Posteado por: diariodelgallo | febrero 21, 2010

VISITANDO LOS RESTOS DE LA BIBLIOTECA NACIONAL EN 1922

Uno de los más ricos tesoros que Guatemala ha tenido forma de poseer, y que en realidad poseyó hasta antes de los malhadados terremotos de 1917, lo constituye su Biblioteca Nacional.

Frondoso acervo de valiosísimos volúmenes científicos y literarios; documentos históricos por los cuales podría reconstruirse gran parte de la pretérita vida de América y aún algunas épocas de la existencia española; toda la prensa que desde la emancipación política de nuestro pueblo, hasta los días de la última catástrofe se había editado en Guatemala, y mil joyas más ignoradas, algunas en otros idiomas y que totalmente desconocemos, pero que en realidad existen o han existido (si hemos de dar crédito a baluartes criollos de erudición que más de una vez nos han sorprendido con su entusiástico elogio por nuestra biblioteca). Han dormido en la tranquilidad de los anaqueles un letargo de cien años, durante los cuales apenas si una o dos veces manos acuciosas de varones ilustres en la incipiente dinastía de nuestros sabios, se atrevieron a turbar su sueño.  Todo, amén de multitud de obras didácticas, y de novelucas frívolas que durante ese mismo siglo, han servido de pasto a los apetitos románticos y un poco cursis del grueso público profano, como sirven ahora mismo.

Con estas ideas tristes metidas en el caletre y ayudando en sus empeños de labor constructiva al Director de EL IMPARCIAL, enderezamos nuestro paso hacia el lejano edificio adonde, tras cataclismos y revoluciones, se ha confinado nuestra más valiosa castalia espiritual.

No logramos en todo el camino explicarnos por qué se ha expulsado del centro de la ciudad a la Biblioteca, como se expulsa a un huésped molesto cuya demasiada tontería o demasiada sapiencia nos estorba.  No creemos que la metrópoli se halle exactamente en tal caso con relación a su más rico filón de sabiduría, pero tampoco podemos darnos una razón satisfactoria, que nos diga por qué la Biblioteca es considerada como algo que no merece la pena de que se le construya con urgencia un edificio, al igual que se construyen los de los Ministerios y -¡Dios mío!- hasta los de los cuarteles.  Sólo por temor al grito de la conciencia, que ante los libros nos revela toda la ignorancia de nuestro pueblo, o lo que es peor, por un total desprecio de ellos, comprendemos el confinamiento a que se ha condenado a la librería pública de Guatemala.

Después de recorrer un itinerario de quince cuadras, durante las cuales, firmes en nuestros trece, no hemos hecho más que pensar en cosas sombrías; llegamos al palacete de la Biblioteca, pues así llamó la adulación de los tiempos neronianos al edificio que, destinado a una escuela pública post-terremoto, construyó Quetzaltenango, y que fue luego la Universidad  “Estrada Cabrera”, después “Escuela de Jurisprudencia”, y a la fecha es almacén de libros que casi nadie lee y que ningún bien habrán de reportar a las generaciones vivientes de Guatemala.

Serían las cuatro y media de la tarde cuando entramos al salón principal del edificio, donde se halla instalada la sala de lectura.  El Director del establecimiento, señor Lázaro Valdés en compañía del señor Inspector General de Bibliotecas y del señor Alvarado, culto Secretario de la institución, pasaban revista a los estantes atestados de libros.  Esta circunstancia que nos evitó el expediente de los largos saludos y las explicaciones, fue aprovechado por nuestra curiosidad profesional, y así, viéndolo todo, lamentando la vetustez de los anaqueles roídos por la carcoma, el anticuado sistema de las mesas que agrupa de cuatro en cuatro a los lectores, y de las sillas antiestéticas y casi todas en su totalidad cojitrancas, fuimos dejando caer una lluvia de preguntas.

¿Cuál es, por término medio el número de lectores que concurren diariamente a la Biblioteca?

El director no lo conoce con exactitud:- sabe, si, que todos los alumnos de la Escuela Normal va allá tarde a tarde, a consultar obras y a estudiar en los libros de texto.  También tiene conocimiento de que acude gente que no es precisamente escolar y que constituye el género de los diletantes, entre los cuales, por desgracia, se cuentan muy pocos obreros,

El número de volúmenes que existe hoy en día tampoco logramos averiguarlo a ciencia cierta.  La Dirección de la Biblioteca está trabajando ahora con todos sus empleados en formar el catálogo de los libros y poderlos colocar convenientemente para mayor facilidad del empleado que los distribuye entre los lectores.

Como nosotros, nuestro visitado ignora las causas por las cuales la Biblioteca está relegada a latitudes de Jocotenango, pero lo atribuye a necesarias economías del Ministerio de Instrucción Pública.

Ojeando la sala de lectura, nuestro desencanto no es, como esperábamos, aplastante.  Pese a la polilla y al descuido que dejó, abandonados a la intemperie durante un año entero, todos los tesoros de la Biblioteca, aún hay valiosísimas cosas en sus estanterías.

Editorial, El Imparcial  Agosto 1922

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Responses

  1. me encanta esa fotografia es bueno saber que todabia habemos personas interesadas por la cultura e historia de guatemala


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