Posteado por: diariodelgallo | septiembre 21, 2010

DIARIOS DE APRENDICES DE CÉSAR BRAÑAS (Artículo Catalina Barrios)

Catalina Barrios/ Prensa Libre

La Biblioteca César Brañas de la Universidad de San Carlos de Guatemala me envió la obra titulada DIARIOS DE APRENDICES, editada por Alexander Sequén-Mónchez, en Magna Terra (Abril 2009). La publicación de este libro fue posible gracias al apoyo del Fondo Editorial de Fundación Soros Guatemala. Contienen 333 páginas, con las fotografías, de César Brañas y Alexander Sequén-Mónchez. La imagen de la portada corresponde al archivo de la Biblioteca Brañas, así como otras en páginas interiores.
Se inicia la otra con un estudio introducido de A. Sequén-Mónchez, bien documentada, aunque algunos puntos de vista serían discutibles. Sequén- Mónchez me menciona por mi correspondencia sostenida con César Brañas donde me pedía que olvidara los Aprendices porque, para él eran, “cosas o quisicosas”, aunque el autor del estudio introductoria Sequén- Mónchez asegura ver en los diarios pluralidad de técnicas donde caben la ocurrencia, el perfil reflexivo, la bufonada.

En verdad sostuve conversaciones con César Brañas, allá en su oficina de El Imparcial, desde donde publicaba su página literaria y apoyaba a los escritores jóvenes con sus consejos oportunos, su gran amabilidad de caballero y delicadeza en su trato.

Personalmente dijo que César Brañas, para mí, fue un gran maestro a quien le debo mucho de aquí mi agradecimiento de por vida. Brañas me puso en el camino de las letras, a partir de una carta mía que le apareció poética, me impulsó a estudiar y me estimuló con la publicación de mis versos y narraciones.

Con Brañas conversamos por escrito, él padecía de sordera a una gran infección en el oído, según me confió. Era dueño de la amistad de la intelectualidad guatemalteca, lo dice el gran número de condolencias publicadas en El Imparcial el día de su muerte. Y su nombre sigue vigente en quienes tuvimos el honor de conocerlo.

La última vez que lo vi fue el primero de enero de 1976, año de su muerte. Nos reunimos en su casa con una sobrina de él y brindamos por el porvenir. Este año, exclamó, no sé que me tenga preocupado a mí, pero ustedes tienen mucha vida todavía. Lo dijo con tristeza como si algún presentimiento lo invadiera. Supe de su muerte después del terremoto (22 febrero 1976). Sus amigos acompañamos su féretro hacia Antigua Guatemala y en el cementerio un poeta dijo: “Después de la muerte de mi padre, sólo la de César me duele igual”.

Una tarde, hablando con Brañas de los grandes de nuestra literatura me confió: “He sabido colocarme en el lugar que me corresponde, no soy universitario como Miguel Ángel Asturias, no tengo premios internacionales, no he publicado en el extranjero, no creo ser novelista, amo la poesía y en la obra por mí escrita quedan recodos que mis biógrafos, si los hay, tendrán que describir no sin dificultad”.

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