Posteado por: diariodelgallo | diciembre 29, 2009

LA TRAVESÍA DE LOS TAMALES de Mariano Cantoral

LA TRAVESÍA DE LOS TAMALES

“La luz que en tus ojos arde
si los abres amanece
cuando los cierras parece
que va muriendo la tarde.”

Sindo Garay

 Esta es una historia acerca del periplo o viaje de los tamales, o pretende serlo, omitiré describir el proceso de preparación de los mismos pues cada quien tiene su estilo, sus colores y sus ingredientes secretos y múltiples recetas de periódicos y revistas; los hay de coche, de pollo, de gallina, de cualquier carne comestible, con pasas, con picante, envueltos en papel aluminio o en hoja verde, y obviamente, sin alguno de los anteriores elementos o con otros adicionales, pero no importa, eso es trivial para describir la historia acerca de la travesía de los tamales.

El viaje de los tamales inició cuando una familia, que recién había migrado del área rural a la ciudad, encargó cincuenta tamales a doña Juana, considerada la mejor tamalera de su pueblo, un lugar muy bonito y verde, pero asimismo muy desconocido y olvidado por los catálogos de turismo y datos oficiales.

El mero treinta de diciembre doña Juana envió en la agencia de buses que va hacia la capital, el paquete, es decir la caja de cartón con el respectivo encargo, incluyó dos exclusivos tamales negros como ganancia.

Resulta tautológico decirlo pero el pedido de tamales era para la cena de año nuevo, el núcleo familiar que habitaba la casa, estaba conformado por cinco miembros.

Pedir tamales a doña Juana no era algo nuevo, siempre por estas fechas el pedido era realizado a ella, aún otrora, cuando eran vecinos, pero esta vez, por petición de un hijo que hacía tres años había emigrado a otro país en búsqueda de desarrollo personal, de los cincuenta, enviarían diez tamales a él.

El señor de la casa madrugó para recoger el pedido en la oficina de buses en la capital,  inmediatamente lo recibió, pagó los cargos del servicio y se dirigió a otra empresa dedicada a hacer envíos internacionales de mercancías y productos, manifestó su deseo de remitir el paquete en un envío Express “especial service” para que llegara ese mismo día, la tarifa era realmente costosa, cinco veces más elevada que la de los tamales en conjunto, pero eso era baladí pues todavía tenía parte de su exiguo aguinaldo e importaba satisfacer el nostálgico pedido.

Su hijo le había dicho por teléfono que lo que más deseaba para estas fiestas de fin de año era degustar un tamal de su tierra, aquellos a los que les untaba crema y les agregaba limón y tanto deleitaba cuando habitaba con ellos en el hogar, también compartir ese alborozo con su familia, su esposa y su hijo de apenas un año, por aquellas lejanas tierras.

En la agencia de envío Express los tamales fueron introducidos en otra caja más grande por los empleados de la empresa, una caja extremadamente nívea, de cartón elegante, misma que después de sellada pasaron por una banda electrónica que chisporroteaba por dentro, donde un robot le colocó una estampa con los datos pertinentes de envío y la elevó a un repisa donde otro empleado finalmente la agarró.

La caja la colocaron junto con los demás paquetes de servicio especial, que salían cada hora hacia su destino, “estos se van en el próximo viaje”, dijo el supervisor, “tabueno jefe”, respondió el operario más joven.

Después de pagar y firmar, el señor de la casa salió feliz de la agencia, con el resto de tamales en la caja de doña Juana, pendiendo de su brazo, mientras tanto en el otro lado del país, doña Juana, repetía el proceso, empacaba tamales y los enviaba a la capital o a municipios aledaños.

Cuando tiempo después, a doña Juana, le contaron la travesía de los tamales, afirmó que ella jamás supuso hasta dónde viajarían sus creaciones de masa, condimento y carne, “hasta ese país de pisto”, no, jamás lo pretendió, sucede que los tamales no necesitan Visa como sí la gente, misma que le fue negada a ella dos veces por motivos monetarios y al señor de la casa porque en la embajada creyeron que por ser jubilado pretendería reempezar su vida allá en un “part time job”, pero realmente sólo quería conocer a su nieto y hubiera sido más barato costear el pasaje y llevar consigo los tamales que enviarlos solos en ese melancólico periplo, de eso no hay duda.

Efectivamente, una hora después, los tamales fueron montados en la aeronave, junto a otros cofres y aparatos frágiles, doña Juana tampoco imaginó que sus tamales serían custodiados por agentes de seguridad, tampoco que iban a ser marcados con código de barra ni rastreados por GPS, de hecho, ni doña Juana ni el señor de la casa supieron ese detalle nunca.

Lo cierto es que Jaime, el hijo del señor de casa, gozoso disfrutó sus tamalitos observando el resplandor de las luces conmemorativas del año nuevo, financiadas por el gobierno y transmitidas hacia todo el mundo por las principales cadenas televisivas, donde paralelamente mostraban el conteo regresivo, con minutos y segundos, que restaba para llegar a las cero horas e iniciar un año más, probablemente, lo único en común que tenemos las naciones.

-Todo estuvo sabroso- dijo él, sólo que al primero no le hubiera untado crema, porque no es como la de allá, está tiene un montón de preservantes y emulsificantes, la de allá es más deliciosa porque la leche del pie de la vaca se va directamente a la cocina y allí se bate hasta que cuaja y sale, tampoco con pan rodajeado me supo igual, mejor me los comeré así, directo y pelado, como siempre dijeron que fui. FELIZ AÑO NUEVO!

 

Viernes 25 de diciembre del 2009.

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Responses

  1. Ese patojo tiene talento, Buensimo cuento, asi directo y pelado como me dijeron q soy. Saludos.MC

  2. Muy buen cuento. El autor puede hacer un libro de varios cuentos de lo nuestro.


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