Posteado por: diariodelgallo | septiembre 9, 2010

LA HISTORIA DE UN ERMITAÑO MODERNO Y LAICO de Mariano Cantoral

Amaneces extrañamente cansado, percibes que desde un sartén desvencijado se desprenden los olores producidos por los residuos de la carne blanda en aceite que cenaste, en grandes cantidades, anoche.

La comiste viendo noticias nacionales, ni siquiera internacionales, y desde luego que te aburrió su monotonía trágica, y por eso quedaste dormido, y caíste en un sopor tan tremendo, que dicho sea de paso, la televisión, quedó prendida, así que lo primero que haces es apagarla intempestivamente, porque si no luego renegarás, como siempre, de la elevada factura de la luz, luz que ya no quieres, luz que te estorba, pero que ha venido a paliar tus días apagados, y por eso no has solicitado la cancelación del contrato que firmaste con la empresa eléctrica.

No quieres comer porque como ya dijimos, comiste demasiado anoche, estás consciente de que hubo demasiada gula de por medio, fruto del estrés de la soledad, tal como dirían los especialistas al analizar tu caso, pero sabes que es fruto de la apatía que has adquirido con el transcurrir de los días.

Luego te levantas, te diriges directamente a la refrigeradora y tomas un jugo en caja de Néctar de alguna fruta dulce, te lanzas de espaldas al sillón, y empiezas a realizar un inventario mental de los intrascendentes acontecimientos de los últimos días dentro del recinto hermético donde habitas, con esos resultados realizas los correspondientes balances espirituales, tu matemática cerebral es más perfecta que la numérica, y vas entrando en un trance magnífico que termina por adormecerte y hacerte quedar, de nuevo, dormido, durante tres horas exactas.


Despiertas, de nuevo, cansado, tomas un libro de poesía que está justo a la par del sillón, en la mesa de centro, y lo lees, es la tercer vez en tu vida que lo lees, leer poesía es para ti, un acto de supervivencia, que en nada tiene que envidiarle, en ese sentido, al agua que encuentra un extraviado en el desierto.

Terminas de leer el libro, porque además, leer poesía es para ti,  tan normal como las actividades involuntarias que realiza el cuerpo humano en pro de su correcto funcionamiento, y por eso lo haces sin sobresaltos ni agitaciones.

Decides, en medio del desasosiego, encender la computadora, escuchas dos canciones motivacionales que recién te envió una amiga lejana que no conoces, revisas fotos de tu ex novia de aquellos tiempos cuando decir sociedad te parecía algo loable, te metes a foros insubstanciales a comentar temas de los cuales ignoras todo completamente, y saltas de una red social a otra esperando que fenezca el día y que algo salga bien, en medio del brutal aislamiento.

La noche cae, sacas lentamente la cabeza por la puerta principal y única, que hace mucho hubieras sellado con un material inalterable de no ser porque religiosamente el último día del mes, debes atravesarla para salir a realizar todos los pagos por los servicios de la casa: luz, Internet, agua, teléfono (que jamás usas pero que debes pagar por cargos fijos), el cable, la suscripción al diario (suscripción que adquiriste porque la empresa te ofreció a guisa de oferta una botella de vino añejo), y logras atisbar todos los periódicos acumulados del último mes, los cuales no has querido recoger, pero mañana deberás hacerlo por rutina, antes de que colapse el espacio donde yacen esparcidos.

No puedes explicarte por qué no te atreves a mandar al carajo de una vez por todas a todo lo que te obliga a salir de tu refugio de cemento, abrigo que elegiste voluntariamente, y que a pesar de que a veces te causa cierto desasosiego, consideras mejor opción que salir a darle rienda suelta a una retahíla de responsabilidades remuneradas.

Decía que no puedes explicarte por qué no te atreves a mandar al carajo de una vez por todas a todo lo que te obliga a salir de tu refugio, es decir, los servicios de la casa y la comida que te nutre, misma que aprovechas a comprar en un supermercado de poca monta y con poca afluencia, el día que sales a realizar dichos pagos, exactamente, provisiones para un mes.

Piensas que la comida no puedes abandonarla, y estás en lo correcto, porque de lo contrario palmarías de inanición solitaria (un nuevo tipo de desnutrición), y no quieres palmar, sólo quieres gozar de tu aislamiento, sin estorbos ni obstáculos.

Por otro lado, abandonar los servicios, no te representaría ningún problema, porque tienes suficientes libros de poesía que has adquirido a lo largo de tu vida, sobre todo en las épocas previas a elegir la faena de convertirte en un eremita en una ciudad tan bulliciosa, mismos que sustituirían perfectamente la realidad virtual y artificial donde navegas por una más bien vital.

Eliges esa opción, esa idea, llamas a todas las oficinas respectivas, solicitando la cancelación de todos los servicios, algunos de ellos pueden ser cancelados inmediatamente, previo un pago en concepto de amonestación, otros, sin embargo, deberán esperar el cumplimiento del plazo contractual, para que la cancelación surta efectos.

Te enteras de que ahora existe el servicio de comida a domicilio, así que tampoco deberás salir a comprar comida mes a mes como antes, todas las piezas de tu rompecabezas empieza a encajar perfectamente. Los objetivos planificados empiezan a erogar resultados y a brindar respuestas, no siempre claras.

Sólo queda un inconveniente, imaginas que llegará el día en que los ahorros monetarios que resguardas bajo el colchón de tu cama, menguarán. Te arrepientes de no haber trabajado algunos años más en esa bodega de mala muerte, para obtener ahorros más elevados y poder extender más o asegurar en definitiva el asilamiento, te arrepientes por no haber confiado tus fondos a una institución financiera y haber ganado intereses, te arrepientes de haber elegido, quizá prematuramente, convertirte en un eremita, en estas épocas tan convulsas y tan humanas.

Mariano Cantoral, Guatemala 2010

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Responses

  1. QUÉ TEXTO TAN INTERESANTE. ESTE PATOJO TIENE UN GRAN FUTURO, LO HE LEÍDO EN VARIAS OCASIONES.


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