Posteado por: diariodelgallo | octubre 13, 2010

El didactismo y la nostalgia en Hoy, es poesía de Ana María Valdeavellano Pinot

Aunque de aquí en adelante llame “poemario” a Hoy, es poesía, el nuevo libro de Ana María Valdeavellano, conviene señalar que éste, orgánicamente, da la impresión de ser un solo poema [1], pues existe algún tipo de vinculación entre sus partes, sustentada por un procedimiento formal que podríamos llamar de convocatoria o definición.  Explico: Cada sección lleva un acápite, un encabezamiento, cuyo propósito no solamente es el de introducir al lector y anunciarle algún porqué del contenido, sino además llamarlo, citarlo para que concurra y participe del rito poético, tal como se puede apreciar en el primero de estos acápites: “…hasta que nos hacemos invitar al banquete”.  Este doble propósito se debe a que la autora no considera suficiente hacer un llamamiento al lector, sino que además desea convencerlo.  Su labor de persuasión toma como base un recurso que es connatural en ella: el didactismo o didacticismo, producto de una experiencia dispensada  por un oficio que ha sido crucial para su vida: la docencia.  Nos dice Valdeavellano: “Mi misión / como docente / es ordenar el caos con un rayo de disciplina”.

     Y pienso seriamente que dicho didactismo habita en todo el poemario porque, de los aproximadamente treinta acápites, tan sólo cinco se “salvan” de los procedimientos definitorios empleados para instruir o conducir al lector. La utilización de verbos copulativos en los encabezamientos, sobre todo ser y estar, y de otros con igual función o tendencia definitoria, es en verdad copioso.  El mismo título posee carácter definidor: Hoy,[2] es poesía.  

    Ahora veamos los encabezados de las secciones [3]: “Las horas pueden ser soles o sombras, HOY, es poesía”, “Amarte en silencio fue besar la memoria…”, “Estar contigo es un epitafio al silencio…”, “Poseerte en silencio es silencio sin silencio”, “HOY es poesía” [4], “Tu recuerdo es como…” “Encontrarme TÚ Es estar en casa’”, “HOY, es poesía”, “Tu amor es como la primera lluvia […] y es una promesa de fertilidad”, “Abrir los ojos frente a tu mirada […] ‘Es estar en casa’”, “Las preguntas acerca de una certeza no son vanidad; son recreación de la certeza”, “La distancia no se define en espacio […]  La define la ausencia de mí en mí”, etcétera, etcétera. 

    Además, hay alrededor de doce encabezamientos que no he citado, donde también predomina el uso de verbos copulativos que conllevan una intención definidora.  Incluso en los cinco acápites en que no aparece explícito dicho procedimiento, se nota una propensión didáctica bastante similar [5] : “Se necesita amor para permanecer, pero en ocasiones se requiere…”, “El dolor de un pueblo se mide en…”. La cita textual que sigue es un poco lapidaria: “No existen las preguntas sin respuesta…”.  Y esta otra de carácter correctivo, en la que, con la pregunta: “¿Y los errores?”, la autora le enmienda la plana a Heráclito en su planteamiento sobre la imposibilidad de bañarnos dos veces en el mismo río.  En la última interviene el unicornio ―figura constitutiva de su poesía anterior― y es cuando lo pasional aborda, piratea y timonea la nave poética de la autora: “Porque desperté poesía, y desperté unicornio en el arcoiris de tu piel…”.

    Lo anterior vale para los acápites.  Sin embargo, en el contenido de algunas estrofas del poemario, aunque bastante atenuado por la función de aquéllos, también se percibe un sustrato didáctico: “el insomnio / es un pretexto…”, expresión colocada al principio en cuatro de las cinco estrofas que lo integran.  O éstas: “El esplendor / arqueológico / es el destino/ de un pueblo”, “Unos aprenden / la geografía y letras / de pueblos / que jamás visitarán”.

   Lo dicho en párrafos anteriores refuerza la idea de que no hay obra literaria que no sea de algún modo autobiográfica, y más aun en el caso de la poesía. Y si hoy es poesía lo que antes fue poesía, es porque ese antes y esa poesía han sido rescatados por medio del recuerdo, de la evocación, pero con alguna rémora de tristeza que acarrea consigo la dicha perdida. Ese “hoy” de la poesía es y será siempre en virtud de la nostalgia, de una tristeza melancólica originada por el recuerdo de algo muy especial y dichoso.  Ése es el quid del paraíso perdido: la nostalgia.  Acosado por el inminente castigo de su Creador y embelesado por una pasión recién descubierta, a cierto Adán ―uno de tantos― se le revela algo más profundo y, en ese momento, el expulso halla una nueva manera de rebelarse contra su Hacedor, y exclama: “Donde está Eva, allí está mi edén”.  Ahora es la pasión la que privilegia la respuesta; después, con el paso de los años, este mismo Adán ―o bien otro redivivo― padecerá la nostalgia por el locus amoenus, la esfera que habitó la diada original.   

    Quienes conocemos de antes a Ana María Valdeavellano sabemos que es una persona apasionada, poseedora de una gran energía vital y dispensadora de una ironía desusada, aunque con frecuencia estas cualidades reflejadas en su poesía se ven menoscabadas por una dosis de nostalgia.  Pienso que ella ha venido ejerciendo el ministerio poético desde muy joven.  Esa energía, esa pasión y esa dedicación a la poesía no admiten telón corto: son conjuradas por la distancia o la ausencia de la persona amada.  Aparentemente, esto genera un contrapunto entre ellas y el didactismo ya señalado, un juego de tira y afloja. En todo caso, la postura didáctica sirve de complemento idóneo a la exhortación que hace la poeta para vivir una vida no de “migajas”, sino intensa y completa.

    Hay aspectos relacionados con el ámbito que rodea las secciones poéticas y que tiene que ver con una nómina de personajes fabulosos ―una fauna mitológica confabulada― que va desde el mago Merlín que extrae “lunas de seis” [6] de su sombrero, hasta llegar a la mención de búhos, unicornios, hipocampos, tritones, sirenas, etcétera, que no hacen más que distanciar de la nostalgia [7] la mirada del lector.  ¿Nos distrae intencionalmente la poeta? 

    El yo poético echa mano de pretextos para abismarse en las mieles amorosas y para soñar.  En este terreno valen todos los recursos.  Además, tras el pretexto del insomnio subyace la exhortación a vivir una existencia plena. 

 

“El insomnio

es un pretexto

para buscar

tu aroma entre las sábanas

y llenar mis noches de ti.

[…]

para ver

tus labios entreabiertos

[…]

y acechar

tu aliento cálido,

que sale lentamente

a llenar mis noches de ti.

[…]

El insomnio

es un pretexto

para soñar.”

Esta vida cabal, completa, que Valdeavellano propone como fórmula ad hoc, se ve ocasionalmente debilitada por la nostalgia latente en algunos puntos de la obra [8] :

“Bésame la palabra

y la pasión minusválida,

la lágrima,

la página en blanco

y el temblor de ayer.

[…]

Constrúyeme con un beso

que me dure para siempre…”

    Y es en el habitáculo poético que da su título al poemario donde más se percibe la nostalgia:

“Hace ya tiempo de eso…

                                               Allá por…

por una época que creía olvidada

[…]

en esa posesión

después de la posesión

hasta que descubrí

que era prestado

y lo que te prestan

lo tenés que devolver.”

[…]

Antes,

allá por una época que creía ya olvidada,

me llenaba la boca de versos…

Hoy,

desde un silencio sin silencio,

sólo comprendo

al romántico español:

‘Poesía eres tú’

Por ello,

no sé si se puede escribir poesía

cuando estás pleno de amor,

sólo

hojeo y ojeo el calendario

Y leo…

HOY,  ES POESÍA

 

Dos muestras más por el mismo camino de la nostalgia:

                                               “Un rico sopor trasnochado,

fragmentos

de una densa película,

aroma y piel en la memoria

del deseo…

El insomnio

es un pretexto

para buscar

tu aroma

entre las sábanas

y llenar mis noches de ti”.

   Antes de dar fin a estas notas, hago referencia obligada a una sección del libro intitulada “Para el obituario”, en la cual Ana María participa, nostálgicamente, la muerte del Amor.  No lo reproduzco para que el lector pueda leerlo sin la irritante guía de quien prologa.

    Y aquí termina mi errátil y destanteado recorrido por el poemario de Ana María Valdeavellano, a quien le pido que reciba y acepte mi más cordial enhorabuena por su nueva criatura literaria.

Gustavo Adolfo Wyld


[1] Exceptuando dos secciones:  “La pluma de Zeus”, que parece ser una invocación a la manera clásica;  “Antigua”, cuyo único parentesco con el resto es la reiteración de la frase “Hoy, es poesía”, y dos que hablan de “Pueblo”.

[2] Esta coma ejerce una función fonética que gramaticalmente no conseguiría.

[3] Los subrayados son míos.

[4] Sirve de atadura entre las distintas secciones poemáticas, lo que explica su reiteración.

[5] Nótense mis subrayados.

[6] Parece ser el número fetiche de la autora.  Aparece con frecuencia. 

[7] O del dolor.

[8] Los subrayados son míos.

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