Posteado por: diariodelgallo | diciembre 3, 2009

LOS DOS PRINCIPES de Manuel Diéguez (cuento)

 

(Octubre 1900)

Mucho tiempo antes de los tiempos de Maricastaña, había un rey que tenía tres hijos.  El primogénito estaba destinado al trono.  Los otros dos Príncipes eran reyes disponibles.  Pero entonces, como ahora, los tronos andaban algo escasos, en relación con el número de pretendientes.  Muy preocupado el anciano Monarca por los disturbios que preveía para después de su muerte, resolvió alejar del país a los dos príncipes sin corona.

El primero habría de ser el jefe de una gran colonia, en las lejanas comarcas del norte y recibió el título de “Príncipe del Septentrión”.  El segundo, sería el caudillo de otra colonia, en las próximas regiones del sur, y recibió el título de “Príncipe del Mediodía”.  Escogió el rey buen número de súbditos para que siguiesen a los dos caudillos pero dejando a los emigrantes la elección del Príncipe a quien habrían de acompañar.  Era el del Mediodía holgazán como un bohemio, al contrario del Príncipe del Septentrión, emprendedor y laborioso.

La gran mayoría de los colonos prefirió seguir al Príncipe holgazán.  Al del Septentrión le quedaron pocos.  Llegado el momento de la partida, los dos Príncipes emprendieron la marcha el uno para el Norte, el otro par el Sur; iban bien provistos de bendiciones paternas y de todo lo necesario para un viaje del cual nadie habría de volver.

Y el Príncipe del Septentrión atravesó el desierto, y endureció en él los músculos de sus soldados.  Y cuando hubo llegado al lindero de la selva abrupta é inhospitalaria, habló a sus compañeros en estos términos:

-Hijos míos, la empresa es ardua y gloriosa: fundar en estos bosques una ciudad que, con el transcurso de los tiempos sea la capital de una nación poderosa.  El éxito depende de vosotros.  Yo soy vuestro caudillo y no vuestro Dios.  Pasaron ya los tiempos en que el jefe de un pueblo podía hacerlo todo con el auxilio divino, y era guiado en busca de la tierra prometida, por milagrosa columna de fuego y recibía los alimentos llovidos del cielo y sacaba el agua del seno de una roca árida.  Pasó la edad de los milagros.  Las maravillas que ahora podemos contemplar son la de La Libertad, cuyo ejercicio engendra la Fuerza y la Fuerza que sirve a su vez de sostén a la Libertad.  Vuestra suerte la tenéis en la punta de la espada.  Aquel de vosotros que lo espere todo de su jefe, es ya un vencido.  Peor para él que habrá de sucumbir en la lucha.  Cumpla cada uno su deber y adelante.  Y el Príncipe del Septentrión subyugó tribus bárbaras, despobló la selva de animales feroces, domesticó a los brutos destinados al servicio del hombre, hizo roturar los campos edificó una gran ciudad, construyó naves, en ellas se lanzó a la mar, contrajo alianzas con las naciones vecinas, y fue fundador de un pueblo libre, altivo y fuerte; que en su recuerdo adoptó como lema estas palabras del Príncipe del Septentrión.  “El ejercicio de la libertad engendra la Fuerza y la fuerza a su vez el sostén de La Libertad”  El Príncipe de Mediodía no tuvo desiertos que atravesar.  A pocas jornadas del punto de partida, llegó a una gran ciudad.  Era”Feneantópólis” construida, según dice la historia, en el lugar de la antigua Jauja.  El país más dichoso del Universo.  Regía los destinos de este país un rey bondadoso, sabio nigromante, muy relacionado con las hadas y sus secretos maravilloso.  Como este Monarca los sabía todo, todo sabía por sus súbditos, a quienes gobernaba paternalmente, evitándoles hasta el trabajo de pensar.  Los habitantes de “Feneantópolis” no tenía necesidad de reunirse, ni de discutir, ni de calentarse la cabeza para la resolución de los grandes problemas, que en pueblos menos dichosos suelen agitar los espíritus.  El rey tenía muchas minas de oro macizo que, explotadas por medio de sus esclavos producían más que lo suficiente para las necesidades del imperio y de sus súbditos.  De manera que, hallándose las faenas intelectuales a cargo del rey omnisciente y las labores manuales a cargo de los esclavos, los felices habitantes de Feneantópolis eran los ciudadanos más holgazanes de la tierra.

El Príncipe del Mediodía encontró este país muy de su gusto y con gran satisfacción de sus conmilitones juró vasallaje al rey de Feneantópolis.

Después de varias generaciones, que vivieron y murieron en este bienestar innegable, he aquí como pintaba un viajero a la patria adoptiva del Príncipe holgazán.  De los rostros de los hombres habían desaparecido las barbas, signo de virilidad.  Su voz atiplada estaba indicando que por muchos años no había sido empleada en cantos guerreros.  Vestidos de riquísima seda calzados con zapatillas bordadas, ventrudos y regordetes, por la falta de ejercicios corporales, con el cutis finísimo de una dama, gracias a la falta de exposición a los rayos del sol, sin fuerza para soportar el peso de una lanza, ni para arrojar un dardo con el viejo arco de sus abuelos, aquellos súbditos del rey de Fenentópolis, más que hombres, parecían mujeres del sexo masculino, según las palabras de uno sus filósofos.

Y sucedió que los descendientes del Príncipe del Septentrión llevaron la guerra a los descendientes del Príncipe del Mediodía.  Y los débiles habitantes de Fenentópolis no tuvieron fuerza para llevar el peso de la laza, ni para arrojar un dardo con el viejo arco de sus abuelos.  Los esclavos huyeron incapaces de actos de heroísmo en defensa de la libertad ajena.  El sabio rey, amigo de las hadas había muerto.  No hubo quien pudiese impedir que los míseros feantopolenses pereciesen cubiertos de seda y pedrerías, bajo los cascos de los caballos del implacable vencedor.

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