Posteado por: diariodelgallo | enero 9, 2011

UN ANÁLISIS SOBRE LA EDITORIAL X por Vania Vargas

Para unos, se trató de un juego, de una burla, de una colección de crónicas psicotrópicas de la burguesía, de un grupo tan cerrado como los que ellos criticaban, una forma vil de negar 36 años de conflicto armado; para otros fue la voz de una época, uno de los proyectos más fuertes de la literatura luego de la firma de la Paz, la reacción de un grupo de jóvenes al tiempo heredado.

Como sea, la Editorial X fue uno de los movimientos que dejó un quiebre violento dentro de la historia de la literatura guatemalteca, y se convirtió en el antecedente más cercano de la explosión editorial independiente que marcó al 2010.

El primer fin del mundo / el fin del conflicto

Todos los apocalipsis son violentos, todos los apocalipsis son devastadores. A finales de 1996 Guatemala estaba viviendo el suyo, acababa de firmarse la Paz; y el mundo entero estaba preparándose para el propio, faltaban cuatro años para el año 2000, el Y2K y las profecías del fin.

En ese contexto se inició un particular movimiento cultural, en la ciudad de Guatemala, encabezado por hombres y mujeres que, como bien afirma Anabella Acevedo en sus estudios de la época,  eran “demasiado jóvenes para haber participado directamente en muchos de estos eventos (el fin de los sueños revolucionarios, los años de violencia más aguda del país, y la transición hacia la paz) pero lo suficientemente adultos para haber sufrido los efectos y las consecuencias de la historia más reciente…”.

Su centro de operaciones estaba en la zona 1. En una casa alquilada, donde vivían algunos de los artistas y donde se reunían constantemente los otros. Su nombre: Casa Bizarra.

Allí se llevaban a cabo lecturas de poesía, y de su poesía, conocidas como Sala del suicidio mental y Malas noticias para pequeñas sociedades, donde mientras se leía, se mezclaba música, se proyectaba video, se empezaba a explorar el arte conceptual y el performance.

En esa misma casa nació el primer proyecto editorial de la época: Mundo Bizarro. Estaba a cargo de Simón Pedroza y requería la participación de los autores. Ellos armaban sus propias ediciones, las mimeografiaban, las empastaban con cartón, y luego las distribuían en librerías como la extinta Luna y sol (ubicada en el edifico de La Bodeguita del Centro) y dentro de la Casa.

Allí adentro se gestó, además, el Festival de Arte Urbano, que llevó a la calle, a los buses, los bares, la Plaza Central y los alrededores del Centro, todo lo que hasta entonces sólo se hacía dentro de Casa Bizarra. La actividad quedó documentada en varias horas de grabación que todavía conserva el cineasta guatemalteco Sergio Valdés Pedroni. Algunas de ellas compiladas en un trabajo titulado Arte urbano, el cual puede verse en la red, y en el que se reconoce el espíritu de la época, sus protagonistas, y esos primeros pasos del arte y la literatura hacia un nuevo orden.

Los equis

Mientras todo este movimiento se gestaba en el centro de la ciudad, en las aulas de la Universidad Rafael Landívar habían empezado a circular dos publicaciones literarias: la revista Anomia, y una antología de literatura escrita por mujeres, titulada Las hijas de Shakty. Ambas consideradas hoy los inicios, aunque no muy representativos, de la Editorial X.

Es precisamente en la Anomia #6 (66) de febrero de 1998 –un ejemplar engrapado e impreso en papel bond– donde aparece su manifiesto. Un texto ácido en el que quedan asentados las causas y los objetivos del estallido que se avecinaba. El texto es un agradecimiento dedicado a:

Las editoriales nacionales: “por contribuir al férreo estreñimiento en la historia de la literatura guatemalteca”.

A los escritores nacionales: “por crear un medio cerrado”.

A los concursos literarios: que reconocen la aptitud de escritores consumados y de obras que se parezcan al criollismo y al realismo social.

A los que criticaron su inexperiencia literaria y los ignoraron por no cantarle al amor, a la mujer y a la patria.

A Dios: por no interferir en su obra, ni en su moral ni en su vida.

Y a partir de esta gratitud dejan asentado su deseo de publicar “gente desconocida, innovaciones extrañas –sin importar que sean patológicas– , anárquicas, rebeldes, inmorales e inusuales, escritas por jóvenes entre los 13 y 31 años que escriban con el hígado, los riñones, con el cerebro o con lo que putas se les venga en gana (media vez sea diferente a El señor presidente, La mansión del Pájaro Serpiente, Cara Prieta, Hogar dulce hogar, y a miles de mierdas similares)”.

Y así fue.

Los cronistas del desencanto

Entonces empezaron a aparecer los libros. Poesía y narrativa llena de ciudad, drogas y violencia, que encontraban sus referentes más cercanos, ya no en el realismo mágico ni social sino en la literatura gringa, en lo amargo del cine pulp y toda esa estética siniestra que marcó sus publicaciones, no sólo visualmente, con los diseños de Luis Villacinda o los cómics de Luis Urrutia, sino además, con textos brevísimos que deletreaban algo que el medio dio por llamar “desencanto”.

Primero aparecieron La hora de la rabia y Raktas, libros de Javier Payeras; Vicio-nes del exceso y Los amos de la noche, de Estuardo Prado; Los antidiarios, La ciudad de los ahogados, y Encierro y divagación en tres espacios y un anexo, de Maurice Echeverría; y El retorno del cangrejo parte 4, de Julio Calvo Drago.

Luego, con la colección Después del fin del mundo desfilaron otros nombres como: Byron Quiñónez, Julio Hernández Cordón, Ronald Flores, la escritora salvadoreña Jacinta Escudos, la única mujer, y la única extranjera, que publicó en la X, y Francisco Alejandro Méndez, con quien se cerró la colección y se dio fin a la Editorial.

Se había abierto, así, un nuevo camino dentro de la literatura guatemalteca. Javier Payeras se convirtió en una de las voces más importantes de la literatura actual, así como Maurice Echeverría, quien además ganó el Premio Mario Monteforte Toledo de Novela, igual que Ronald Flores, quien ya lo había obtenido cuando fue invitado a participar en la X. Y tanto Echeverría como Byron Quiñónez ganaron el Premio de Novela Corta Luis de Lión.

Julio Calvo Drago obtuvo el Premio de cuento de elPeriódico, y sigue publicando de manera virtual; Julio Hernández Cordón se convirtió en el director más significativo del actual cine nacional; Francisco Alejandro Méndez siguió siendo antologado en el exterior como uno de los primordiales narradores y críticos de Guatemala, y Jacinta Escudos, además de ganar en el país el Premio Monteforte de Novela, en 2003, sigue siendo un nombre fundamental dentro de las letras centroamericanas.

Por su parte, el artífice de todo el proyecto, Estuardo Prado… desapareció.

¿Dónde está Estuardo Prado?

Javier Payeras recuerda la última vez que lo vio. Llegó a la galería del proyecto Colloquia para decir que se iba por un tiempo y que volvería. Nunca volvió. Y a partir de ese momento se convirtió en un personaje rodeado por el mito.

Dos años después del fin de Editorial X, el mismo Javier Payeras y el cineasta Sergio Valdés Pedroni se embarcaron en un proyecto audiovisual: una película: DEEP, ¿Dónde está Estuardo Prado?

Se grabaron varias horas de entrevistas que planteaban la misma pregunta y a partir de las cuales se iba perfilando el mito de su ausencia.

Sin embargo, el proyecto sigue detenido, pero se perfila como un documento que, como bien afirma Valdés, “no sólo es un tributo a la trayectoria del escritor flamígero, escatológico y brutal, sino un pretexto para preguntarse dónde está esa actitud que es común a otros escritores como Roberto Monzón o Isabel de los Ángeles Ruano: artistas a quienes no les importó el éxito, ser reconocidos o que su nombre figurara o no en las curadurías de moda y, sin embargo, lograron trascender”.

Mientras tanto, los que lo conocieron a él y  su trabajo se siguen haciendo la pregunta, continúan fabulando acerca del lugar desde donde quizá observa o no el quiebre que dejó en la literatura nacional.

Un nuevo apocalipsis

Falta poco tiempo para que llegue 2012 y un ciclo parece haber empezado a cerrarse. 2010 quedó registrado como un año de intensa actividad editorial (principalmente para la poesía) a nivel nacional y, ahora, latinoamericano.

Los escritores jóvenes se lanzaron al medio con proyectos independientes como Catafixia Editorial, Mata-Mata Latinoamericana, Vueltegato Editores, Sin Tecomates o Alambique. Caracterizados, los primeros, no sólo por armar interesantes colecciones literarias en las cuales se mezcla literatura y diseño, sino, además, por abrir la puerta de intercambio con la poesía y la narrativa contemporánea del continente.

Pareciera, entonces, que se amplía una escena, y empieza a marcarse una nueva viñeta histórica a escasos pasos de un nuevo fin del mundo.

Maurice Echeverría, escritor

No hay por qué deificar en exceso a la Editorial X, que fue el proyecto de una persona específica en donde otros coincidimos. Cada cual de nosotros tenía su propio proyecto, quiero decir su visión personal y su ambición literaria completamente individualizada. De mi lado, yo jamás hubiera firmado el manifiesto de la Editorial X, y naturalmente no lo hice, ni jamás me pidieron que lo hiciera. Tengo cariño por el proyecto de Prado, pero no olvidemos que fue su proyecto y no un proyecto colectivo –ni mucho menos generacional.

Byron Quiñónez, escritor

Su papel fue decisivo. Rompió con los cánones literarios que predominaban en Guatemala; enterró el provincialismo y adoptó un ambiente urbano, sucio y nada idealista. Un parteaguas en la narrativa contemporánea guatemalteca, un hervidero de talentos que a la fecha siguen produciendo obras fundamentales y ferozmente cínicas, hedonistas e incluso aterrorizantes: algo así como utilizar la palabra escrita para matar dinosaurios y purgar pesadillas personales.

Anabella Acevedo, crítica literaria

Si algo marcó la producción cultural de los años posteriores a la firma de la Paz en Guatemala fue el protagonismo de los jóvenes en la producción de obras con gran frescura y atrevimiento, y con un sentido de juego y de experimentación que vino a inaugurar nuevas etapas. La Editorial X fue fundamental, no sólo como medio de publicación de actores de un nuevo movimiento cultural sino también como gesto, como actitud. Era común en esos años no pedir permiso ni bendiciones y lanzarse a iniciar proyectos personales de las modalidades más diversas, entre ellas la aventura editorial de Estuardo Prado. La Editorial X llegó a convertirse en bitácora de una estética particular en un momento específico, y que parecía estar marcada por los excesos y las búsquedas, pero también por una dedicación visceral al arte que en muchos aún persiste, aunque transformada y madurada por los años.

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