Posteado por: diariodelgallo | agosto 1, 2008

LOS HIJOS DEL INCIENSO Y DE LA PÓLVORA de Francisco Perez de Anton

 

Nada puede honrar tanto a un escritor como que mentes perspicaces y eruditas escriban sobre su obra. Tales el caso de Eduardo Velásquez, hombre poseedor de esos talentos, al haberse ocupado de mi novela, Los hijos del incienso y de la pólvora. No se trata de un halago hipócrita. Lo puedo decir sin empacho porque conocí de cerca a Eduardo años atrás en ‘Crónica’, un medio que se caracterizó en su día por abrir los espacios a todo tipo de opiniones cuando, si opinar a contrapelo era peligroso, no lo era menos publicar con espíritu contestatario.

Eduardo era de los columnistas que se atrevía a decir lo que otros callaban y el que suscribe nunca puso objeción en ello. Lo que es más, desde mi posición de editor alentaba el debate de las ideas, aunque ni en lo político ni en lo económico pensara como Eduardo pensaba (y todavía pienso que piensa). Para usar una expresión de Marx, el sabor de la manzana se averigua mordiéndola. Y eso era lo que, al menos este servidor, quería probar en aquellos días difíciles de la transición política: que la libertad de expresión era en verdad genuina y que vivíamos bajo un sistema democrático.
Mal podría yo, en consecuencia, mostrar en mi novela encono (y cuánto lamento que Eduardo haya usado ese término) contra la Universidad de San Carlos por razones ideológicas. Bastaría examinar el arco político y doctrinario de los numerosos columnistas cuyas plumas honraron las páginas de ‘Crónica’, y sus raíces universitarias, sobre todo, para comprobar justo lo opuesto.

Pero ya que me pide aclarar un dato de mi novela, según el cual, yo hago un paralelismo malévolo al señalar que ‘aquella’ Real y Pontificia Universidad de San Carlos del año de 1700 tenía unos problemas parecidos a los que ‘haya podido tener’ la Universidad de San Carlos de nuestros días, debo decir que eso no es verdad. Si hay algo en lo que me esforcé muchísimo al escribir Los hijos del incienso y de la pólvora fue precisamente en pintar lo mejor que pude su telón histórico.

El párrafo que Eduardo critica se funda en una opinión de un jesuita, y no mía, contra las autoridades de la Real y Pontificia Universidad de San Carlos, opinión nacida sin duda de uno de lo muchos brotes de odio jarocho con que solían obsequiarse las órdenes religiosas. Yo la encontré, me hizo gracia y la incorporé a la novela. Y no hay que buscarle cinco pies al gato, porque sólo tiene cuatro. Se trata de la opinión de un hijo de San Ignacio y, en modo alguno, una opinión personal.

Tampoco es una imprecisión histórica. La misma novela lo aclara con datos verificables, por cierto.

Juan de Cárdenas (rector vitalicio de la San Carlos y arcediano de la catedral) estaba peleado con los jesuitas quienes, según reiteradas denuncias de Cárdenas, azotaban a los jóvenes del colegio de la Compañía de Jesús que osaban asistir a clases en la universidad oficial con el fin de obtener una licenciatura, ya que los jesuitas sólo podían graduar bachilleres. Cárdenas odiaba a Azpeitia (rector de los jesuitas), por haberse opuesto a la creación de la San Carlos. Azpeitia odiaba a Cárdenas por haberle quitado a los jesuitas el privilegio de conceder títulos universitarios. Y esa tensión personal –concluye el párrafo de mi novela– revelaba que las ojerizas académicas en Santiago de Guatemala eran tanto o más acérrimas que las políticas y las teológicas.

Y los odios jarochos, me apresuro a decir. Y las ‘enconadas’ opiniones de unos poderes contra otros.

Ninguna institución es impoluta y, si Eduardo encuentra parecido entre el hoy y el ayer, eso no implica en modo alguno la mala intención que me supone. La historia depende de quien la cuenta. Y Eduardo, como reconocido investigador que es, sabe que desde Bernal Díaz a Ximénez, pasando por Las Casas, Fuentes y Guzmán, Cortés y tantos otros, las crónicas del pasado están trufadas con toda clase de opiniones personales, defensas de intereses, autobombo y fantasías. En tal sentido, lo que uno encuentra en las fuentes no siempre es la verdad, sino una variante de la misma en la que casi nadie se ha preocupado de deslindar la opinión de los hechos. Ésa es la explicación y no hay otra.

Por lo demás, quiero agradecer inmensamente a Eduardo que se haya ocupado de mi libro, que le haya gustado (qué más podría yo pedir) y que lo haya tratado con la profundidad y la cultura que acostumbra a mostrar en todo lo que escribe, virtudes que pequeñeces como la que nos ocupa no amenguan su erudición, sino que, muy al contrario, la enaltecen.

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Responses

  1. ***Pobreza Crónica***

    Vieja, cansada y enferma La Vida
    fue al doctor…
    Aquejada por una vieja
    enfermedad que hasta hoy
    nadie le ha podido currar.

    El doctor la examino con
    diligencia y no encontró
    razón para dicha enfermedad
    y como siempre le pregunto
    para luego aconsejarle…

    ¿Acaso no ha intentado lo que
    desde siempre le he exhortado?
    Claro que si le respondió.

    He producido alimento para todos,
    pero siempre unos pocos lo acaparan
    para tener control sobre sus hermanos…

    He dejado que escaven hasta las entrañas
    de mi alma y nada les he negado
    mas al parecer solo unos pocos se
    han beneficiado…

    He parido hijos con talentos excepcionales
    con la idea que ayuden a resolver los
    problemas que los aquejan más al nomas
    encontrar una solución alguien
    crea un nuevo problema…

    Imagínese usted como uno va a querer
    que unos hijos coman hasta hartarse
    y otros se mueran de hambre…
    Como yo madre de todos le voy a dar
    de todo a unos pocos para tener en
    la desgracia a muchos…

    Interrumpió el doctor, le dijo: no me diga
    mas que lo suyo es una historia triada…
    No es que no exista curra lo que pasa
    es que algunos se benefician de la enfermedad.

    Mas la enfermedad no se llama pobreza
    se llama egoísmo y se manifiesta enforma
    de una ceguera crónica, cíclica y degenerativa
    que se llama avaricia…


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