Posteado por: diariodelgallo | febrero 3, 2011

EL ÁNGEL LITERARIO de Eduardo Halfon

POR JOSÉ ROBERTO LEONARDO/Prensa Libre.

Pasaron meses y desconocía la mirada, el ángulo idóneo que retratara lo más posible la radiografía de este ángel literario que aún no cesa de revolotear sus alas sobre mí, sobre mi idea de encarar un texto. Hablo de El ángel literario (Anagrama, 2004) del escritor guatemalteco Eduardo Halfon (Guatemala, 1971), hablo de 135 páginas que se leen en un encuentro solitario no solo con las palabras, sino con el destino, como bien dijo Jaime Sabines, poeta chiapaneco.

El libro, del que podría definirse como una rara avis que mezcla la novela, el diario, cuentos, ensayos y entrevistas tiene un hilo conductor de principio a fin: ¿en qué momento alguien decide que va a ser escritor (a), que está dispuesto a purgar el inconsciente y a definirse a partir de las palabras?

Habría que decir sobre la primera profesión de Halfon, la ingeniería industrial, que no la abandona del todo. Ahora, su instrumento es el lenguaje, y se percibe un orden gramatical en los párrafos que denota la pericia de un ingeniero verbal, de un hacedor de ideas como grandes bloques que uno toma como reales, sin dividir realidad y ficción.

La obra consta de seis capítulos en los que, con esa variedad de géneros dicha, se presentan varios planos o divisiones, en el sentido de recrear historias a partir de la vida e historias de otros escritores como Herman Hesse, Raymond Carver, Ernest Hemingway, Ricardo Piglia y Vladimir Nabokov, en donde la literatura misma es ultrajada y deformada de tal manera que vida y obra –de tales escritores- aunado a experiencias reales de Halfon sobre los inicios de su escritura, se conjugan en una dimensión multiplicada por otras que dan forma a este mosaico del misterioso origen de la escritura.

A lo largo de esos seis capítulos, con títulos como: “Hacía falta la magia”, “Como la marea”, “Una oración verdadera”, “Extrañas amistades”, “Wunderkind” y “El ángel literario” aparecen las biografías noveladas de varios escritores desde la mirada de Halfon, con personajes como Herman Hesse recreado en una narración en donde el miedo hacia la figura del padre y sus castigos se convirtieron en detonantes para iniciar al pequeño Herman en la lectura.

O el diálogo de Halfon con Ernesto Sábato, en donde los dos hablan sobre su conversión de la frialdad del cálculo numérico hacia las vitales interrogantes que brinda la literatura, y de cómo en un encierro monástico el escritor argentino escribió El Túnel y cómo, “en la oscuridad de ese túnel”, se convirtió en escritor.

O la entrevista al escritor nicaragüense, Sergio Ramírez, que cuenta el camino sin retorno que significó para él la literatura, al publicar a los veinte años su primer libro, Cuentos. Así como la leyenda del poeta niño, Rubén Darío, con quien también conversa y de quien se dice que gente de toda Centroamérica viajaba para que él les escribiera los epitafios en verso, porque sabían de su “rítmico don” para la poesía.

Asimismo, el autor reflexiona, como en un diario, sobre ese “momento de la primera inspiración literaria” y se lanza a la marea verbal con poderosos soliloquios que cuestionan el arte de narrar: “Encontrar el momento preciso en que una persona cualquiera deja de ser una virgen literaria, y empieza a hacer el amor con las palabras; o como me dijo un amigo: encontrar el momento en la vida de personas con tan pocas circunstancias propicias en que les pasa un ángel por encima y caen en la literatura”.

También, dentro del libro, aparece una figura central de la literatura guatemalteca del siglo XX: Mario Monteforte Toledo. Quien por su barba blanca -dice Halfon- le pareció un Santa Claus en pantalones de corduroy esa primera vez que lo conoció en el apartamento de un amigo colombiano, precisamente en Bogotá. Y es del mismo Monteforte Toledo, de quien Halfon recuerda esa respuesta categórica, tajante sobre esa “primera llamada” hacia la literatura: “Preguntar cuándo se convierte uno en escritor es tan abstracto como preguntar cuándo se convierte uno en hombre. Qué  importa. Sólo se está complicando usted con un tema estéril, intelectualoide”, afirmaba el fallecido literato guatemalteco.

Así, parece que la lectura de este libro es atravesar un pasaje de incógnitas, a veces frío, a veces denso pero siempre con la certeza de la incertidumbre, de una carencia, de un saberse precario ante el único cobijo de la existencia humana: la duda. A la vez, en un inicio me pareció un libro inquieto, que se escapaba por múltiples puertas. Y no podía asirlo, o indagar su esencia. Pero no sé si el mismo ángel me sedujo. Y yo cedí. Porque además lo dice el mismo autor: “El ángel literario –ángel caído, luciferino quizás, pero ángel a fin de cuentas- no tiene horarios fijos ni momentos planificados. Vuela por encima de algún desdichado cuando se le da la gana, y punto”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: