Posteado por: diariodelgallo | agosto 27, 2008

DE LOS DIMINUTIVOS Y OTROS USOS CHAPINES por María del Rosario Molina

 

Esto que escribo ahora, referido a la abundancia extremada de diminutivos y otras particularidades del habla guatemalteca, no pasa de ser una suposición, es decir, una hipótesis.

A los chapines nos molesta pedir, y no préstamos solamente. La molestia por los préstamos, al menos los bancarios, se justifica, porque a uno le preguntan desde el ADN de sus padres hasta de que va a morir, lo que también sucede cuando se abre (que no se apertura) una cuenta, por aquello del “lavado de dinero”. Pero pedirle al empleado que cumpla con su trabajo o a la mesera que nos sirva antes del Día del Juicio el vino el que pedimos, también nos incomoda. De allí, creo, nos viene el “regalar” acompañado del diminutivo: ¿Me regala un cafecito, porfa? Decimos, en lugar del “dame un café” de España. Además, nos avergüenza negarnos, aunque la negación suele acompañar a las preguntas: ¿No quiere tomarse otra tacita de cafecito? Si ya la taza que nos dieron anteriormente nos dejó temblando como a “arañas de Corpus” respondemos: “Fíjese que tal vez mejor no, pero de todos modos muchas gracias”. En otros países se pregunta. “Quiere beber otro café’” y la respuesta es: “No, gracias”. Cada vez que voy con mi hija, Cocó, a un restaurante pide que por favor nos “regalen la cuentecita”, después de darnos un atracón, ya que ambas somos comilonas (no se dice comelonas). Y la tal cuenta de pequeña no tiene nada. Ni es regalada, pero según ella suena menos “pesado” que el “mozo, tráeme la cuenta” de los españoles.

Las personas adineradas se escudan tras una especie de falsa modestia, quizás por las tremendas desigualdades económicas del país, y no confiensan que se contruyeron una mansión de recreo en la urbanización de primera categoría de la playa de moda o que poseen una finca (hacienda, rancho, etc.) de “quinimil” (muchísimas) caballerías. Por eso dicen: “Me acabo de construir una ‘mi’ casita en el puerto” y “tengo una ‘mi’ finquita con cafecito y ganadito”. La misma razón los lleva a contar que “le hicieron una ‘su’ fiestecita a su hijita cuando se casó”, refiriéndose a la gran celebración en que el champán corrió hasta en las cañerías.

Los diminutivos cariñosos son harina del mismo costal, contraviniendo el dicho que reza: “Eso es harina de otro costal”, porque hete aquí que la falsa modestia, que no la pena –esta última causa dolor, sufrimiento- no nos permite reconocer, verbigracia, que tenemos una hija muy bella y con mucho talento. Cuando nos hacen un comentario al respecto, respondemos: “Sí, mi muchachita es regularcita y no es tontita”. Y la joven, que ha ganado quién sabe cuántos concursos de belleza, y ha obtenido un montón de licenciaturas, maestrías y doctorados nos mira con justificada furia.

En fin, en Guatemala tenemos nuestro peculiar modo de hablar: ese que nos hace pedir regalado lo que pagamos y reducirle a todo sus verdaderas dimensiones.

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