Posteado por: diariodelgallo | noviembre 2, 2009

TIERRA DE SOL Y DE MONTAÑA de José Rodríguez Cerna. (crítica Literaria)

amatitlanamanecer

CRITICA LITERARIA

Al alejamiento espiritual en que  vivimos con respecto a las naciones de América que hablan nuestro idioma, explica  el retraso con que llega a nosotros la fama, ya divulgada en su país, de este gran escritor de Guatemala, José Rodríguez Cerna, que a la distancia de dos o tres generaciones sigue a Gómez Carrillo y, como él, se distingue en la crónica.  Rodríguez Cerna, que ha viajado por los países de su América y explorado las interioridades del dragón norteamericano, ha blasonado con sus crónicas, llenas de brillo y de interés, las columnas de la prensa guatemalteca, sobre todo, de ese “Diario de Centro América”, que en un tiempo dirigió y que ahora acaba de festejar, con un brillante extraordinario, sus bodas de oro.  Selecciones de esos trabajos son estos tres volúmenes “El poema de la Antigua”, “El libro de las crónicas” y “Entre escombros”, que es, en cierto modo, una antología de los anteriores.  Cronista de aspectos americanos, le ha faltado hasta aquí de su idioma, que al fin ha realizado con la garantía de estabilidad que representa el cargo de cónsul general en Madrid con que el Gobierno de su nación premio sus méritos literarios.  Desde primeros de este año, Rodríguez Cerna se encuentra entre nosotros, y en Barcelona se ha impreso este libro “Tierra de Sol y de Montaña”, al que han de seguir otros que ya se anuncian: “El viajero inmóvil”, “Bajo las alas de águila” y “España ante mis ojos”.  De esta suerte, la tierra madre actuará de madrina de su genio criollo.  Y el escritor, portador de sus obras, habrá hecho para su rápida difusión entre nosotros, lo que no habría conseguido ningún sello de urgencia.  José Rodríguez Cerna es uno de esos hombres que se dan a conocer por su sola presencia, sin necesidad de llevar prendida la pluma en la solapa, y a mí me bastó cambiar con él unas palabras sobre el Viaducto, Madrid deshojaba su almendro invernal en honor del viajero del trópico, para saber que ante mí tenía a un escritor auténtico.

Y eso que Rodríguez Cerna hace todo lo posible por escamotearse y despistar.  Para lo que le sirve su discreta estatura con la que no alcanza a ser biombo de sí mismo.  Detrás de él se adivina la lontananza de su irradiación espiritual.  Este hombrecito amable y modesto, que sólo parece poseer la tierra que pisa, es dueño de un vasto latifundio mental.   Tiene la experiencia de sus cuarenta años paseados por tierras y corazones diversos y que ahora se encienden en la llama juvenil de un nuevo amor: atesora una gran riqueza de lecturas, y tiene, finalmente, un gran temperamento de escritor que construye su estilo sobre la nota lírica del poeta –quizá por eso ha elegido la crónica- y que vibra emotivo a cualquier impresión con una sensibilidad que le ha puesto un poquito cardíaco. 

Valido de que yo ignoraba su obra, quiso mixtificarme.  ¡Periodista nada más!  ¡Cronista, si usted quiere!.  Inútil recurso, pues yo ya había formado mi juicio.  ¿Es preciso ver la palabra impresa para discernirla?  ¿No se conoce mejor al pájaro en el vuelo?  Después, unas crónicas suyas en “La Libertad” lo descubrieron.  Y ahora este libro “Tierra de Sol y de Montaña”, deja ya a la intemperie su personalidad de escritor.  Su misma modestia le ha perdido.  Pues deseoso de justificarse ante unos lectores que lo desconocen, ha acudido para que a él lo presentan a tres colegas,  uno de los cuales, Antonio Rey Soto, tiene entre nosotros la prerrogativa  del espaldarazo.  Rodríguez Cena reproduce al frente de su libro el dictamen que acerca de su valor literario dirigieron al ministro de Instrucción Pública de Guatemala el poeta de “Nido de Aspides”, Rafael Arévalo Martínez y César Brañas, escritores de indiscutido prestigio en el país.  Y ese ilustre triunvirato participa al ministro que “Leida atentamente dicha producción la han encontrado, en cuanto a la forma, verdaderamente lapidaria y única, pudiendo decirse de ella que muy pocas páginas en la literatura castellana la igualan y ninguna la supera.  Cualquier capítulo de ella es digno de figurar en las más depuradas antologías”  Calificación que, si pudiera parecer exagerada, siempre resultaría un encarnecimiento sobre un fondo de excelencias.  Sobre una base mediocre no se puede erigir el superlativo de lo óptimo.

Para apreciar la talla literaria de Rodríguez Cerna basta abrir las páginas de este libro, cualquiera de las cuales confirmará el inicio de esos tres valedores.  En seguida veremos surgir de ellas al escritor, ensamblado con el hombre, en la fórmula de un estilo personal que le viene tan justo como un traje.  Esta prosa, espontánea, natural, enérgica y viva, es la expresión que conviene a este hombre lleno de vitalidad, cuadrado y recio, de una testa de césar romano, humanizada por un penacho de canas románticas, sin ningún asomo de progenie india.  Rodríguez Cerna escribe como habla, eyaculando la frase de calidad escultórica, que se desmenuza en certeros y vibrantes impactos.  Su estilo es de estructura clásica: pero fluye con un ritmo moderno. Cerna no es de los que minian la frase con paciente pluma.  Su prosa salta con el tecleo ligero de la máquina de escribir y con la prisa de nuestro tiempo.  Y con esa prisa logra imágenes sutiles, como es “hidrografía de venas azules” en las manos de Rafael Arévalo y es “brindis total” de las copas unidas de los altos árboles de la selva, que parecen el fruto de un tenaz asedio.  Su castellano es de una pureza que nos sorprendería si no supiéramos que América nos ha dado en Andrés Bello, en Rufino Cuervo y en Juan Montalvo, maestros y legisladores de nuestro idioma y que ahí radica parte de nuestro clásico tesoro.  Y, sin embargo, ese castellano tan añejo y puro tiene un sabor moderno, pues no lo ha enranciado la retórica.  El trópico, además, ha puesto en él luminosidades y tonos que soflaman su trama severa.   Pájaros de vivos colores, destellos de rica pedrería, pasan por esta prosa con el mismo vuelo natural con que cruzan el paisaje del trópico.   El escritor no arma trampas pacientes  para apresarlos.  Los tiene dentro de sí y los suelta.  “Mis imágenes, mis pequeñas metáforas, mis inofensivas luces de bengala, son, en algo, producto del trópico; pero también mi manera natural de escribir… Prefiero, a todos, los escritores sencillos… Sófocles está en unos pocos gemidos: en un hilo sutil, toda la luz, en una línea, la majestad del mar”.  Como se ve, Rodríguez Cerna no ignora a Víctor Hugo.  Tampoco a Heine, y en más de una ocasión sabe aliar a la ironía con la ternura.  Sólo que su arte de escritor es suyo y es la expresión de su personalidad.

Tierra de Sol y de Montaña consagra a Rodríguez Cerna como cronista, pero también como cuentista y crítico.  Este libro no está dedicado únicamente a exaltar “las mágicas bellezas” del país guatemalteco, según dicen sus presentadores oficiales, sino que también contiene narraciones de un valor sustantivo y vividas semblanzas de escritores del país como Carlos Wyld Ospina, Arévalo Martínez y Rafael Valle.  Dividido el libro en varias partes, cada una de ellas nos revela un aspecto de la personalidad del autor: galería de espejos que recoge todos los perfiles.  En la titulada “Viaje al lago de Atitlán” triunfa el paisajista, que sabe encontrar en la verbal paleta sus matices precisos para reproducir las ricas acuarelas naturales del trópico.  La maravilla de ese lago cautivo entre montañas, cuyas plácidas aguas se ornan con los más varios tornasoles y tienen una crisis cotidiana de rara epilepsia bajo la furia del viento “xocomil” queda aprisionada con todo su raro encanto en la prosa del escritor.   En “Viaje sentimental”, el paisajista es un poeta que hace servir la exuberante decoración del trópico como escenario de un tierno y apasionado idilio.  El paisaje se humaniza bajo la magia de una frágil belleza de mujer y pierde su imponente fiereza, como los tigres de sentir ante la hermosura de la sulamita.  Este trozo del libro tiene todo el aire de un “Intermezzo”, de un gran canto de amor, en el paisaje sumiso y maravillado, se postra cual un camello de Oriente ante los pies de una mujer dilecta por obra y gracia del exaltado lirismo del poeta.  Estas taumaturgias tienen sus peligros, pues hay el riego de convertir en país de abanico el paisaje imponente; pero Rodríguez Cerna ha subido evitarlo, y la nimia belleza grandiosa del escenario.  La selva de Quiriguá, llena de reliquias indias, se nos muestra con todas sus misteriosas sugestiones, y el Río Dulce nos cautiva con la serenidad casi inmóvil de su corriente que fluye entre montañas.  “Entre escombros”, otra de las partes del libro, es una serie de patéticos apuntes de los trágicos aspectos de Guatemala cuando el terremoto de 1917.  El escritor tiene aquí la voz alterada por la emoción y el pulso trémulo.  Ha presenciado, las escenas de desolación, y las describe, más bien las grita, con palabras que son como alaridos que el dolor le arrancase.  Dijérase un corazón que estalla y se abre como una granada de fuego.  El escritor muestra aquí, al mismo tiempo que su don de expresión trágica, su profundo sentimiento humano.  “Estampas de la Antigua”  última parte del libro, es, en cambio, una sinfonía de motivos elegiacos, de una melancolía ya curada por el tiempo y convertida en belleza tranquila.  La misma tragedia de “Entre escombros”, y cuyas ruinas se han convertido en lugar de peregrinación de espíritus soñadores y tema de inspiración para los poetas.  Rodríguez Cerna la canta aquí en prosa no menos evocadora y bella, haciéndonos sentir el hechizo romántico de esa guatemalteca itálica con una gran fuerza sugestiva.  Para completar la evocación, dramatiza también con un arte admirable, alunas de las leyendas en ella vinculadas del tiempo colonial, entre las que sobresale la titulada “El milagro de los claveles”, que tiene por protagonista al venerable Pedro de San José de Bethancourt, que de su tierra canaria pasó a Guatemala en 1665, y allí murió dejando una huella de santidad y taumaturgia.  De esta suerte, el genio literario del escritor guatemalteco pasa en este libro por todas las pruebas y acredita su valer en todos los géneros; en la crónica, en el cuadro de costumbres, en el cuento de ambiente y de análisis sicológico, en la leyenda evocadora.

Tierra de Sol y de Montaña, graba en nosotros con vivo relieve la lírica geográfica de Guatemala y consagra el nombre de Rodríguez Cerna como cantor de ese trozo de América.  Los propugnadores del nativismo podrían contarlo entre sus filas.  Pero el escritor guatemalteco no obedece a ninguna consigna literaria.  Su arte es espontáneo y brota de un amor natural al terruño, sin apoyarse en metafísicas.  “Yo lo amo, por su alma ingenua y su belleza loca; porque es bueno y cordial como una ofrenda de naranjas y de miel de caña; por su fragancia campesina, su petrificada tempestad de montañas, su lujuria de selvas y sus ímpetus de luz y de huracán.  Yo lo amo, sobre todo, porque es mío” RC.  Y su libro es un libro de exaltación y también de preocupación nacional.  El escritor se interesa por el problema del indio, esquilmado, mantenido por los elementos dirigentes al margen de una cultura en cuyo servicio se le obliga a trabajar como al esclavo de las civilizaciones antiguas, y tiene para él palabras amigas y reconocedoras.  “En los cimientos que se levantan (como en los de toda la riqueza del país), hay sudor, sangre y huesos de indio”.  También se inquieta justamente ante la invasión solapada del dólar norteamericano, que poco a poco va minando la vida financiera del país y cuya representación en los campos es el capataz rubio.  Guatemala une su voz, por medio de este hijo suyo, al clamor con que sus hermanas del Centro y Sudamérica denuncian y condenan la impiedad del espolio; pero sin hacer nada para defenderse, inmóviles como un grupo clásico, lanzándose un alerta inútil de uno a otro extremo del Continente.  Rodríguez Cerna cumple un deber patriótico agravando de urgencias ese grito de alarma.  El escritor se eleva así a la alta prosa política y alcanza vibraciones que engrandecen su arte.  Su estilo, viril y ágil, que suena con un tecleo de máquinas  de escribir, asume el bravo ritmo de la ametralladora en esas páginas hostiles que disparan versículos.  La sinfonía entonces se completa, y podemos presenciar la maravilla de ver en sólo un libro a todo un hombre.

R. CANSINOS ASSENS.

CRITICA LITERARIA

19 DE OCTUBRE 1930

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Responses

  1. Es el libro que yo e leido y leido por muchas veces; y me hace recordar a mi tierra epecialpecialmente ahora que estoy lejos de ella, es un libro de belleza,pureza y honestidad es un libero de encantos y facinaciones y nobleza; nada que anedir nada que sustraer como es la naturaleza misma de mi tierra.

  2. belleza de escritura nacional, bendicion el tener libros de esa categoria que se han perdico en el umbral de la ignorancia de nuestras nuevas generaciones que lo que hacen es usar un celular.


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