Posteado por: diariodelgallo | abril 15, 2008

SECRETOS DE CAFÉ CON FIN de Marlon Meza Teni

 

 

Por: Méndez Vides/Viaje al centro de los libros

  

Marlon Meza Teni es un autor nuestro que reside en París, escribe y es profesor de piano y dirige una banda, o algo por el estilo, lo que me indica que anda medio a pie y en mula entre dos actividades creativas que se complementan muy bien, lo que explica la sonoridad en sus textos. La editorial Magna Terra publicó sus cuentos bajo el título exótico de Secretos de café con fin, piezas narrativas que conforman la obra narrativa singular de un chapín con nombre que parece seudónimo, de identidad confundida, perdido en un museo llamado París, pensando en Guatemala, un país pacífico que se volvió violento a la fuerza, que está en los mapas con el dibujo de balas y masas explotadas de atuendo raro, y escribe con la ternura del individuo separado de los suyos, apegado a la memoria de las Verapaces y el chipi chipi del pasado, porque ya no es verdad. Me interesó particularmente el relato llamado Retrato de cuna con mecedora, nombre complejo donde los personajes también tienen nombres raros, y hablan como declamando (“Déjame más minutos de escena y quítame el mamporro inconveniente de los aplausos…”), y cuentan el relajo de un protagonista que actúa en el escenario, vive lejos de su realidad, determinado por el pasaporte.

 

Afuera está la Ciudad Luz y la irrealidad de la noche con fondo de jazz, el teatro del amor en la intimidad con una mujer salida del cine que se le escapa de las manos por cansancio, porque hay una nota que no suena apropiada. Entonces llega la llamada de la patria, la voz de una mujer que tiene nombre de verdad, Carmen, que lo llama para contarle que su padre acaba de morir, que “nadie quiso vestirlo”, que “los de la funeraria fueron y le quebraron los huesos porque estaba frío”, una llamada que en realidad pudo haber sido llorosa y sentimental, pero que él escucha violenta y lacerante, porque lo que preocupa al protagonista es el sentido de la vida que no se afirma por ninguna parte, el sinsabor del resentimiento hacia la figura paterna que menosprecia por el abuso y el soborno. El chapín habita en París, una experiencia que se le facilita orientar al autor dada su propia experiencia, y piensa en la madre también desaparecida de manera terrible, como un mal que corre por su sangre como el vacío, porque debe admitir que el tiempo pasa, que está solo, y que “no quedó nadie del otro lado del mar”. No es exilio, es destierro, y no hay perdón. Como si los hombres nos mereciéramos acarrear con el pecado, porque “en París siempre has tenido costumbres nocturnas de poca fe”. La ciudad museo aparece descrita como un refugio en su “huída hacia la soledad y el anonimato”, tremendo destino. Es el sabor que impera en la narrativa de este autor nuestro que desde el otro lado del mar nos escribe historias repletas de confusión, desgarradas, de “tuve que conformarme”, de habitante en una “estación de paso” de la cual ya no hay retorno. Es la historia de alguien que se siente culpable lejos, que añora lo perdido y que entre el humo del cigarrillo sigue escuchando el ruido de nuestros barrancos.

 

 

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