Posteado por: diariodelgallo | febrero 9, 2008

DE LA VIDA COTIDIANA de María Elena Schlesinger

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Una lectura minuciosa de los diarios de la época nos permiten hacer un cuadro de lo que fue la vida cotidiana hace un siglo en la ciudad de Guatemala.

Lo que se refiere a las diversiones y al entretenimiento, la vida cotidiana de nuestros antepasados comenzó a transformarse cuando se inició el desarrollo urbanístico de la ciudad. Con la creación del nuevo bulevar que conduciría al gran parque de la Reforma, al sur de la ciudad, los citadinos tuvieron un nuevo sitio para sus paseos dominicales y de tarde.

El Paseo 30 de junio y la Avenida del Hipódromo eran los preferidos por los paseantes de la época, quienes no solo disfrutaban de las caminatas y del ambiente campestre en estas alamedas de sabor parisino, sino las convirtieron en el nuevo punto de encuentro diferente a la iglesia o la plaza.

En estos lugares, se saludaba al amigo o se hacía de nuevos conocidos y también, de manera muy sutil, se hacía gala de la posición o del linaje a través de los atuendos y pertenencias: el vestido recién traído de ultramar, el bastón con cacha de marfil o plata, el nuevo carruaje landeaux o el carro de gasolina, último grito de la moda no hace más de un siglo en Guatemala.

Al final del Paseo de la Reforma los paseantes podían entrar al Museo de la Reforma, un bello edificio de piedra y mármol, estilo renacimiento italiano con dos escalinatas al frente, el cual albergaba entre otras una colección de objetos relacionados con las ciencias naturales, tan de moda en todo el mundo victoriano de la época.

A La Reforma se podía llegar en carruaje o en trencito decauville movido por carbón y en épocas del presidente Reina Barrios vistió sus mejores galas con estatuas, fuentes, flores y kioscos.

Si hablamos de restaurantes, podemos decir que no habían muchos entonces, y algunos de ellos se llamaban cantinas y no necesariamente porque en ellos únicamente se sirvieran licores. Uno de los más famosos fue la llamada Cantina de Hillerman de don Enrique Hillerman ubicado en el Guarda Viejo. A esta cantina se podía llegar caminando como lo hacía mi abuela, en carruaje o bien en el trencito de decauville, el cual iniciaba su recorrido en la iglesia del Calvario. Esta ruta comenzó a funcionar el 5 de enero de 1900.

La cantina de Hillerman era famosa por sus jamones curtidos, fabricados por su dueño según receta traída de Alemania, y por un pequeño zoológico de animales tropicales contiguo al restaurando, siendo el más notable de sus inquilinos un mico furioso que se mantenía encadenado, dando piruetas entre los árboles del jardín. Simio que una tarde de domingo enrolló su cola en el cuello de mi tía Lucita, tan fuerte, que poco le faltó para provocarle la muerte.

Hablaremos también de las fotos y sus fotógrafos, en nuestra próxima entrega.

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