Posteado por: diariodelgallo | agosto 19, 2010

LITERATURA GUATEMALTECA EN LA ÉPOCA DE LA REFORMA LIBERAL

El primer intento por instaurar en Guatemala un régimen liberal, se produjo durante la administración de Mariano Gálvez, pero fracasó, no sólo por la oposición de los grupos conservadores, sino por la división del partido liberal.

Derrocado Gálvez, se inicia el Régimen de los Treinta Años, presidido, en prolongado período, por Rafael Carrera, y, en la fase final, por Vicente Cerna.  Bajo el dominio de la Iglesia y de la aristocracia, interesadas en conservar los privilegios coloniales, el largo lapso de gobierno conservador se caracteriza por una política represiva, una estrecha visión económica, una vigilante censura intelectual y un permanente descuido por irradiar los beneficios de la educación a las masas populares y a los sectores artesanales: la educación sólida resultaba privilegio de ricos o de pobres acogidos a la protección paternalista.

Pero el desarrollo económico de algunas familias, producido gracias al cultivo del café, favorecido éste por la ruina de la cochinilla, fue generando varios factores de singular importancia.  En primer lugar, se dio una base económica que permitió a determinadas personas la dedicación al estudio y, con ello, el descubrimiento y valoración de la doctrina liberal.  En segundo lugar, produjo una burguesía emergente, que aspiraba a compartir con la antigua oligarquía el pleno beneficio del desarrollo económico que, aunque limitadamente, empezaba a producirse.  En tercer lugar, esta burguesía emergente, en conjunción con los “ilustrados”, detectó la necesidad de introducir reformas en el Estado, a fin de modernizar la vida de Guatemala y favorecer el desarrollo de los nuevos intereses económicos.

Las inquietudes modernizadoras encuentran, desde luego, su apoyo doctrinario en el liberalismo clásico y en la filosofía positivista.  En esta doble opción ideológica va generándose la diferenciación entre radicales y moderados, cuyas divergencias y contradicciones asoman conforme se consuman las reformas liberales.  Por fin, la mano asaz enérgica de Justo Rufino Barios se impone por encima de las divergencias, sin consideraciones de ninguna clase, y emprende, a su leal saber y entender, la conducción de la “Reforma Liberal”, simplificando los problemas ideológicos y emprendiendo con actividad constante las medidas por él juzgadas urgentes.  Las medidas económicas de barrios, por su parte, favorecieron los intereses de la burguesía emergente, que pasó a integrarse con la antigua aristocracia; la cual resultó así fortalecida, más poderosa que antes de 1871, sustentada en el trabajo esclavo del indígena, a causa del decreto 177 de Barrios, que establece el llamado “mandamiento”.  Se fortalece, asimismo, con los beneficios derivados de la expropiación de los bienes eclesiásticos, así como con la modernización institucional y la introducción de innovaciones, tales como el ferrocarril, el puerto sobre el Atlántico, el Banco Nacional de Guatemala, etc.

La Reforma Liberal no constituye, pues, una revolución, nombre que, si se usa, obedece a simple costumbre didáctica.  La Reforma no llegó a tocar sustancialmente la estructura económica del país.  Se introdujeron profundos cambios en la superestructura jurídica, en el aparato gubernativo, en el sistema educativo y en la formas de comunicación.  Pero estos cambios, carentes de apoyaturas económicas básicas, devinieron refuerzos y facilidades para la aristocracia, o simples apariencias, con validez formal y legalista: tal el caso de los derechos humanos (esencial postulado liberal) o del libro juego político, por citar dos ejemplos de realidades que se quedaron únicamente en el papel.  En suma, la Reforma Liberal introdujo a Guatemala en siglo XIX en cuanto a los aspectos formales y en cuanto a las medidas organizativas: energía eléctrica, ferrocarril, registros estadísticos, código civil, reforma universitaria, etc.  Pero no generó, como cabía esperar de un gobierno llamado liberal, un sistema capitalista a plenitud. Más bien consolidó el sistema feudal.  El hostigamiento mismo contra la Iglesia no llegó a surtir los efectos previstos de beneficio colectivo, pues, por una parte, los bienes expropiados a aquélla enriquecieron a los nuevos miembros de la aristocracia, y por otra, las familias poderosas no dejaron de estar influidas por el pensamiento eclesiástico.

Quizá convendría delimitar, en todo caso, cuatro etapas en el desarrollo libre, a fin de situar los hechos en su verdadera dimensión.  Una primera etapa es la de la lucha armada y la divulgación ideológica.  Se inicia con la rebelión de Serapio Cruz y finalizada con el triunfo de las fuerzas de Justo Rufino Barrios, el 30 de junio de 1871.  Una segunda etapa es la más fecunda y, pese a lo atrabiliario y despótico de Barrios, la más auténtica.  Va de 1873 a la muerte del caudillo en 1885.  La cuarta etapa es de la corrupción.  Comienza con la muerte de Barrios y se prolonga hasta 1944.

Dado que, según se ha visto, la base social no sufrió alteraciones fundamentales, no puede pensarse en una literatura “nueva”, identificad con el proceso de cambios operados bajo la mano férrea de Barrios.  Puede hablarse, sí, de los condicionamientos de la obra literaria generada por las nuevas circunstancias sociales, así como de las repercusiones de la Reforma Liberal, sobre el proceso productivo de los literatos.

Cabe precisar, primeramente, que lo que hoy llamaríamos la “política cultural” del gobierno de Barrios no incluía una preeminencia para las letras ni un sustancial apoyo para los escritores, lo cual resulta por demás coherente con el espíritu positivista que presidió a la Reforma Liberal.  Para ésta, el énfasis debía otorgarse a estudios como la ingeniería o las artes manuales, así como a la difusión de las primeras letras.  Establecida esta prioridad, la literatura aparece inscrita dentro de un proceso de impulso a la cultura y las artes, concebidas más como objeto de estudio, que como proceso de creación.  En otras palabras, aun cuando se reconocía el valor de las letras, se pensaba en ellas más como textos que deberían incluirse en la formación del ciudadano, que como actividades estética y creadora.  De ahí el énfasis en la importación de obras de los grandes autores europeos, lo cual es también muy coherente con la política de imitación de lo europeo que prevaleció en los años de la Reforma y durante mucho tiempo después.  La acogida favorable otorgada a escritores como José Martí no provenía de u índole de escritor, sino de su condición política e ideológica.

Por otra parte, resalta la condición de hombre literariamente cultivados que poseían numerosos dirigentes de la Reforma, así como la afición y/o vocación creadora de varios de ellos.  Verbigracia Salazar, Montúfar, el padre Arroyo, Francisco Lainfiesta.  Pero éstos hombres era, antes que literatos, políticos militantes, y sus mejores afanes se traducen en la promoción de la Reforma, cuya defensa es intención dominante en muchos de sus escritos.  Estos textos, a su vez, asumen mayoritariamente un carácter histórico o doctrinario antes que literario en sentido estricto.

Francisco Albizurez Palma

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