Posteado por: diariodelgallo | octubre 13, 2010

BREVE TRATADO POÉTICO SOBRE LA NOCHE (Prosa poética) por Mariano Cantoral

La noche siempre trae cosas nuevas. Uno se transforma. El entorno cambia. Todo parece diferente. Alma, cuerpo y espíritu se funden en una entidad corpórea, que transpira sutilezas. Estas palabras no sabrán igual cuando amanezca. La noche deja ver sus astros en el cielo. Nos sentimos seres diminutos, eso somos, gigantes maltrechos, a veces tristes, a veces felices. La noche, llegar con los libros bajo el brazo, después de solventar compromisos no siempre remunerados. Suspirar por lo hecho y por lo dejado de hacer. La noche es un teléfono celular que ya no suena igual, porque se quedó sin el saldo que es su espíritu. No podría escribir esto mañana, ni entenderlo, habrá sol, y quizá una nueva tempestad acechante. La luz con el viento no provocan reacciones deseables, que quede claro. Quizá seamos sólo miedo, o miedos solos. Mañana. La noche es esto, es esto y no es nada, pero puede serlo todo. Comerse algo que provoque un éxtasis estomacal. Abrir fólderes insensatamente. Ojear los libros que nos rodean. Recordar banalidades cotidianas. Prender la tele o quizá mejor un cigarrillo. Servirse un vino. La noche es una revolución de la naturaleza. La noche es una deidad que lo cubre todo y no deja nada al descubierto, sólo su grandeza. La noche es una veladora barata. Una fotografía deslustrada pero bella. Esto es la noche. La noche me impide lastimar. ¿Publicar?, solo es necesario publicar nuestras huellas a donde vayamos. Sí, esta noche es como un dulce, es como un duende. No sé. Veo a mi perro, ahí acostado. Lo acaricio y me observa con sincero afecto. Le sonrío. Él me sonríe. Un par de cucarachas me sacan del estado hipnótico. Mi perro es un resumen de vida. La vida es un resumen de otras tantas cosas que olvidamos. Las flores llenas de rocío, navegan el jardín que ya no tengo, porque no sé quién le echó cemento encima, por razones que aún no comprendo. El rocío, el mismo rocío del cual siempre me cuidé cuando niño por las noches, porque según mi abuela me podía dar una gripe terrible, casi la imaginaba incurable. O el aire, o el viento o el silencio inherente a la noche, hay miles de opciones y podemos elegirlas a todas, no como en un examen académico. En la noche las teorías de cualquier materia valen lo que vale lo obtuso de las horas. Un minuto. Respirar.

Salir corriendo. Imaginarnos ventrílocuos sin títeres qué manejar. El mar nos esperará en algún lado. La mitología y el mareo, también. Las bebidas espirituosas y otras tantas cosas. Pero de eso se trata la noche. La noche inmensa. La noche pequeña. La noche que vale tanto como los recursos naturales que aquí devoramos por montones sin remordimiento. Alguien me dijo que las industrias trabajan las veinticuatro horas. Así pues, desde esas premisas, en estos momentos habrá infinidad de obreros vendiendo su fuerza de trabajo por un precio de subsistencia, mientras los dueños de las máquinas estarán cómodamente acostados tras una pantalla descomunal, apreciando su soledad en tercera dimensión. Pero estaba con la noche. La noche trae pensamientos benévolos y perversos. La noche es una canción sin precio, ni autor ni registro vocal. La noche es un contrato temporal con la existencia. Una obligación que gustosamente cumplimos. Un negocio no lucrativo que deja ganancias espirituales. La noche no es cualquier cosa. Veo a todos lados, tratando de esconderme de la noche, y ni el techo de mi casa lo permite. ¿Cuántos niños dormirán bajo el cielo de la noche? ¿Cuántos adultos también lo harán? En mi pared hay algunos diplomas, cada uno de ellos me retrotrae a momentos hermosos. Y aclaro que no me gustan los premios. Pero algo hay en ellos que los hace especiales. No sé. La noche es una cerveza infinita, que no emborracha sino embriaga. Un boulevard de recuerdos, melancolías y nostalgias que regresarán mañana, a acecharnos con sus iluminadas maneras de adorar. Soy un humano común y corriente, uno que a veces va a los centros comerciales, a los bancos y a los tugurios. Uno que chatea con personas desconocidas. Uno que habla de cosas futuras que ya han pasado. Uno que tiembla por un ser humano. Que escribe los poemas que otros sienten. Que bebe café incesantemente. Que en los años nuevos bebe vinos infinitos. Un te de tilo está sobre mi escritorio esta noche. Reviso estados de Facebook. Es un pasatiempo que también es permitido por las noches. La noche. Ah, la noche. La noche es una mezcolanza de pensamientos, sentimientos y deseos. Oír música, cantar para los adentros. Imaginar mariposas sobrevolándome. Recordar a los amigos que se fueron. Y los que están lejos. Y los que dejé por alguna razón. Y las borracheras. Y los deportes. Y los noticieros. Y los periódicos. Y los poetas. Y las monedas fugaces. Como todo, fugaz como todo. La noche es mi mujer. La noche es ese amor insaciable. El libro imperecedero. El poema que jamás acabaré. La empresa más oscura y linda de la vida. Sos vos. Soy yo. La noche es la máxima expresión de la dialéctica. La síntesis entre la madrugada y el resto del día, antes de que anochezca, y las jornadas nos liberen. La noche es un sueño que forzosamente veremos cumplido. Para justicia y necesidad de nuestro ser. O como dijo un poeta anónimo: “en las alboradas trovadorescas el autor enamorado se lamenta de la llegada del nuevo día”. De: Poesía prosaica (Inédito).

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