Posteado por: diariodelgallo | septiembre 7, 2008

EL SENDERO de Rodolfo Monterroso

 

 

El sendero es uno de los relatos incluidos en Laberinto indefinido, de Rodolfo Monterroso (Guatemala, 1984).  

     

  Rodolfo Monterroso/el acordión El Periodico   

     

  Ondas indefinidas, como siempre, marcaban uno de sus estadios más permanentes, de la misma forma que ese viento gris —cuasinocturno— batía su cabello perfectamente lacio y oscuro. No podría ser una casualidad, seguramente era el orden natural de las cosas que la llevaba, por ese inexorable camino curvo, hacia un final inseguro.

Fue uno de esos días en que la salida del sol se sintió tan fuerte, que hasta ella pensó que el día sería claro. Sin embar-go, sólo unos cuantos minutos después, tras un par de recuerdos, darse la tradicional ducha y tomar su café sobrecarga-do, un par de nubes abatidas se colocaron justo encima de su pequeño techo plano. La ducha, la aprovechaba relegarle al tragante del agua los asedios de su vida y también para vivir unos cuantos momentos utópicos al lado de su calentador de supermercado, que parecía ser, en última instancia, el único que entendía sus penas. Su casa era muy pequeña, casi como una guardianía, pero para ella, era una fortaleza capaz de cubrir cualquier tormenta.

Ese día antes de salir, encendió el televisor justo en el momento que iniciaban las noticias. Dejó su taza de café sobre la mesa de madera carcomida que estaba en medio de su cocina-comedor-sala. La tabla estaba cubierta por un mantel verde, casi tan encendido como su vestido de ese día. Ella pensaba que con el mantel podía ocultar cada una de sus as-tillas y agujeros, y protegerla de las polillas que poblaban su casa. Mencionaron en el noticiero que la calzada principal estaría tapada por el tráfico, debido a un par de accidentes que no parecían cambiar la rutina; además mencionó el re-portero:

—Mueren tres pandilleros de la banda El Clandestino y uno queda gravemente herido. Luego de un nutrido tiroteo a in-mediaciones del barrio El Gallito, fueron muertos los hombres identificados con los nombres de: Pedro Yok Martínez, Juan Orizábal Samayoa y Emeraldo zopoc Mem. Byron Pérez Tuzuc es el nombre del herido. Según el informe del cuar-to cuerpo de la Policía Nacional Civil, el enfrentamiento surgió debido a un conflicto entre maras—.

El último nombre que pronunció la reportera era una casualidad. Un efecto inevitable de una causa desconocida —pensó ella— en su limitada concepción del mundo. Esto la hizo recordar aquel muchacho que trabajó un par de años en la ofici-na donde ella ejercía el cargo de secretaria. Byron Pérez era cajero, oscuro, no muy alto, bien dado, usaba el pelo al esti-lo rebelde. Su peinado se debía a la batalla que éste tenía por las mañanas con el peine. Había logrado conseguir un ca-rro gracias a un buen esfuerzo de hacía un par de años, cuando decidió comprarle a su tío el Datsun gris 73. Destartala-da la figura y con escape roto, éste daba una presentación marcial con redoblantes que anunciaba su llegada un par de kilómetros antes de estacionarse. Era un tipo necio y determinado, pero con buenas intenciones. Sin embargo, eso no era suficiente para llenar las aspiraciones de Ana María. Ella, aún consciente de su desdén, aceptó una invitación de By-ron después de que éste intentara innumerables veces. Ana, al final, salió con él porque le tenía miedo a esa abominable partida del tren, que sentía que la dejaba. Ella sintió que al seguir un orden más normal, como tener una relación estable, completaría el supuesto sentido de su vida. Pensó que si tan sólo hubiese aceptado esa correspondencia de pareja, co-mo guía de su vida, probablemente el calentador no hubiese sido su único confidente y tampoco el tragante el anotador de sus penas.

Apagó el televisor y decidió emprender su marcha con la parsimonia usual por el sendero de las cruces. Este era un ca-mino de tierra laberintesco y despoblado, casi sólo conocido por ella. Su casa estaba en el borde del barranco, serpen-teada por una ladera. Llegó, por fin, a ese coloquio amontonado, entre buses, gente y humo que peleaban por un espa-cio.

Se quedó esperando el único bus 71 que pasaba en las mañanas. Meditando en nada, sintió que las nubes de su casa parecían seguirla. En todo el cielo no se miraba un espacio celeste, tampoco se había colado un mísero rayo de sol. A las 7:57 apareció el bus. Tal como escuchó en el noticiero, la calzada principal estaba sobrepoblada de carros, bocinazos y apuros. Los apuros se tornaron en angustias y éstas, a su vez, en gritos de desesperación, pero tal vez de inconformi-dad. Es la tendencia moderna —pensó irónicamente— sin darle mucha importancia. De seguro era ella la persona me-nos molesta con el tráfico en un par de kilómetros a la redonda.

 

 

*El sendero es uno de los relatos incluidos en Laberinto indefinido, de Rodolfo Monterroso (Guatemala, 1984). Reproducimos este fragmento con autorización de Letra Negra Editores, que presentó el libro la semana pasada.

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