Posteado por: diariodelgallo | abril 11, 2010

DÍA DE DIFUNTOS de José Asunción Silva

(EL IMPARCIAL, noviembre 1922)

La luz vaga… opaco el día…

La llovizna cae y moja con sus hilos penetrantes la desierta y fría;

Por el aire, tenebrosa, ignorada mano arroja

Un oscuro velo opaco, de letal melancolía,

Y no hay nadie que en lo íntimo, no se aquiete y se recoja

Al mirar las nieblas grises de la atmósfera sombría

Y al oír en las alturas

Melancólicas y oscuras

Los acentos dejativos

Y tristísimos e inciertos

Con que suenan las campanas,

Las campanas plañideras,

Que les hablan a los vivos

De los muertos.

Y hay algo de angustioso y de incierto

Que mezcla a ese sonido su sonido,

E inarmónico vibra en el concierto

Que alzan los bronces al tocar a muerto

Por todos los que han sido.

Es la voz de la campana

Que va marcando la hora

Hoy lo mismo que mañana

Rítmica, igual y sonora;

Una campana se queja

Y la otra campana llora,

Ésta tiene voz de vieja

Y esa de niña que ora.

Las campanas más grandes que dan un doble recio

Suenan con un acento de místico desprecio;

Mas la campana que da la hora

Ríe, no llora;

Tiene en su timbre seco sutiles armonías;

Su voz parece que habla de fiestas, de alegrías,

De citas, de placeres, de cantos y de cantos y de bailes.

De las preocupaciones que llenan nuestros días;

Es una voz del siglo entre un coro de frailes,

Y con sus notas se ríe,

Escéptica y burladora,

De la campana que gime,

De la campana que implora

Y de cuanto aquel coro conmociona

Y es que con su retintín

Ella midió el dolor humano

Y marcó del dolor el fin.

Por eso se ríe del grave esquilón

Que suena allá arriba con fúnebre son;

Por eso interrumpe los tristes conciertos

Con que el bronce santo llora por los muertos

No lo oigáis, oh bronces, no le oigáis, campanas

Que con voz grave de ese clamoreo

Rogáis por los seres que duermen ahora

Lejos de la vida, libres del deseo,

Lejos de las rudas batallas humanas;

Seguid en el aire vuestro bamboleo:

¡no la oigáis, campanas!…

Contra lo imposible ¿qué puede el deseo?

Allá arriba suena, rítmica y sonora esa voz de oro,

Y sin que lo impidan sus graves hermanas

Que rezan en coro,

La campana del reloj

Suena, suena, suena, ahora,

Dice que ella mareó,

Con su vibración sonora,

De los olvidos de la hora;

Que después de la velada

Que pasó cada difunto

En una sala enlutada

Y con la familia junto

En dolorosa actitud,

Mientras la luz de los cirios

Alumbraba el ataúd

Y las coronas de lirios;

Que después de la tristura,

De los gritos de dolor,

De las frases de amargura,

Del llanto conmovedor,

Marcó ella misma el momento

En que con la languidez

Del luto, huyó el pensamiento

Del muerto, y el sentimiento,

Seis mese más tarde… o diez.

Y hoy, día de los muertos…

En las nieblas grises la melancolía,

En que la llovizna cae gota a gota

Y con sus tristezas los nervios embota,

Y envuelve en un manto la ciudad sombría

Ella, que ha mareado la hora y el día

En que a cada casa lúgubre y vacía

Tras el luto breve volvió la alegría;

Ella, que ha marcado la hora del baile

En que al año justo un vestido aéreo

Estrena la niña, cuya madre duerme

Olvidada y sola en el cementerio,

Suena indiferente a la voz de freile

Del esquilón grave y a su canto serio;

Ella, que ha marcado la hora precisa

En que a cada boca que el dolor sellaba

Como por encanto volvió la sonrisa,

Esa precursora de la carcajada;

Ella, que ha marcad la hora en que el dolor sellaba

Habló de suicidio y pidió el arsénico,

Cuando aún en la alcoba recién perfumada

Flotaba el aroma del ácido fénico;

Y ha marcado luego la hora en que, mudo

Por las emociones con que el gozo agobia,

Para que lo unieran con sagrado nudo

A la misma iglesia fue con otra novia;

¡ella no comprende nada del misterio

de aquellas quejumbres que pueblan el aire!

Y lo ve en la vida todo jocoserio;

Y sigue marcando con el mismo modo

El mismo entusiasmo y el mismo desaire

La huída del tiempo que le borra todo

Y eso es lo angustioso y lo incierto

Que flota en el sonido;

Esa es la nota irónica que vibra en el concierto

Que alzan los bronces al tocar a muerto

Por todos los que han sido.

Es la voz fina y sutil

De vibraciones de cristal

Que con acento juvenil,

Indiferente al bien y al mal,

Mide lo mismo la hora vil

Que la sublime y la fatal,

Y suena en las alturas

Melancólicas y oscuras

Sin tener en su tañido

Claro, rítmico y sonoro,

Los acentos dejativos

Y tristísimos e inciertos

De aquel misterioso coro

Con que suenan las campanas…

¡las campanas plañideras

Que les hablan a los vivos

De los muertos!…

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Responses

  1. Han leído la poesía del peruano César Vallejo: una mescla de decadentismo y surrealismo.

    Así me suena este poema de José Asunción Silva y algunas de sus estrofas se parecen a los poemas casi póstumos del guatemalteco Domingo Estrada (1855-1901), sobre todo el último que escribiera tres meses antes de morir: “En el Crepúsculo”.

    Se transcribe a continuación, tomado de Estrada, Domingo; Poesías de Domingo Estrada. Con Prólogo de José María Bonilla-Ruano, Guatemala: Segunda edición. Volumen 10 de Biblioteca Guatemalteca de Cultura Popular “15 de Septiembre”. Ministerio de Educación Pública, 1956. Entre corchetes se anota el número de página que corresponde a dicha edición.

    [135]

    EN EL CREPÚSCULO

    Fatigado peregrino con la planta dolorida,
    De la meta ya no lejos en la senda de la vida,
    Por un solo, breve instante, me detengo a descansar…
    Con esfuerzo doloroso subí la áspera colina,
    Y contemplo el ancho valle ya lejano, que ilumina
    Vagamente la indecisa, triste luz crepuscular.

    Yo contemplo, con intensa, melancólica mirada,
    Las etapas recorridas en esa árida jornada,
    Que con ánimo sereno ya muy pronto rendiré;
    Yo contemplo desde lejos, conturbado, conmovido,
    Los lugares do he gozado, los parajes do he sufrido,
    Y do mi alma por pedazos, loco o cándido, sembré.

    ¡Son tan caros los recuerdos de las épocas lejanas!
    ¡En las tardes nos parecen tan hermosas las mañanas!
    ¡Encontramos tan dichoso todo tiempo que pasó!…
    Y tan dulces los aromas de las hojas marchitadas,
    Y los ecos inextintos de las voces ya calladas,
    ¡Y los cantos melodiosos de la alondra que voló!

    Allí quedan los parajes luminosos y risueños
    Do pasé la joven frente coronada por los sueños,
    En los ojos la esperanza y en los labios la canción;
    Sobre mí todos los astros, a mis pies todas las flores,
    Y cantando, como un coro de celestes ruiseñores,
    Las divinas ilusiones en mi núbil corazón;

    [136]

    Y la senda que subía bajo el sol de la mañana,
    Derramando las fanfarrias victoriosas de la diana,
    Cuando todo a mis anhelos parecía sonreír;
    Y con paso vigoroso proseguía mi camino,
    Fe teniendo en la justicia del estúpido Destino,

    Y marchando a la conquista del obscuro porvenir…

    ¡Ah, cuán triste es ver de lejos los lugares encantados
    Que otros cruzan amorosos, y sintiéndose embriagados
    Por la savia de la vida que les llena el corazón!
    A toda hora se levanta misteriosa melodía
    De sus almas juveniles, donde brota día a día
    Lo flor dulce, delicioso don del celo, la ilusión.

    Son para ellos de las aves las ocultas cantilenas,
    Los perfumes de las suaves, amorosas ciclamenas,
    La poesía de las noches y del día el esplendor;
    Son para ellos las canciones de las fuentes rumorosas,
    Los conciertos de las auras en las selvas silenciosas,
    Y las voces infinitas que por doquier dicen: ¡Amor!

    ¡Revivir, ah, quién me diera la bella época pasada!…
    ¡Quién volver atrás pudiese, comenzando la jornada!…
    Pero no… que su indeleble sello en mí puso el dolor;
    En mi pecho llevo siempre la incurable, cruel herida;
    Y al vaciar entre mis labios la áurea copa de la vida.
    Se tornó en amargo acíbar el dulcísimo licor.

    Son efímeras las dichas, los pesares son eternos;
    Vuelan, ay, las primaveras, lentos pasan los inviernos;
    Son cual gotas las venturas y el dolor es como el mar…
    La ilusión es un fantasma: lo que el hombre vida nombra
    Tan sólo es el triste sueño fatigoso de una sombra…
    Y me siento ya sin fuerzas, y mi anhelo es descansar.

    [137]

    Ya el sol de oro se ha ocultado tras las cimas de los montes…
    Ya se pierden los lejanos y profundos horizontes
    En las brumas de la noche que va pronto a comenzar…
    Pues cercana está la meta, —fatigado peregrino,
    Apresura el lento paso, llega al fin de tu camino,
    Y hallarás el dulce sueño que no tiene despertar.

    París, mayo de 1901.

    • Hola Ariel. Soy bogotano y estoy empezando a leer narrativa centroamericana; por eso descubrí esta página. Sobre el poema de Silva quisiera compartir lo siguiente:
      1. Silva es paisano mío; nació en 1865 y murió en 1896 de un tiro que se dió el mismo en el corazón.
      2. El escritor guatemalteco Eduardo Halfón menciona a Silva en “Esto no es una pipa, Saturno”.
      3. El peruano César Vallejo nació en 1892, (tiene tres años cuando Silva muere) así que de pronto no es Silva el que le “suena” a Vallejo sino el peruano el que le suena al colombiano.
      4. Si el poeta José Domingo Estrada escribió en 1901, -cuando Silva lleva cinco años muerto-, y “tres meses antes de morir” el poema “En el crepúsculo”, entonces no son las estrofas de Silva las que se “parecen” a Estrada sino las del amateco las que se parecen a las del bogotano.
      5. En el segundo verso entre “la” y “desierta” se come la palabra ciudad.
      Les envío un cordial saludo.

  2. “Taconcitos”
    (Leyendas de La Colonia)

    Cuando se apagan las voces, cuando terminan los compromisos, cuando el mundo duerme y el silencio reina en medio de las tinieblas, los mitos cobran consistencia y las palabras escritas en agua se reflejan en los muros donde el pueblo escribe…

    Hay sombras que nadie consigue ahuyentar, hay enigmas que desafían la razón y en medio de esta contradicción se abren paso, persisten en el tiempo y trascienden a los hombres. Nadie llego a conocer su nombre, ni su origen, hasta llego a ser un secreto a voces que muy pocos se atrevían a comentar por el temor a sonar miedosos o infantiles, mas lo cierto es que desde hacia tiempo en diferentes cuadras de La Colonia aquellos pasos se dejaban escuchar, a veces de madrugada e incluso en pleno día. Era como que si una mujer caminaba en tacones por las sala de la casa o por las habitaciones e incluso por las calles pero cuando se quería ver de quien se trataba, salía corriendo y se desvanecía de la misma forma que venía; nunca nadie le vio el rostro, mas se decía que se trataba de una niña que caminaba con los zapatos de tacón que le quedaban grandes y que entraba a las casas buscando a su mama, recorriendo las calles tratando de sortear suerte y hallar a alguien que por largo tiempo no conseguía encontrar .

    Se cuenta que en los inicios de La Colonia, cuando aun no estaba totalmente habitada y no se había terminado de construir todas las casas, eran pocos los vecinos y ante el aparente aislamiento en el que Vivian, casi todos se conocían y se ayudaban mutuamente, dado que en esa época a La Colonia no entraban los buses urbanos lo más cerca que llegaban era al mercado de la Florida y desde allí aquellos primeros que la fundaron caminaban hacia sus casas después de una larga jornada de trabajo. Por esos días cada poco se sumaban nuevos vecinos, lo cual despertaba la curiosidad de los que apenas se estaban instalando pues querían conocer quiénes eran, cuántos niños tenían, de donde venían en fin, mas hubo una mujer que se traslado sola con una niña se dice que era de poco hablar al punto que nadie le llego a saber el nombre, nunca se supo si tenía marido o de familia alguna y a la niña no le permitía relacionarse con los otros niños, a pesar de que aun en las cuadras habían casas vacías. Se dice que vivieron en una de las casas que dan justo debajo de la bomba de agua a orillas del barranco que da a la finca Lo de Bran.

    Como siempre sucede con personas extrañas, se empezaron a hacer juicios gratuitos sobre esta mujer, algunos decían que era una bruja, otros que era una de esas de familias ricas que tras haber deshonrado a la familia con su conducta son como desterradas de su círculo social. Se dice que era una mujer bella de pelo profundamente negro como de azabache, de mirar altivo, con gestos de dureza y amargura. La niña era el vivo retrato de ella, pero de mirada dulce. Durante el tiempo que vivió en aquella casa se las valió por si sola para enfrentar los retos que enfrentaron los primeros habitantes de La Colonia ante la falta de transporte público, la falta de lugares cercanos para abastecerse de alimentos y las cosas necesarias, el aparente aislamiento de La Colonia que era como una pequeña luz en el horizonte ante el verdor espeso del que estaba radiada debido a los barrancos. Los patojos apenas se daban cuenta de estas penurias, pues como es natural a ellos solo les importaba jugar y para ellos todo aquello era su campo de juego, donde cada día se sumaban nuevos invitados.

    Corría el mes de septiembre y la lluvia no cesaba, en las banquetas se formaban charcos de agua en los que los patojos jugaban con barquitos de papel o chapoteando el agua de alegría cuando la lluvia les daba una pequeña tregua para luego volverse más incesante como un temporal, por esos días se cuenta que llegaron los dueños legítimos de aquella propiedad que habitaba aquella mujer con su hija y al verlas le pidieron abandonar la casa, a lo cual la mujer no accedió, por lo que días después fue sacada a la fuerza en una noche lluviosa y obscura, ante el tumulto que se armo se dice que la mujer se fue hacia el barranco sin llevarse nada. Aquella casa no contaba con servicio de energía eléctrica y apenas una vela la alumbraba. Los dueños de la casa a como pudieron fueron bajando algunas cosas del camión de mudanzas, con la esperanza de dormir en su propia casa y terminar la mudanza al día siguiente, cuando estuviera claro y quizás la lluvia les diera una tregua. Aquella familia como pudo se acomodo en la sala y nadie se percato de que la niña dormía en la primera habitación… La niña despertó de madrugada llamando a su madre y al no podarla encontrar corrió por toda la casa, al ver a aquellos extraños, pensó que seguramente en sus sueños se había salido a jugar a otra casa y se había quedado dormida, lo único que le pareció extraño es que no podía encontrar sus zapatos, por lo que tomo unos zapatos de mujer se los puso y salió a buscar a su madre…

    Nunca más se volvió a saber de aquella mujer, ni que rumbo tomo, ni él porque se había ido dejando a la niña, tan poco se volvió a saber de la niña, ni que fue de ella, ni si se reunió con su madre, lo único que se sabe es que de vez en vez se escuchan aquellos pequeños pasos de aquella niña de mirada dulce, pelo negro profundo de azabache buscando de casa en casa, de cuadra en cuadra sin poder encontrar…

    Oxwell L’bu


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