Posteado por: diariodelgallo | septiembre 15, 2010

LA SOLTERONA CANSADA DEL VACÍO de Carlos Martínez Durán

La solterona cansada del vacío
“Realidad y ensueño del peregrino”, libro de Carlos Martínez Durán, publicado por la Editorial Universitaria. FOTO LA HORA: ARCHIVO

Diario La Hora.

Tres años de graduado como médico tenía, y por azar conocí muy de cerca el caso de la solterona cansada del vacío.

Había sorda y secreta guerra entre los médicos anticuados o pasados de moda y los nuevos armados de toda la técnica moderna.

Con toda la carga de la modernidad, muchos jóvenes no conocían lo que la intimidad femenina y las circunstancias conflictivas que enmascaran la verdad morbosa. Asistencia médica a la antigua, es decir: Ad sistentia, acompañamiento largo y amoroso, no era necesario cuando se tenían todas la máquinas y los aparatos que no fallan. Y una asistencia larga y amorosa, dicho ahora con picardía en nada convenía a la solterona cansada del vacío, recatólica y reprimida, de esas que no permiten ni el acercarse de los médicos indiscretos que todo lo hurgan y lo miran.

Bien sabía en mis primeras intentonas de prácticas médicas, lo que vale “la casta observación”, el claro razonar y la llegada a lo profundo de las causas naturales y no naturales de la enfermedad. Aquel Rebus naturalibus y Rebus non naturalibus que tanto obligaba a los galenos en tesarios de los siglos XVI y XVIII.

El médico de la solterona era de lo más nuevo llegado de Nueva York o de cualquier hospital con aires de rascacielo. la vieja estaba con una profunda anemia y a mí me tocaba quincenalmente hacer los más rigurosos exámenes hematológicos. Todo tratamiento era inútil, pues la enferma de peor en peor, casi se moría. El médico hablaba poco, todo era el laboratorio y las pruebas más complejas, menos la mano y la intuición que podían acabar con la anemia. ¿Problemas psicológicos? Ciencia infusa buena para los que todavía creen en las cosas espirituales. El caso se ponía ya los crespones de la muerte, y un día, sin miedos ni limitaciones le dije al moderno de los rascacielos, que se rascara la malicia y disparara el buen humor hacia la secreta sospecha, es decir hacia las profundidades de la solterona.

Le recordé al ginecólogo peruano, Carvallo, quien en presencia de las solteronas, vírgenes completas o a medias, afirmaba que el útero tiene horror al vacío, y en su desesperación natural se llena de muchas cosas no naturales. la fofa señorita otoñal no permitió que el joven venido de Nueva York buscara la luz con las manos en la oscura casita bien guardada, pero algo confesó sobre las siempre pudendas y vergonzosas partes, desde que Eva probó la sabiduría y Adán la manzana.

Se buscó al más viejo, honrado y seguro ginecólogo, a quien no le fue difícil encontrar el secreto de las primeras causas de los últimos efectos.

Aquel pobre útero que supo llorar en un tiempo lejano con las lunas, tuvo horro al vacío y se pobló de seres tumorales nacarados.

No eran ya los tiempos de aquellos “Fierros” madrileños que tan bien curaban a las jóvenes anémicas, si hemos de creer al gran Lope de Vega. No eran ya saludables los baños ferrosos y las citas crepusculares, pues los herrumbres de la dama no lo permitían. Y el único “fierro” fue el hábil del cirujano, pues dejó a la solterona con todos sus haberes castos, menos el órgano de las culpas y de los horrores del vacío.

En pocos días toda la enfermedad salió volando, no sin improperios de la curada por las caras e inútiles medicinas y las cuentas del joven médico más altas que aquellos rascacielos de donde venía.

Como en los cuentos de niños, la solterona vivió muchos y felices años, sin desmayos ni anemias. Comenzó una nueva vida de chismes de sacristía, vestía y desvestía santos y santas. Y se murió de vieja. Se la llevó la cigüeña, con sus castos haberes, derechita al cielo, después de haber aterrizado con presteza en un hogar lujoso, donde sin pompa alguna, llegaba un niño “natural” de esos “naturales” hechos a la medida del tiempo, con velocidad de cohete lunar, con toda la alegría de haber burlado los cálculos de las más precisas máquinas electrónicas.

Con toda picardía dejo aquí un ayer de solteronas puras, y un presente natural en el más romántico de los plenilunios.

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