Posteado por: diariodelgallo | junio 12, 2010

DEL CIELO A LA MONTAÑA de Iñaki Carro

“Obra voluminosa y exhaustiva por su documentada información, Del cielo a la montaña, es más que un testimonio, es una novela con el dramatismo de la vida de sus personajes”, así define la editorial Magna Terra al nuevo libro del escritor Iñaki Carro. El escritor recoge los conflictos entre catequistas y facciones conservadoras de la sociedad Ixil, entre autoridades indígenas comunitarias y los grupos de poder local. Así como la irrupción de la guerrilla en 1975 y las terribles consecuencias de este hecho.

Carro nació en Bilbao en 1971. Su relación con Guatemala data desde 1992 cuando supo del trabajo de las Comunidades de Población en Resistencia (CPR). Ha participado en varios movimientos sociales.

FRAGMENTO

Ninguno de nosotros durmió aquella noche. En cuanto Santiago abandonó la casa, convenimos en que lo mejor sería acostarnos y esperar. Pero no pudimos conciliar el sueño. Cada uno de uno de nosotros sumido en su propio desasosiego, vimos consumirse en silencio aquellos inagotables minutos que aún restaban hasta el amanecer.

Cuando por fin nos levantamos, nadie habló. El temor a que aquellas paredes escucharon nos oprimía la garganta.

Hacia las siete de la mañana alguien llamó a la puerta. Jorge la abrió. Miguel y yo escuchamos desde la cocina.

—Buenos días, paare.

—Buenos días.

—Traigo recado para el paare Santiago.

—¿Sí? ¿Qué es?

—Lo esperan en la casa, en la aldea de Santa Catalina Chitzol. La señora está muy malita, dicen que muriendo está, y quiere ver al paare. Pronto.

—Pero justito ahora el padre Santiago no está. Salió hace rato a otro mandado.

—¿Y adónde?

—No dijo. Pero que volvería al rato, eso seguro.

Hubo un silencio.

—¿Mucho rato que salió?

—No creo. Media hora tal vez, no más –-mintió Jorge–. Yo estaba apenas despierto.

Otra vez silencio. Esta vez fue seguido del ruido de pasos, alejándose de la casa.

—Gracias, paare. Buen día, paare.

—Buenos días. Vaya con Dios.

En cuanto cerró la puerta, Jorge se acercó corriendo hasta la cocina. Nos explicó que se trataba de un ixil al que conocía de vista, de la aldea de Santa Catalina Chitzol, muy cercana a la de Itzmal, y en donde Santiago tenía un grupo de catequistas.

La amenaza tomaba visos de autenticidad. En el camino, cualquier cosa podría haberle sucedido a Santiago. Después habría sido sencillo culpar a cualquiera por ello. A los guerrilleros, por ejemplo,

Decidimos seguir con esa versión, al menos durante ese día. El padre Santiago había salido temprano a alguna aldea, o al menos eso nos dijo. No sabíamos cuándo volvería.

Miguel y yo regresamos a Nebaj, tratando de aparentar normalidad. Pero ya al día siguiente no pudimos fingir por más tiempo: el rumor acerca de la repentina desaparición del hermano Santiago, párroco de Chajul, apenas dos días después del asesinato de Don Marcelo, se había extendido por toda la región. Pronto hubimos de dar explicaciones a nuestros superiores en la orden, al obispado, incluso a las autoridades locales.

Decidimos contar la verdad, o al menos la parte más sustancial de la misma: el hermano Santiago había recibido información de que su vida corría peligro, y sin darnos mayores explicaciones se esfumó, en principio con intención de huir a México y tratar reunirse allí con los sacerdotes expulsados del país meses atrás,

Juan Carlos, Jorge y yo fuimos llamados por nuestros superiores para que acudiéramos a Antigua. Desde que el hermano Roberto fue expulsado del país, la orden andaba con pies de plomo. Todo el trabajo que habíamos venido haciendo desde hacía ya más de quince años estaba siendo puesto en cuestión.

Que fueran Juan Carlos y Jorge era lógico. Ambos eran quienes más estrechamente trabajaron con Santiago en Chajul. Pero lo que no entendía muy bien era por qué me llamaban a mí también.

Me devané los sesos buscando la respuesta. Tal vez creyeran que, debido a mis conocidas diferencias con Santiago y a mi clara hostilidad hacia la guerrilla, pudiera darles alguna información que hermanos, por respeto o por afinidad con Santiago, no fueran a darles. Pero también puede que quisieran tantear hasta qué punto yo estaba dispuesto a delatar al hermano, sin desear realmente que lo hiciera.

Entre tantos secretos y mentiras —primero Xhun, ahora Santiago—, me estaba convirtiendo en un paranoico.

En cualquier caso, los tres nos limitaríamos a repetir la consabida historia: nuestro trabajo en la región ixil consistía en impulsar capacitaciones y cooperativas, extender la red de la Acción Católica, y hacer frente a las prácticas paganas. Y, hasta donde sabíamos, el hermano Santiago se había limitado a eso, aunque su efusividad le ha llevado a veces a granjearse enemistades entre alguno de los potentados de la zona. Pero de ahí a que tuviera algún tipo de relación con la guerrilla… nada de nada. Nuestra orden estaba completamente al margen de todo tipo de violencia.

Meses más tarde, Miguel recibió una carta de Santiago. Me la leyó. Estaba llena de exabruptos, alegatos y justificaciones, y finalizaba con la jactanciosa sugerencia de que tomaba aquel camino por ser lo que Dios esperaba de él. Decía haber estado en Cuba y Nicaragua, pero que esperaba poder regresar pronto a Guatemala. Me imaginaba para qué.

Todo aquello me estaba superando. Faltaba poco para que cumpliera los cuarenta años, y a esa edad me veía a mí mismo sumido en una crisis sin precedentes. Pasadas las primeras ilusiones de la juventud, los sueños, el idealismo, o aquella época más en la que llegamos a construir una extensa red de catequistas y católicos ortodoxos en medio de un territorio anclado en el paganismo, todo se desmoronaba ahora ante mis ojos. Miguel y los demás seguían entusiastas como el primer día; el enrarecimiento del clima de la zona, lejos de abatirles, les incitaba a  acometer con más bríos la tarea. Pero yo… Me sumergí en un permanente quebranto. El incesante combate contra la costumbre, las deserciones de catequistas al evangelismo, el vivir en la frontera del enfrentamiento con las autoridades políticas y los poderes económicos de la región, yo que provenía de una familia de orden… Mi mente —y mi corazón— no fueron capaces de digerir todo aquello. Comencé a dejarme llevar por la inercia, como un autómata, sin encontrar el ánimo en la tarea… tal vez renunciando a entender cómo y por qué ocurría lo que ocurría a mi alrededor.

Anuncios

Responses

  1. Wow! solo con leer el extracto ya me llamó la atención!


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: