ejemplo histórico de la colonización germana en la Verapaz. Es decir, no había lugar para el indígena, por lo que debía de ser asimilado vía el mestizaje racial. No es que en México no hubiesen existido voces a favor de la eugenesia, pero para 1923, en ese país, el mestizaje era concebido sobre todo como una asimilación cultural, en la cual el Estado debía de empeñarse por medio de sus instituciones. Allí, el indigenismo debía de cumplir tal función.

En una sociedad como la guatemalteca la “desvitalización” del indígena –como afirmaba Asturias–, solo permitía el cruzamiento racial con la raza blanca, que era vista como el elemento “regenerador” y, por tanto, conllevaba explícitamente una propuesta de “blanqueamiento”. Si bien puede darse blanqueamiento sin miscegenación o sea culturalmente, siendo el mestizaje entre el indio y el español lo predominante en Iberoamérica, el segundo ha sido tradicionalmente concebido como el factor dominante, no solamente “regenerador de la raza” sino productor de la lengua, la civilización y la pertenencia a Occidente. En sí, si tal propuesta no significaba el exterminio de los indígenas en el sentido lato, sí implica su mutación a algo diferente. En esa dirección, el razonamiento desarrollado por Pinto Soria, tratando de demostrar que eugenesia no es sinónimo de blanqueamiento, da como resultado una argumentación que, a mi juicio, peca de optimismo. Él mismo no deja de aceptar que, habiendo Asturias tomado partido por el paradigma mexicano del mestizaje cultural, al final la receta leboniana terminó por arrastrarlo hacia la tramposa concepción del mestizaje racial.

Tal “desliz” asturiano se da en el contexto del pensamiento liberal dominante en Guatemala, que hace de la figura ideológica del “ladino” el actor del nacionalismo emergente guatemalteco, la “parte viva” como Asturias lo llama, desplazando al criollo y manteniendo la subordinación del indígena.

El ladino era “presente” y el indígena “pertenecía al pasado”. El peso de tal ideología en él también se ve expresado en su rechazo a los emigrantes chinos, acusándolos de “raza degenerada”. En ello no se apartaba tampoco de la ideología racista que permeaba a los sectores urbanos guatemaltecos desde finales del siglo XIX cuando se trataba de los emigrantes chinos y jamaiquinos, vistos por los sectores populares y medios como competidores desleales del espacio laboral y portadores de vicios y enfermedades. Por su parte, el Estado guatemalteco, favorecedor entonces de los intereses bananeros de la United Fruit Company, hacía oídos sordos de tales críticas, permitiendo el tráfico de aquellos, al punto de ser fuente de enriquecimiento para los funcionarios de turno.

Ahora bien, subraya Pinto Soria, lo importante es ver cómo Asturias, siguiendo posiblemente a Gamio, consideraba que dicho proceso homogeneizador basado en el mestizaje debía conducir por sobre todo a lograr la “comunidad de aspiraciones” entre todos los guatemaltecos. Es decir, debía de llevar implícita la justicia social, gran motora de la revolución que todavía a inicios de la década de los veinte se venía dando en el país vecino. Ello explica sus inquietudes en torno a la función social de las universidades y las ideas socialistas en general, y su abierto latinoamericanismo, que lo acompañarían toda la vida. La llegada a Londres y a París alimentaría en Asturias esas inquietudes sociales y culturales, pues, como José Carlos Mariátegui lo señaló, muchos de los intelectuales de la generación del 20 habrían de redescubrir en Europa las raíces de América y a partir de ello utilizarlas como fuente de inspiración literaria y política. En resumen, me parece propicia la apuesta editorialista de Pinto Soria de concentrar también esfuerzos en el análisis del contexto histórico en que se produjo la redacción de Sociología guatemalteca. El problema social del indio y esperemos que su publicación dé paso a un debate de altura.

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