Posteado por: diariodelgallo | diciembre 10, 2009

TRAMPAS A LA HISTORIA EN LOS NAZARENOS de José Milla

 

1. Milla su historia y la historia. Por mucho que los historiadores quieran objetar, la representación del pasado a través de una narración es el problema que comparten con los autores de novelas históricas, y su realización por ambos grupos ha sido objeto de numerosas formulaciones críticas. Sin embargo, podemos afirmar que varios de los novelistas hispanoamericanos del siglo XIX encontraron una solución avant-la-lettre para este problema de la representación, y consiste en articular sus propios textos literarios con otros, ficcionales y creados dentro de sus novelas.

 Al valerse de este recurso, los autores del género histórico aprovecharon la ciega fe que los historiadores depositan en los textos, como fuentes históricas, y de ahí que recurran a documentos ficcionales para que sirvan como apoyo histórico y alcanzar credibilidad. De este modo se comprenderá que el consciente y deliberado encadenamiento e interpretación de documentos históricos, plasmado en textos historiográficos y realizado por los historiadores, aparezca reproducido en la obra de varios autores decimonónicos, entre los cuales sobresale el guatemalteco José Milla y Vidaurre (1822-1882). La imagen de Milla en Guatemala ha oscilado siempre entre el rechazo y la admiración. Si por un lado fue exaltado como prosista, por otro Enrique Gómez Carrillo y Luis Cardoza y Aragón encabezaron ofensivas desacralizadoras que, irónicamente, le forjaron una reputación como críticos literarios. Sin embargo, esa ansia de hacer leña del árbol caído, o criticar lo claramente criticable en Milla, como su (aparente) glorificación de la colonia, no ha podido mermar su fama ni despojarlo de su primacía literaria como porsista decimonónico, en cuya obra la historia cobra vida propia gracias a la relevancia que adquieren en ella los documentos, papeles y mensajes de todo tipo, desde prendas ensangrentadas hasta retratos de damas coloniales.

El uso y la representación de estos documentos y mensajes integrados en su narración enfatizan la verosimilitud necesaria en la novela histórica y, al subvertir sutilmente la historia en que se basa la novela, coadyuva el cumplimiento de la agenda política de la América Latina del siglo XIX: la creación de una nación independiente. José Milla y Vidaurre gozó de prestigio en vida para luego caer en un relativo olvido crítico debido, tal vez, y no menos paradójicamente, a la oficialización de sus obras, que forman parte del programa oficial de enseñanza en Guatemala. Sin embargo, pese a haber sido conservador en tiempos de liberales y novelista en era de poetas, su popularidad parecía destinada para desarrollar y popularizar la prosa guatemalteca. Sus “Cuadros de Costumbres” nada deben a los de Larra y, aunque parezcan carecer de la aguda visión social del español, compensan esta ausencia con una capacidad descriptiva que ha creado modelos. Sin embargo, la veta de Milla como novelista histórico le valió el título del que Seymour Menton hace eco al llamarlo “Padre de la novela guatemalteca”.

Con todo, Milla no fue el primer autor de novelas históricas en América Latina. Desde la aparición de la novela Jicoténcal, atribuida a Félix Varela, en 1826, todo el continente hispanoamericano atestiguó un hervidero de obras de este carácter, frecuentemente en publicación por entregas. Ejemplos ilustrativos son: La novia del hereje, de Vicente Fidel López (1845); Yngermina o la hija de Calamar, de Juan José Nieto (1844); Guatimozín, de Gertrudis Gómez de Avellaneda (1846) y La hija del judío, de Justo Sierra O’ Reilly (1852), entre otras, para cuyos autores la escritura de novelas históricas era una tarea tan académica como literaria. La popularidad que alcanzó el género en el continente hispanoamericano ha sido explicada en algunos casos como una reacción contra la colonia y sus instituciones, aunque también sea plausible otra razón, que ha hallado eco en la crítica reciente, según la cual estas novelas, al proponer una reescritura de la historia, le añaden un giro inesperado a fin de obedecer un tácito proyecto político de construcción cultural y nacional.

Desde esta circunstancia se explica que la aparente exaltación de la colonia en estas obras sea un subterfugio que otorga a sus autores una situación política e histórica lejana a la de su propio contexto, y que, pese a la distancia del tiempo, conserva validez por ser, esencialmente, un medio de hablar del presente sin comprometerse, estableciendo así una analogía transhistórica. Como señala Menton en su estudio sobre las novelas históricas contemporáneas, los esquemas de poder persisten, aunque los rostros hayan cambiado. Esta traslación de situaciones opera merced a un mecanismo de identificación que encuentra los vínculos entre los problemas contemporáneos del historiador y los de la época sobre la que escribe.

Lukács se refiere a esta operación como la “modernización de la historia”, y es debido a ella que, con frecuencia, las novelas históricas asignan papeles estereotípicos a sus personajes: los españoles representan la mentalidad conservadora, en tanto que los criollos se identifican con los liberales.

El caso de Milla es ilustrativo con respecto a las razones para recurrir a la modernización de la historia, pues su función viene a ser la de enmascarar sus antipatías y revelar sus lealtades (conservadoras) en el ambiente del régimen (liberal) de Justo Rufino Barrios. Así se explica la observación de Sánchez, quien al anotar que en esta época los guatemaltecos vivían azarosamente, añade “cuando un país vive en tan absoluta y permanente discreción, los escritores o se expatrian o se dedican a la historia. José Milla se entregó a la novela histórica”.

En todo caso, y merced a esta modernización, la búsqueda de una tradición propia a la que se refiere Domingo Miliani constituye una respuesta cultural en sí, y se manifiesta a través de este género literario con mayor frecuencia e intensidad que en la poesía o el drama. Es más, la decisión de los autores decimonónicos de retratar su país y su pasado en estas novelas sobre hechos históricos, constituye una respuesta, una declaración de independencia cultural que preludia significativamente el logro de la expresión literaria propia, frecuentemente atribuido con exclusividad al modernismo. Además de seguir esta consigna, cabe considerar que Milla, como muchos otros, decidiera trabajar contra el sistema desde dentro, invirtiendo esfuerzos en la representación de un período histórico, considerado por sus contemporáneos como poco valioso, para trazar alegorías políticas que critican, precisamente, la restrictividad del poder. En cualquier caso, la cadena textual de la que Milla forma parte contiene documentos, papeles y mensajes de todo tipo, e incluye prendas ensangrentadas y retratos de damas coloniales, y logra, mediante la articulación de estos textos o vehículos de mensajes, sacar a la historia de su trono como texto maestro o archinarrativa que ocupaba hasta entonces.

Este uso de textos confirma la paradoja antes mencionada al subvertir sutilmente la historia en que se basa la novela, y coadyuvar el cumplimiento de la agenda política de la América Latina del siglo XIX: la creación de una nación histórica, cultural e intelectualmente independiente. Así pues, podemos aducir que Milla no sólo respondió al llamado de Bello, sino que incluso lo trascendió, pues se dedicó a escribir obras que , de una u otra manera, se establecerían como “respuestas” a los textos históricos que prescribía Bello.

Por esta razón, Milla, que obtuvo su popularidad bajo el seudónimo de Salomé Jil (una anagrama de su nombre), no se restringió a la narrativa, pues también trabajó en una historia de Centroamérica. Con todo, sus cuadros de costumbres y sus populares novelas históricas bastaron para garantizarle un lugar preeminente en la tradición literaria guatemalteca. Entre sus novelas más conocidas están La hija del adelantado, en la cual doña Leonor, la hija mestiza de Pedro de Alvarado, se enamora del caballero don Pedro de Portocarrero y crea una situación de tensiones sociales y raciales; Historia de un pepe, que relata la historia del bandido de la época colonial “Pie de Lana”, y El visitador, que presenta las confabulaciones de un funcionario colonial corrupto.

El contexto en el que Milla publicó sus obras no podía ser más propicio; como se ha mencionado ya, el siglo XIX fue una época de profusión de novelas históricas en Hispanoamérica, entre las cuales están los títulos ya mencionados antes, así como la popular narrativa de Juana Manuela Gorriti y de Soledad Acosta de Samper. Llama la atención que los títulos de muchas de estas obras hayan seguido la convención de la época y adoptaran como título el nombre de los personajes femeninos principales, convirtiendo así a las mujeres aludidas en pretextos de la acción.

De este modo, al eludir la historiografía per se e internarse en el romance, estos autores recurren a una alegoría señalada ya por Doris Sommer: la de la mujer y la tierra. Para Sommer, la historia romántica aparece con frecuencia en las primeras novelas latinoamericanas y refleja las preocupaciones de estas naciones al trazar una analogía entre su destino y el de una joven pareja. De este modo, el romance implica, en su presentación y desarrollo, un propósito doble: que el hombre es el poseedor natural de la tierra, y que la mujer, como metáfora, es poseída para cumplir con un destino: fundar una nación fecunda y fértil.

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Responses

  1. No sé a quien dirigirme por acá, no hallé cómo contactarme por correo electrónico, así que lo hago por acá. Sucede que hice un artículo acerca de la nueva editorial ALAMBIQUE, cartonera, que está a cargo del amatitlaneco Marco Valerio Reyes.

    Quisiera saber a dónde enviarlo pues para su posible publicación acá en el DIARIO DEL GALLO.

    Mañana presentan el segundo libro, es Atardecer de la espiga de German Albornoz. Así que hoy sería el día ideal para publicarse.

    Agradecería una respuesta a mi correo:

    chitomc@hotmail.com

    Saludos.


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