Posteado por: diariodelgallo | febrero 8, 2008

EL LEGADO DE ARIEL de Enrique Pérez Díaz

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Entre las mejores y peores experiencias que nos da una vida, están las sorpresas. La vida nunca deja de sorprendernos, para bien o para mal. La sorpresa es consustancial a la vida misma y eso hace que, todo el tiempo, vivamos en una cadena continua de sorpresas, sorpresas que unas veces nos llenan de alegría y otras, de un profundo pesar.

 

Ahora recuerdo cuando, en los primeros años de los noventa, fui como jurado de literatura para niños y jóvenes a un taller literario de Alamar, donde –como sucede en algunos casos– campeaba por momentos ramplonería y poca originalidad, y allí hice uno de esos hallazgos que todavía hoy considero más importantes en mi vida como escritor y ser humano. Un joven moreno y delgado, de trenzas con bolitas, ojos inquietos, acento firme aunque agitado, todo nervio él, nos dejó escuchar una de sus creaciones. Algo en mi olfato de viejo catador me dijo que estaba ante una de esas raras revelaciones con las que pocas veces nos premia la fortuna. Sin saberlo todavía, Ariel Ribeaux Diago nos daba a conocer uno de los textos que luego integrarían su libro En busca de un tiempo perdido (Premio David 1995 y Premio La Rosa Blanca 1997).

 

Nuestro afecto nació justo entonces por la afinidad de criterios. Desde esa fecha, fue para mí un inapreciable regalo conocer los proyectos literarios de Ariel; en algunos casos aconsejarlo, darle opiniones, brindarle libros para que encontrase referencias, homologías o disensiones. Cuando se me acercó con la primera versión de El Oro de la Edad, enseguida intuí encontrarme no solo frente a un libro singular, sino que mucho daría que hablar. Y en efecto así mismo fue. Todavía me emociona la unanimidad de un jurado –que integré por pura casualidad– cuando decidimos premiar aquel libro tan tierno como explosivo. Recuerdo que para presentar esta obra inusual escribí años después: “se advierte en Ribeaux una madurez evidente en la plasmación de un estilo, mayor vocación de justicia, su arriesgado y perenne diálogo con el rejuego lingüístico e intenciones que superan a las de sus primeras historias. Aquí veremos de nuevo a personajes que duermen en lo más recóndito de nuestra infancia, aquellos seres de Los zapaticos de rosa, Bebé y el Señor Don Pomposo, Nené Traviesa, La Muñeca negra y otros que pueblan la rica obra martiana. Ribeaux, en un intento de desacralizarlos –de esa mirada maniquea y externa con que a veces los solemos mirar y no para desafiar o enmendar la plana al legado martiano– los lleva a la Cuba de hoy, esta misma que tenemos (y nos tiene todos los días) y que en ocasiones no atinamos a vislumbrar entre las páginas de la Literatura.

 

El argumento es de esos que, desde los primeros momentos, “araña el corazón”. El Oro de la Edad puede arañar el corazón de quienes temen a las verdades, de aquellos que tapan el sol con un dedo y pretenden que todo está bien y que todo el mundo es bueno en el mejor de los mundos posibles. Ribeaux entona, sin estridencias moralistas, un canto a la amistad, la tolerancia y el entendimiento posible entre seres humanos de diversos medios sociales, educación y modos dispares de ver la vida y disfrutarla o sufrirla, con sus cotidianas penas y bondades. (.) El Oro de la Edad demuestra a Ariel Ribeaux Diago como el autor maduro que ya es. Asimismo, nos revela que la literatura puede ser reivindicativa cuando al menos intenta que entre unas páginas todo se vea diferente (quiero decir, mucho mejor) que en la vida real y nos alerta, una vez más, de que ya pasó el tiempo en que los libros para niños –al menos entre nosotros– buscaban adormecer al menor con un canto a lo vacuo, lo insincero y lo falso.

 

Además de estas obras mencionadas, Ariel publicó en Guatemala su libro de cuentos para adultos Apocalipsis Now; y nos deja un grupo de cuentos dispersos, numerosas críticas y dos novelas inéditas: Tierra de nadie y Nomeolvides (Mención Especial del Premio Casa de las Américas 2002), esta última de inminente aparición por Ediciones Unión. Nomeolvides, quizás sea el relato más críptico y ambicioso de las obras cubanas mencionadas en esa edición del Premio Casa.

 

Sin renunciar a sus habituales códigos de postmodernidad, intertextualidades y a una urdimbre ciertamente compleja, Ariel Ribeaux sumerge al lector en una hipotética sociedad dominada por tecnócratas que inventan un spray contra la memoria de la gente y le corresponderá a una niña, Rosa Púrpura del Cairo, convertirse en paladín de una causa que, de antemano, parece perdida. La iconoclasta y ocurrente muchachita deberá luchar contra la desmemoria a que sucumbe hasta su propia madre, convencional por antonomasia, retrógrada y algo cursi, y también contra un sátrapa y su tropa de burócratas. Impregnado de cierto aire a lo Michael Ende, Nomeolvides deslumbra por momentos gracias a su nivel de sugerencia y alcance ético, y en otros quizás abruma un tanto por los círculos que el argumento describe sobre sí mismo. No obstante, revela que el autor de En busca de un tiempo perdido y de la polémica novela El oro de la edad, se lanza en mayores aventuras literarias y lo consigue con tino y seguridad.

 

Inútil es preguntarnos a estas alturas cuánto podría legarnos aún este joven y talentoso creador, quien nos deja no solo con la inconformidad de ver partir a un ser humano en plena madurez, sino de saber cuan irreparable es la pérdida, sobre todo por tratarse de alguien de su calibre intelectual, inquietudes, perspectivas.

 

Por eso reitero que, entre las mejores y peores experiencias que nos da una vida, están las sorpresas. La vida nunca deja de sorprendernos, para bien o para mal. Y lamentablemente esta vez ha sido para mal. Todavía recuerdo el rostro casi lívido de Sacha cuando nos anunció en Ciego de Ávila a los jurados del Premio UNEAC 2004, la triste nueva de que Ariel había sido víctima de un atentado en ciudad de Guatemala.

 

Hoy, meses después de aquello, cuando por su resentida salud Ariel nos ha dejado físicamente, todos sus amigos, admiradores, seres queridos, que nos negamos a esta absurda idea, no se lo vamos a permitir. Lo llevaremos siempre con nosotros por la valía de su obra, por el legado inteligente de cuanto escribió, por su compromiso con la infancia, por esa inquietud, ese desvelo, esa originalidad, esas ansias redentoras que emanan de cada novela o cuento suyo.

 

Rescataremos sus inéditos, agruparemos sus críticas de arte, presentaremos nuevas ediciones de sus cuentos, seguiremos hablando de su creación y no permitiremos que desaparezca del panorama autoral de la isla que le vio nacer. Será una manera de tenerlo un poco junto a nosotros. Un paliativo, un consuelo, el único posible para mantener vigente algo del legado de quien, pese a su juventud, supo ver más allá, apostar por lo difícil y concebir en su peculiar universo literario un mundo mejor para la infancia.

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Responses

  1. Muy impresionado con la noticia pues Ariel estuvo cenando en mi casa cuando estuvo en Santiago de Chile en el año 1997 y me trajo su libro “En busca perdido” que lo reseñé en mi libro sobre Literatura Infantil Latinoamericana. Lo recuerdo con su entusiasmo hablando de literatura, de sus viajes y de la vida. No sabía de su muerte y ahora me entero buscando información para complementar sobre sus libros. Realmente siento mucho lo sucedido y le envío un abrazo desde este lejano país a su familia y amigos.

  2. sus literatura es muy interesante y lamento lo que paso , me recien entero, pero su memoria siempre vivira en su literatura


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