Posteado por: diariodelgallo | octubre 23, 2008

DESDE EL MARCO DE MI VENTANA de Irina Darleé

 

Arriba, por las ramas últimas de dos verdinegros cipreses redondos, saltan esta mañana y pían unos leves pajaritos bajo el sol de oro.

Entre el aleteo y gorjeo de clarineros, guardabarrancos, zanates y golondrinas se oyen las campanadas de una blanca iglesita, semiescondida entre el verdor de una colina. Es domingo, fiesta, debería ir a misa, pero esto significa tener que vestirse, llamar a un taxi y separarse de esta cosa enorme que se mira desde el marco de mi ventana, llamada naturaleza: volcanes, montes, prados y a lo lejos el lago de Amatitlán. Toda la semana pasada ha estado lloviendo y la niebla envolvía como una sabana todo este hermoso paisaje.

Mi casa está situada en la orilla de una gran cañada impresionantemente abrupta. Desde ella, la vista es como de un cortometraje perfecto, ¿acaso la vida misma no es un cortometraje? Hoy los pájaros en mi pequeño jardín cantan a varias voces, entonadamente como una orquesta, pero a veces es solo un pajarito desentonado que llama intensamente el agua en vísperas de la temporada seca y las lluvias vienen obedeciéndolo.

No sé qué pajaritos semianónimos son los que visitan los dos cipreses altos y duros con los que juegan en sus copas, a la hora del mediodía, bajo el infinito cielo azul. He quedado en casa admirando la naturaleza que llega a mitigar la soledad a la que me veo condenada a vivir. La soledad que me acompaña siempre y con la que ya nos hemos hecho amigas. A veces me pregunto ¿si no son pájaros sino ángeles los que cruzan los montes y los abismos rocosos y que canturrean así porque vienen con algún mensaje de Dios? ¿Será posible que nuestras oraciones le alcancen o bastará que los hombres le amemos? ¿Y es posible que a los seres que aman es para que los acepten tal como son? La naturaleza me conduce a Dios y nunca he sido partidaria de rezar, con una voz implorante y el corazón oprimido, pidiendo un milagro. ¡Qué más milagro que poder ver su creación con ojos que todavía no se apagan, y admirar a qué altura se levantan los árboles frondosos y macizos y suben los jilgueros, tan leves y frágiles! A menudo estoy escuchando el piar de los pájaros plurales, dicen que pidiendo agua… y llueve. No creo, que es para espantar su miedo a la tormenta que se acerca hoy. Miro dos livianas mariposas blancas danzando entre mis rosales, volando de una rosa a otra, bajo unas nubes muy negras.

Por la noche he estado preguntándome ¿a dónde van los árboles de los bosques de los cuales ya no queda ni sombra, robados por la noche en cuya oscuridad ya solo quedan las siluetas de estos cipreses vestidos de viudas? Y cada mañana se repite el milagro del sol y desaparece, aparece con la oscuridad nocturna la pálida luna de poca luz entre la bruma. En el mundo, en la tierra, en la vida, todo se esfuma para conservarse milagrosamente después al volver. Los ríos desembocan en el mar, el mar se evapora y el cielo nos devuelve el agua en forma de lluvia. En la naturaleza todo termina y vuelve a nacer. Dios no se parece en nada a los dioses que no permiten y no perdonan. Es el amor. No se trata de conservar una memoria viva de un pasado muerto. Y aunque ninguna mente finita o inteligencia llega a mirar lo infinito, con el sentimiento nos es dado abarcar con nuestra fe la vida futura. No es inútil el amor con el que hemos comulgado. Y cómo en esta vida, donde el sufrimiento pasa y pasan el dolor y el amor, hay otra vida en el más allá que nos une a Dios para toda la Eternidad.

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