Posteado por: diariodelgallo | agosto 30, 2010

AL ESTE DE LA FLORA APACIBLE de Mario Payeras

Por Rafael Gutiérrez / El periodico

Se edita al fin “Al este de la flora apacible”, la última aventura narrativa de Mario Payeras, cuyo manuscrito trabajó hasta el final de sus días el 16 de enero de 1995. “Novela a un tiempo épica y poética, extraída del ramal mismo del mundo indígena kanjobal, compleja, fascinante”, como la califica el escritor Rafael Gutiérrez.

Indudablemente el escritor y revolucionario, Mario Payeras, constituye hoy una de las voces más lúcidas e importantes tanto en el ámbito de la literatura de ficción como de la reflexión  ensayística. Múltiple, poroso y dúctil, al momento de su muerte, acaecida el 16 de enero de 1995, deja un legado invaluable dentro de la tradición literaria guatemalteca. Obras tales como Los días de la selva, El trueno en la ciudad, El mundo como flor y como invento, Los fusiles de octubre son esenciales tanto para el conocimiento de nuestra convulsa realidad histórica como para la incursión en un ámbito ahíto de imaginación poética y hondura humana. Si bien destinó la mayor parte de su vida a la lucha revolucionaria—tanto como combatiente como ideólogo—no fue sino al producirse el repliegue de las organizaciones político-militares, cuando irá retomando y sedimentando el desarrollo de los manuscritos, apuntes y notas escritos en el fragor de la lucha  y  observación acuciosa en las espesuras de la selva y la montaña. Otras, desde luego, se escribirán y publicarán, como es el caso de Los días de la selva, obra testimonial que le valiera, en 1981, el premio Casa de las Américas y El trueno en la ciudad, publicada en 1987. Así, una parte de su obra fue publicada en vida del autor y traducida, además, a varios idiomas.

A diferencia de muchos autores militantes, y según la añeja concepción recogida por Mario Benedetti—recientemente fallecido— en su libro Poesía trunca, donde los poetas muertos en combate dejan tras de sí una obra inacabada y en proceso de maduración estética y existencial, Payeras acomete en México una acelerada producción intelectual en medio todavía de una vida clandestina no exenta de privaciones y minada por afecciones periódicas. Es justamente en este clima cuyo tiempo y espacio será ya otra batalla librada contra el agotamiento y los quebrantos, cuando Payeras finalizará Al este de la flora apacible, su novela póstuma. “Comencé a escribir esta historia—dice en su nota de autor en 1994— en agosto de 1990, en el poblado zoque de Copoya, en Chiapas, México. Me vi forzado a redactar ocho copias. A lo largo del continuado ejercicio mi cuerpo se resintió y cada año más o menos sufrí enfermedades. Como animal, la novela devoraba mi materia y colmaba de mundos mi imaginación”. Novela a un tiempo épica y poética, extraída del ramal mismo del mundo indígena kanjobal, compleja, fascinante. Mario Payeras emprende al margen de las formas del narrar al uso, librado a su propio rigor expresivo e inventivo, transitando su ruta histórica y subjetiva, uno de los esfuerzos novelísticos más personales dentro de su producción literaria.

Apenas nos adentramos en la atmósfera novelística de Al este de la flor apacible nos vemos de tajo frente a una realidad que si bien aparece y reaparece a lo largo del desarrollo de nuestra tradición narrativa (Hombres de maíz, Entre la piedra y la cruz, El tiempo principia en Xibalbá y otras) hay en su intencionalidad, visión y modo de narrar algo que altera y desvía una manera, una estrategia no habitual en las modalidades consagradas.

Acaso el primer rasgo proceda, por decirlo de alguna manera, de la enorme masa narrativa que desplaza y relata. Bajo el aura de la magia y la poesía, la imantación y el encantamiento, entendidos desde luego como práctica de escritura, se evocan y convocan muchedumbres de seres y cosas. No sólo la constante descripción minuciosa, sabia y esplendente del comportamiento animal y vegetal a la cual nos tiene acostumbrados Payeras—no hay mejor ojo avizor y telúrico en nuestra narrativa en la captación de este ámbito— sino también la importancia decisiva que cumplen las plantas y los animales en el destino de los personajes. Y, sí, desde luego, hay personajes, y muchos, que aquí son más colectividades, linajes, y hay también una realidad colonial asible a través de motines de indios pero asimismo enfrentamientos ancestrales por la posesión de un venado y hay vivos pero también hay muertos que se entrecruzan e interactúan porque la huella, la presencia, el infortunio y felicidad de unos y otros, en el mundo físico y tangible como en el inframundo, sólo alcanza su lógica y consumación mediante su permanente y armoniosa existencia. No el fantasmal, lacónico, desértico y hasta erótico páramo rulfiano sino la palabra exuberante que, como hongo, agua que mana,  humus, procede de la peculiar cosmogonía maya.

Y cosa inusual, casi como argumental hilo conductor, está el destierro, el peregrinaje de Diego y Xunik, hijo y padre (y acaso los personajes si  no  protagónicos sí más visibles) en búsqueda del perdón, de la expiación cometida por éste al fornicar con su hermana Matal. Y luego, entreverados de un modo recurrente y simbiótico, están los vocablos y frases procedentes de distintas etnias, kanjobal, chuj, lacandón, itzaj que, tal como lo expresa Payeras, acopió de Yakin Kuxin, hijo del pueblo kanjobal y que llevó a Yolanda Colom, ex compañera de Mario, a una ardua y dilatada tarea de traducción.

Es ésta, cabe reiterarlo, una aventura novelística declaradamente ambiciosa y singular, no apta, claro está, para lectores—público consumidor, para ser más precisos—acostumbrados como lo están, a fuerza de marketing y estupidez, a noveletas o novelitas con tramas y páginas merecidamente desechables.

Payeriano como soy, sin mitificaciones ni desmesuras, he esperado largamente esta novela. Es éste, creo, el último manuscrito inédito de Mario Payeras. Como los pájaros de su Chilabasún constelado, “que viajan hacia latitudes más propicias para la consumación de los ciclos del fruto”, espero que su pluma repose finalmente en paz de los afanes por dotar a este mundo no sólo de una explicación racionalmente justa e igualitaria sino por la resonancia de su hermosura creativa.

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Responses

  1. Sin par…exquisito, fenomenal. También soy payerano. Los grandes mueren en el silencio y olvido hasta que vuelven a la vida a través de lo que visualizaron, idearon, lucharon y escribieron. Bienvenido escrito póstumo


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