Posteado por: diariodelgallo | septiembre 15, 2010

REALIDAD Y ENSUEÑO DEL PEREGRINO de Carlos Martínez Durán

Diario Siglo XXI

Este fragmento pertenece al capítulo Los números y los nombres de la castigada y adulona Guatemala de la asunción, de la obra Realidad y ensueño del peregrino, escrita por Carlos Martínez Durán y publicada por Editorial Universitaria (editorial.usac.edu.gt).

En invierno todas las calles eran avenidas, y no anchas y con árboles en sus orillas, a la moda de París, sino legítimos y caudalosos ríos de lodosas aguas, bautizados con el nombre de “avenidas”, no por el ingenio chapín, sino desde los tiempos del Rey Don Alfonso el Sabio. Aquellas avenidas tenían puentecitos de juguete para los escolares bien rafraditos, o bien tres grandes puentes de tablas como los de la calle trece, uno de ellos, llamado por añadidura de “chispas”, no por las aguas ni por las chispeantes mujeres, sino por las mulas, rieles y tranvías.

En 1877, en plena reforma liberal, los munícipes decidieron cambiar toda la nomenclatura de la ciudad, sacaron de sus arcas dos mil quinientos pesos y celebraron contrato con don Napoleón del Corona. No sabemos quién fue este señor del curioso nombre, pero el abrupto y radical cambio levantó los ánimos populares, dignos de mejores causas. La Sociedad Económica protestó en su periódico, pues sin instrucciones previas más de la mitad de las calles se transformaron en avenidas. Tampoco les gustó el nombre, contrario a nuestra lengua y hasta al galicismo. Hizo ver que los añejos nombres no cederían, como hoy todavía lo vemos al cabo de un centenario. Sin embargo, pudieron más los liberales garrotazos del alcalde y todo se consumó; menos, desde luego, las lodosas avenidas y los puentes, que siguieron arrastrándolo todo sin cambio de los adulones y de los orejas, para quienes no existía la radical reforma de las nomenclaturas.

Nada picaresco hubo en la 12 calle, bautizada con el feliz nombre de Calle de la Armonía desde 1868, y antes, de La Fortuna. La armonía era de hombres e instrumentos, pues en escasas cinco cuadras habitaban don Víctor Rosales, organista de Catedral y Presidente Organizador de la Sociedad Filarmónica; don Benedicto Sáenz, insigne músico, muerto durante la epidemia de cólera de 1857, y don Anselmo, del mismo apellido, que vendía música nueva para todo instrumento, especialmente la de bailes y a los precios más baratos que hasta entonces conocieron nuestros antepasados melómanos.

Los callejones con o sin salida eran bien mañosos y propensos, eso sí, a todas las picardías que no podían alojarse en las calles y avenidas. Oscuros, orillados, podían favorecer al regustado caudal de todos los pecados. Yo no peco ni de exagerado ni de pícaro, pues un callejón con sus nombres lo decía a lengua suelta. Se llamó primero de Las Pescadoras y luego de La Aurora, no lejos de las “chispas” y topando con la 10a. avenida y entre belemitas varones y mujeres. En el apartado callejón vendían pescado seco, y las venteras hacían “su agosto” en plena cuaresma. El cambio a La Aurora fue natural, lógico y disimulado. El oriente sí ponía dedos rosados en las pocas casas y ventas, y en una de ellas, la que se llamó Aurora, al callejón dio su nombre una patrona de mejores ventas que cambió el pescado seco por lobas jugosas. La Aurora era de lupanar, y no sólo para el ayuno de la cuaresma, sino para la glotonería cotidiana y la lujuria sabatina o dominical. Todos fueron pescadores. Poco importaba saber si eran liberales o conservadores; la patrona y las niñitas únicamente podrían afirmarlo. Liberales en el dar y en el recibir, conservados hasta la aurora, empero un feliz mercado común, sin fronteras ni guerras ni sectarismos. Pobre aurora, pobre pesquería, que hoy vives en una calle 13 A, por la poca gracia de los concejales del número y de la moral.

Siempre cerca de las Belemitas de hoy, también exentas de pecado, había otro callejón Variedades o de Las Variedades. Es decir, de las ventas bien variadas para el gustoso paladar. Hoy lo hubiéramos llamado de Las boquitas. Y bien podría seguir con los dos nombres pues topa con el muy normal instituto de mujeres. Y vaya que hay “variedades” en el mujerío, para todo paladar.

No citamos a los callejos del Colegio y del Manchén, pues santos son, como el de La Soledad; sus nombres se unen a las iglesias de donde arrancan.

De Las Variedades y Las Pescadoras, para todos los gustos, se podía pasar a La Llorona y terminar con todos los pecados el acto de rigurosa contrición.

En el poniente los callejones eran menos oscuros y pecaminosos. De Los huérfanos o huérfanas ya hemos hablado en otras picardías de los mayores, y en cuanto al de Las Maravillas, con su plazoleta todavía conservada, era para el amanecer de los carboneros y para las ventas de encino calcinado, como le llamaban unas célebres maestras de atildado decir. Aborigen de las selvas remotas llamaban a nuestro indio. Y ellas, que eran una maravilla en cultura tenían mucho de pino y de monte. Yo alcancé todavía a ver Las Maravillas (Mirabais Jalapa) tendidas en los sitios abandonados del callejón y de la plazoleta. Corolas blancas y rojas con el destino triste de crecer en el abandono y entre los escombros. De Las maravillas pasábamos a Escuintlilla. Sólo los abuelos conocieron ese sitio, claro, lleno de frutas de Escuintla. Estaba opuesto al Amatitlancito, hoy Escuela de Medicina, donde crecían los frutales propios de Amatitlán. Entre aborígenes con encina calcinada, maravillas y frutales, nada malo podía acontecer. Apenas talvez hurtos en los cercados ajenos y algún muelle lecho vegetal de maravillas para secretos de mengala aburrida.

Toda picaresca termina a menudo con mujer. Y así, cerramos el cuadro, o la escena, entre lo sagrado y lo profano: el callejón de La Monja, allí en la 7a. calle Poniente, todavía espanta a más de un liberal y todavía pueden salir a relucir los hábitos en fechas centenarias. Puede haber tenido “salero” la monjita o las monjitas del monasterio, pero la sal verdadera les cayó a los liberales que liberalmente holgaron en esos sitios y de tanto holgar, se quedaron propietarios.

Liberal y conservadora era la barriada de las Túnchez. Cuánta pena nos da no encontrar en ella a doña Luz Castro de Ramírez, Tunche, y acabar toda la picaresca bebiéndonos una sabrosa chicha. Tiempos que no volverán, pues hoy, alcaldes y concejales, en buen ayuntamiento, olvidados de la chicha y de las lozas vidriadas de los nombres de las calles, en nombre del mercado común y de lo forastero y venenoso, beberán una Coca Cola en honor de esa pobre muerta que se llamó la vieja Guatemala de la Asu

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