Posteado por: diariodelgallo | agosto 7, 2010

EL APORTE DE LA GENERACIÓN DEL SETENTA A LA POESÍA GUATEMALTECA por Luis Eduardo Rivera

Luis Eduardo Rivera/El Acordeón/El Periódico.

¿En qué consistió el aporte de la generación del setenta a la poesía Guatemalteca? Como integrante  de ese período literario, Luis Eduardo Rivera concreta algunas ideas al respecto.

A principios de los años setenta, el panorama literario guatemalteco no era muy diversificado que digamos.  En realidad,  en el terreno de la producción poética, éste  se reducía a  la actividad  que desde la primera mitad de los años sesenta venía desplegando el grupo Nuevo Signo, compuesto por Antonio Brañas, Delia Quiñones, Luis Alfredo Arango, Francisco Morales Santos Julio Fausto Aguilera y Roberto Obregón.  Con excepción  de Brañas, el grupo estaba integrado  por poetas  que -cada quien, a su peculiar manera-  intentaban extraer sus temáticas de las mitologías populares, sobre todo de fuentes autóctonas, y de la cultura indígena. Poetas telúricos, por decir así, cuya labor influyó indiscutiblemente en el gusto literario durante la década de los sesenta y llenó un inmenso vacío en la vida cultural del país. La  desaparición de Roberto Obregón por el ejército, a principios de 1971, puso fin a su actividad como grupo.

Dos libros, aparecidos en un intervalo de dos años, vinieron a cambiar radicalmente el panorama de la poesía guatemalteca. Los Poemas de la Izquierda Erótica (1973), de Ana María Rodas, y Oh Banalidad (1975), de Enrique Noriega. El primero revolucionó la temática amorosa en la poesía centroamericana, con un lenguaje directo,  desnudo de retóricas. Se  trataba de un primer libro, escrito no obstante con sorprendente madurez literaria. Su temática  se centraba en la relación de la pareja a través de la intimidad erótica, más bien sexual. Pero aquí, a diferencia del yo masculino al que estábamos acostumbrados, la voz que se expresa es una voz femenina, un yo airado que rehúsa ocultarse detrás del lirismo decorativo que hasta entonces había caracterizado  a la poesía escrita por mujeres.  La rabia nerudiana de los poemas carnales más encendidos de Residencia en la Tierra se despojaba aquí de la imaginería y de los florilegios estilísticos, para asumir un lenguaje que chocó en su momento por su crudeza, una crudeza  hasta entonces inédita, y no solamente en la poesía femenina.

El segundo de estos dos  libros, Oh Banalidad, de Noriega, vino a subrayar los aportes de Rodas, ahondando por su lado en el aspecto confesional.  La poesía guatemalteca,  excepción hecha de algunos textos de Marco Antonio Flores y de Manuel José Arce durante la década anterior, había hasta entonces evitado asumir de manera directa la temática autobiográfica.  Noriega, a  partir de este primer libro hará de lo autobiográfico el eje motor de su obra.

La poesía de Noriega, minimalista desde sus inicios, se ve atraída  tempranamente  por la experimentación formal, unida a una extrema exigencia artesanal, que le llega, por un lado, de sus lecturas  de los poetas vanguardistas norteamericanos, en particular de Ezra Pound y E. E.Cummings y, por otro, de su contacto personal con el poeta peruano Elqui Burgos,  a quien Noriega conoce durante un viaje a la capital mexicana, en 1973. Burgos, a su vez, lo pondrá en contacto con  el trabajo de los  poetas de su generación, sobre todo con los miembros del grupo  “Hora Zero” del cual  él mismo forma parte. Estos jóvenes, fuertemente influenciados por la Beat Generation y por la antipoesía de Nicanor Parra, pretendían infundir aires nuevos en la literatura latinoamericana, siguiendo las consignas de Octavio Paz, quien pregonaba una reconciliación entre  la tradición y  la ruptura. Oh Banalidad es el primer fruto acabado producto de está confluencia.   A partir de entonces, de un libro a otro,  la obra de Enrique Noriega no ha dejado de evolucionar.  Desde la implacable sencillez de los poemas reunidos en la sección “My Family is very nice”, de su primer libro, cuyo título falsamente optimista es ya de una ambigüedad devastadora, pasando por las agridulces evocaciones de la infancia en textos como Guastatoya, de El cuerpo que se cansa (1998), o la insólita colección de que compone La saga de N (2006), un  extenso poema narrativo en clave,  donde no sabemos si el protagonista N, una suerte de falso alter ego, se burla de sí mismo o de la ingenua expectativa del lector, hasta la última colección de poemas, recogida bajo un título  paradójico: Epica del ocio (2007), que alude al ocio productivo, lo que no es  sino otra manera de homenajear  la reflexión creadora, el oficio literario, la imaginación y la sensibilidad de Noriega no se dan descanso, a tal punto que puede afirmarse que, en el presente, Noriega es el poeta más versátil, complejo y universal con que cuenta la literatura guatemalteca. Alguno que otro ego agigantado de nuestra provincia de las Letras protestará sin duda por esta afirmación. Yo, por mi parte, simplemente remito al lector a la evidencia: la propia obra de Enrique Noriega.

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