Posteado por: diariodelgallo | marzo 4, 2008

LAS FLORES de Denise Phé-Funchal

Las Flores la primera novela de Denise Phé-Funchal

 

  las-flores.jpg  

Eduardo Villatoro
eduardo@villatoro.com
 
Mario Cordero me persuadió a pergeñar unas notas en homenaje a la joven escritora guatemalteca, cuya novela tiene como trama los preparativos de una boda no anhelada, y ni siquiera conocida de antemano, por una jovencita que se ve obligada a las exigencias de sus padres a contraer un matrimonio de conveniencia, a fin de saldar algunas cuentas y satisfacer el chantaje de un obeso hombre devenido en pretendiente.


Las circunstancias de la obra mueven a pensar que los sucesos ocurren en una ciudad latinoamericana, que bien o mal podría ser la capital de Guatemala, y que transcurren a finales del siglo XIX y principio del siglo pasado, en medio de una sociedad cuya pequeña y mediana burguesías se debate entre una moral ficticia y una realidad farasaica en términos morales y religiosos.

En virtud de su profesión, Denise Phé-Funchal tiene la capacidad de adentrarse en la intimidad de sus personajes, recreando sus hábitos, conductas, ambiciones y costumbres regidas por un falso catolicismo, que induce a uno de los protagonistas a cambiar sin escrúpulo alguno las virtudes por las maldades personales y de su comunidad religiosa, incluyendo una desbordada y pegajosa lascivia.
La trama se va desenvolviendo sigilosamente, de igual manera como casi de manera abrupta llega a su final, dejando para la imaginación del lector algunos pasajes concluyentes no escritos, pero sí imaginables.

Como se lee en la contraportada del libro, que fue entregado a su autora el pasado martes a partir de las 18.30 horas en la librería Sophos, calles y paredes de casas y un templo son los cómplices del transcurso pausado de la vida, de los secretos, los pecados, deseos y remordimientos de los habitantes de una pequeña ciudad de América Latina.

Se trata de una historia que mezcla religión, frustración, equívocos, silencios y lujuria, en un marco intrascendente en el que las apariencias pesan más que los remordimientos; en tanto que las imposiciones sociales convierten a las personas en sujetos aislados, en los que el dolor y la desesperación conducen a la propia angustia, en aras de un deber pésimamente mal entendido

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