Posteado por: diariodelgallo | diciembre 27, 2010

CAROL ZARDETTO Y SU PROYECTO DE ENTREVISTAS

Por Carol Zardetto / DCA

En el marco de la Feria del Libro de Guadalajara 2010, México, Carol Zardetto pensó en hacer una serie de entrevistas, publicarlas en el Diario de Centro América, para motivar un encuentro entre los escritores de generaciones distintas. El objetivo es que pueda existir alguna manera de intercambio, de vasos comunicantes entre los autores de distintas épocas para entrever qué sucede con el proceso cultural de la literatura en Guatemala, examinar las diferencias, lo que piensan los escritores sobre algunos de los temas que los chapines debiéramos hablar con más tranquilidad, e ir formulando un encuentro que al final dé paso a un mejor entendimiento entre las generaciones.

La atmósfera de la festividad en México, en donde Guatemala fue invitada por primera vez, este año, muestra que la literatura guatemalteca tiene un lugar que ha sido ganada juntamente con los editores, esta vez se lleva las palmas F&G Editores, que logró el encuentro y que fue recibido por un público numeroso y que conocía sobre la tradición literaria en Guatemala. Así que esperamos que este resumen de las entrevistas por temas nos vuelva a introducir en la problemática del las diferentes perspectivas con que se hace y se ha hecho la literatura en este país, y al final podamos tener un panorama mejor construido a través de sus voces de la historia de Guatemala.

Según dijo el escritor y crítico literario Mario Roberto Morales,  la literatura es quizá el producto más sofisticado que haya producido y sigue produciendo Guatemala hasta la fecha. ¿Me podrías explicar por qué?

Mario Roberto Morales: Bueno, pues porque se produjeron los más importantes textos precolombinos, incluido el único que no tuvo que pasar por la censura eclesiástica colonial: el Rabinal Achí. También, que aquí se produjo la obra poética cumbre de la criollez colonial: la Rusticatio Mexicana, de Rafael Landívar, el segundo gran novelista de Hispanoamérica: José Milla y Vidaurre, con sus novelas histórico-románticas criollas y, por si esto fuera poco, el romanticismo poético produjo aquí a José Batres Montúfar y a Juan Diéguez Olaverri. El Modernismo, el prodigio de la prosa de Enrique Gómez Carrillo y Rafael Arévalo Martínez, dos cumbres de esa estética preciosista y ensimismada que revolucionó la lengua castellana y su literatura. En cuanto a las vanguardias, surgieron cumbres de la experimentación lingüística como Luis Cardoza y Aragón y Miguel Ángel Asturias. Y escritores posmodernos avant la lettre como Augusto Monterroso y el poeta Carlos Illescas. Igualmente, la novela del realismo social como Virgilio Rodríguez Macal y Mario Monteforte Toledo, una tradición que culmina en narradores como Raúl Carrillo y Carlos Navarrete, y que tiene su equivalente poético en el Grupo Saker-ti. Aquí se inventó también la llamada poesía revolucionaria, con Otto René Castillo. Guatemala se adelantó al resto de Centro América inaugurando las estéticas de la llamada nueva novela o novela del lenguaje en los años 70, con Marco Antonio Flores, Luis de Lión y mis novelas, y la poesía da un giro hacia la posmodernidad con Ana María Rodas, Manuel José Arce y Roberto Obregón. En la actualidad, una intensa actividad literaria centrífuga tiene lugar aquí, de la cual en unos diez años podremos hablar con propiedad y responsabilidad crítica. En síntesis, el producto literario guatemalteco es mucho mejor que su café, su cardamomo, sus bananos y su azúcar.

Javier Payeras: Yo no lo creo. Yo creo que Guatemala es un país complejo y reducir su complejidad es un resabio que nos dejó la Colonia. Desde hace tiempo ver hacia “afuera”, ir tras la panacea “cosmopolita” dejó de ser importante. La tradición literaria guatemalteca no es importante, porque somos herederos de muchas hablas, no de una sola y única vertiente. En la literatura guatemalteca se va cayendo la máscara del pensamiento único impuesto por los intelectuales criollos. Replantearse el Popol-Vuh, nuestro libro secuestrado, desde la posmodernidad, puede ser una apropiación lúcida para los intelectuales indígenas y mestizos. No me encuentro referencialmente con la literatura del siglo XIX guatemalteco, no me hallo ni en Pepe Batres ni en Pepe Milla ni en Máximo Soto Hall, que son tan celebrados por determinados gustos intelectuales que tratan de descubrir en ellos su árbol genealógico. Sin embargo me interesa la historia de los  movimientos culturales y literarios que inician con la llegada de  José Martí a Guatemala, ahí comienza nuestra revuelta romántica tardía contra la feudalizada tradición española y su medievalismo literario. Ese darle la espalda a España me parece tan vigente entonces como ahora. De ser posible me gustaría escribir un libro en inglés, en chino o en tzutuhil, por ejemplo. En medio de este plano de hablas donde no se percibe una unidad de nación, tenemos escritores que sí pueden considerarse sorprendentes. Un Miguel Ángel Asturias jamesjoyciano ( James Joyce), un Cardoza y Aragón bretoneano (André Bretón) y un Monterroso borgeano”.

¿Sientes una identidad generacional con los escritores guatemaltecos contemporáneos tuyos?

Mario Roberto Morales: Mi grupo literario estuvo integrado por Luis de Lión, Marco Antonio Flores, Luis Eduardo Rivera y Enrique Noriega. En los 70 nos preocupaba escribir a la altura del resto de América Latina, lo cual implicaba desembarazarnos del indigenismo y los criollismos. Nos dispersó la guerra y las diferencias por posturas ideológicas de izquierda (que quizá enmascaran conflictos personales). Ahora nos mantiene dispersos la imposibilidad de realizarnos como escritores aquí.

Gerardo Guinea: Ese es un tema complejo. Creo que los de mi generación son pocos, y sin duda tenemos afinidades entre nosotros y tratamos de entender que venimos de una tradición. Es decir, de Asturias, Monteforte, Monterroso, Cardoza, etcetera, nos identifican cuestiones estéticas y políticas. Las estéticas, tratar de escribir lo mejor posible. Entender que no estamos inventando nada nuevo. Nos preocupa ser honestos (en el sentido literario), no creernos los elegidos.

Javier Payeras: Para mí, la llegada del cable a mi colonia fue como la llegada del hielo a Macondo. Mi generación literaria (clase media urbana) que empezó a escribir con las editoriales emergentes de los 90, nos enteramos que había guerra en Guatemala por CNN, en medio de esta burbuja social que es la clase media urbana.

No tuvimos un hilo de conexión con la literatura testimonial de la guerra ni con la literatura sesentera de Guatemala. Quienes nos sentábamos a escribir lo hacíamos alrededor de ciertos gustos, muy alejados de lo que era predominante en la literatura guatemalteca o lo que leían los escritores guatemaltecos tradicionales. Estuardo Prado fue fundacional de todo esto y nuestro interés iba por los libros de ciencia ficción de Philip K. Dick, las novelas de  Douglas Coupland, Foster Wallace o Bret Easton Ellis. Yo no encontré ningún arraigo en la literatura del realismo mágico, militante o  testimonial latinoamericana. En ese sentido, los de mi generación carecemos de territorio, al menos esa es mi perspectiva.

Pablo Bromo: Sí, existe una empatía que nos hace hablar de tópicos como la soledad, el hastío urbano, la cotidianeidad, la fragmentación social, el desasosiego, la música, los excesos, por citar algunos. En lo personal, me siento muy identificado con la obra de autores como Javier Payeras, Arnoldo Gálvez o Alejandro Marré. En su prosa o en su poesía, encuentro las mismas preocupaciones que van desde la necesaria soledad introspectiva hasta la búsqueda por abrazar el colectivo. De alguna extraña manera, escribimos para combatir ese olvido que produce vivir en una sociedad donde la existencia es reemplazable a cualquier minuto del día, debido a la proximidad de la muerte. En esa línea, existen muchas obras literarias que considero un hilo conductor para mi generación: Soledad brother de Javier Payeras, La estética del dolor, de Estuardo Prado, El ahorcado de Simón Pedroza y Este cuerpo aquí, de Maurice Echeverría. En ellos habita la violencia, la omnipresencia de la muerte y un realismo sucio muy propio de nuestra generación que reaccionó a una violencia heredada. Estos libros casi han desaparecido, se han vuelto mitológicos.

Ejemplo de otros libros, es el de los llamados libros objeto: el libro Automátika 9 mm, que tiene una bala atravesada o Terrorismo Moral y Ético (pastel tres moscas), cuya característica era fusionar la poesía con la imagen a través de dibujos y fotocopias sobre papel kraft, pintados a mano.

Por otra parte, mi generación tuvo una gran conexión con el movimiento Rock de los 90. Grupos como La Tona o Bohemia Suburbana, fueron referentes imprescindibles. Fuimos parte de proyectos culturales tales como Casa Bizarra y de encuentros para intercambio intelectual en lugares como Café Oro, o la Bodeguita del Centro. Allí se formó toda una generación de escritores que luego publicaron en Editorial X y Mundo Bizarro, dos piezas angulares de la producción literaria de mi generación.

Además, de la presencia de vínculos intergeneracionales interesantes. Por ejemplo, puedo citar a Sergio Valdés, cineasta guatemalteco, que tanto nos influyó en pensamiento y realidad. De estos intercambios tan intensos surgió todo un movimiento cultural que desembocó en Octubre Azul y los actuales Festivales del Centro. Otra fuente de intercambio fue Colloquia, dirigido por Javier Payeras. Recuerdo que allí, fue la lectura de Personal e intransmisible, de Regina José Galindo a quien ya conocemos por muchas de su propuestas que han tenido éxito a nivel internacional. Sin lugar a dudas, a nuestra generación la marcó un odio por la violencia heredada.

Carolina Escobar: Me he sentido un poco sola. Aquí en Guatemala se forman guetos y yo no pertenezco a ninguno, porque creo que el gueto es el lugar sin el otro. El gueto tiene una frontera con demasiados candados. En un país tan desempoderado, segmentado y violento como el nuestro, los guetos no nos sirven pero funcionan perfectamente, pues en ellos priva la lógica de que todo puede pasar mientras nadie se mezcle con el otro/la otra y la diversidad de ideas, de sueños, de propuestas, no dialogue. Aquí hay muchos que aún respaldan el popular aforismo de “cada mico en su columpio”; no nos mezclamos ni siquiera los que escribimos. Cada quien es muy poderoso dentro de su gueto y tiene miedo a encontrarse con quien está afuera, con quien es “su diferente”. Hemos sido gente de la palabra que no la usa para dialogar entre diversos mundos, sino para evangelizar entre convencidos.

Denise Phé-Funchal: Quie-nes crecimos en la ciudad, estuvimos expuestos a más o menos las mismas influencias: la guerra, el cambio hacia un sistema democrático, el embate de la cultura gringa a través de la televisión (con el cable especialmente) y la música, las mismas caricaturas y telenovelas, el crecimiento de las iglesias evangélicas, el aparecimiento del VIH, cambios importantes en los roles de género, los primeros centros comerciales… Fuimos testigos del desencanto y de la magnificación de las apariencias. A diferencia de otras generaciones, lo político no se convirtió en una preocupación, al menos no por el lado de la militancia. Nunca nos interesó lo político como práctica, sino las consecuencias de lo político en la realidad social.

Alan Mills: Lo que a nosotros nos une, quizás, es cierta tendencia a visualizar con cinismo las diversas formas de la performatividad política. Y además no nos preocupa que nos echen la culpa de la situación del país que nos entregaron. Lo nuestro es hacer rompecabezas con los escombros. En términos del tarot, la generación anterior, a lo mejor, se identificaba con el arcano mayor número 13: Muerte y Transformación. Nosotros, como grupo, estaríamos más cerca del Loco, creo. En mi caso personal me gusta visualizarme más próximo al Arcano número 1: El Mago, Creador de Mundos.

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