Posteado por: diariodelgallo | agosto 21, 2010

LA MANZANA DE LA DISCORDIA de Enrique Noriega

Rodolfo Arévalo/Diario de CentroAmérica

El interés de la poesía es querer decirlo todo. Ya esto la adentra en regiones de la imposibilidad y,  muy parecido al delirium tremens, nos hace ver universos en el olor de hojas secas mojadas o en una punta de falda que cruza veloz la esquina. También los encuentra en los ojos, en los cabellos, en los adioses, que son infinitos, en los encuentros que también son incontables y en las milicias de lo cotidiano que nos invaden continuamente. El poema es una puerta cerrada. Quien tiene la llave puede abrirla y … nadie sabe qué pasará. Por eso la vocación del poema es ser leído y después tirarlo a la basura. Así el encuentro con el infinito no se turbará y nos quedará la sensación de haber conocido algo de lo desconocido y que sigue igual, solo nos provoca.

Hace unos días, de la Tipografía Nacional, que tiene el lema de que cada 20 ó 25 días hay un libro nuevo, salió una antología de los poetas de los años 30 que Enrique Noriega tituló, a sabiendas de un conflicto que solo él conoce en su divagar sobrio, La manzana de la discordia. Por un lado nos tira a la leyenda griega, cargada de los erotismos de una manzana entre París y Afrodita, y, por el otro el conflicto de la guerra entre disímiles ideologías. Las historias se parecen. Alguien quiere la manzana y por eso ofrece, castiga, injuria  y mata. El resultado final, en sendas historias, fueron miles de vidas y una simple decisión aventurera, de esas en que solo la idiocia es experta. La mayoría  muere por su causa, sin proponer nada más que seguir como el viejo refrán que dice: “Al mal tiempo, buena cara”.

La antología de Noriega nos muestra una docena de poetas, excelentes poetas, que no leemos. Algunos de ellos ni siquiera publicaron un libro, pero la bondad de las grandes paginonas de El Imparcial nos los trajo de vuelta. Allí están desconocidos poemas de Muñoz Meany, de Hernández Cobos, de Raúl Laparra, de Luz Valle, de Mirón Álvarez y algunas voces más conocidas como Francisco Méndez y Marsicovétere y Durán y otros.

En la lectura también aparece Jacques Derrida, al que propuse como una indagación de un verso de Paul Celan y que pudiera encerrar todo este poemario como un título. El verso confronta los problemas del poema y la vida frente a la inmensidad de lo desconocido y dice: “El mundo se ha ido, yo tengo que llevarte”. (La traducción es tomada del libro del Paul Celan, del poema Cambio de aliento de sus obras completas, por Trotta, Madrid, 2000).

En este caso es la muerte la que habla y nos tiene que llevar a uno por uno porque el mundo ha terminado, o es al revés y el mundo humano ha terminando y está habitado por lo desconocido (la ignorancia), y entonces nos arrancan con amor a una lugar más conspicuo, menos letal. La utopía que siempre perseguimos. Afortunadamente o desafortunadamente, aquí el calificativo poco importa. Lo cierto es que es un mundo que es desgarrado y arrancado de su natural conveniencia y llama a un cambio. Nos quedemos o nos vayamos con la promesa del
más allá.

Ninguno quedó sin sentirlo, todos lo intentaron entender, localizar entre sus universos imaginarios y nadie lo ha conseguido todavía. Dice Balsells Rivera:

…El viento se ha suspendido
en la torres municipales
Nadie habla.
Ni canta.
Ni solloza. ( Página 74).

Y este otro de Óscar Mirón
Álvarez:

Hasta ahora,
que una racha asesina aquiere arrancarte de mis manos
comprendo el universo que me da tu sonrisa.

¡Hijo mío! (Página 59).

Este, de Luz Valle, mujer entre las negruras de una época hostil y extraña:

Yo fui la quita esposa
del señor Barba Azul…
Estoy viendo en la sombra
mi cabecita muerta,
mi cabecita cortada
Que pende del muro…

Yo, como las esposas
Del señor Barba Azul
Tuve el leve delito
De mi curiosidad.

Y César Brañas, que cobijó cuanta creación se hacía, dice también en esos momentos en el mundo es ido y necesitamos irnos:

Van delante de mí sombríos pasos,
Pasos sin sueño y voces no emitidas

En los espejos de la distancia
Mis pies resbalan taciturnos y miopes,
Caídos de un sediento mundo
Escapado de las manos de Dios. (Página 181).

Y sí podemos ir encontrando esa búsqueda del asidero que en la despedida de Hans-Georg Gadamer hace Derrida, el filósofo de las desinencias y las aporías en la filosofía. Dice Enrique Noriega que, mientras las generaciones del 20 y del 40 hicieron su tema central el quehacer político, la generación del 30 quedó escondida, enmudecida. Y quizá sea cierto. Lo que pasa es que es una poesía mas burguesa, personal. Pero también en ella llega el fusilazo y la metralla que están acabando con el mundo conocido. También ellos se encuentran en medio de ese poema de Celan que lo deconstruye todo: “Die Welt ist fort, Ich muss Dich tragen” [El mundo se ha ido, yo tengo que llevarte].

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