Posteado por: diariodelgallo | febrero 12, 2011

ESTE MAL de Martín Díaz

Julio Serrano Echeverría julioserech@gmail.com

“Discretamente se la pasa haciendo clic y apretando botones”, escribe Julio Serrano Echeverría acerca de la voz en el poemario de Martín Díaz.

Este mal, de Martín Díaz. Editorial Catafixia, 2010. Visite catafixiaeditorial.blogspot.com

Con frecuencia se escucha decir que cada generación hace su propia interpretación de los clásicos. Hay un clásico de clásicos que cuesta incluir al canon como tal, porque no tiene un origen único y es de autoría colectiva. Me refiero a una estupenda e impresionante obra que, en español y por no conocer una mejor palabra para definirlo, llamaré infierno. Sí. El infierno es una de las grandes obras de la humanidad; claro está, no me refiero al concepto cristiano, ni al de Dante ni al de los Caballeros del Zodiaco, que no son otra cosa que adaptaciones de esa obra original que sigue habitando mutante entre nosotros. Este clásico no es sino la biografía de la angustia en los distintos momentos de la historia, y como tal, sus páginas están pobladas de muchos de los grandes versos de la humanidad: versos, imágenes, sonidos o, como diría Antonin Artaud: “Nunca nadie ha escrito o pintado, esculpido, modelado, construido, inventado sino para salir realmente del infierno”.

 

Este mal, del poeta Martín Díaz, lo tiene claro desde el título mismo. El poemario es una adaptación contemporánea del clásico universal de la angustia. El libro (publicado en la toma 6 de la editorial Catafixia) es un recorrido onírico por el agitado espíritu de nuestro presente; es decir, entre líneas el libro se llama Este tiempo. Es el paseo por una especie de estado alterado de conciencia, de una voz que habla en primera persona desde el miedo, el horror y la sombra. Onírico sí, por el lenguaje que explota en imágenes delirantes y también por su carácter de pesadilla, de sueño pesado que avanza, como un rezo por nuestras singularidades. Y es que Este mal, además de la referencia temporal al presente, aclara su punto de vista, es este mal, y no aquel, ni aquellos, ni estos.

Cito de nuevo a Artaud: “El arte tiene un deber social que es el de dar salida a las angustias de la época”. Y sí, afirmo entonces que no es ninguna coincidencia que este libro se haya publicado y presentado junto al trabajo de la poeta Rosa Chávez, titulado Quita Penas. ¿Magia? Sí, y sin duda, conjuro, rito, ceremonia armónica y poética. Invoca a la angustia para darle salida, porque ahí sí estaremos de acuerdo en que el infierno es un lugar de paso, aunque cada paso parezca la eternidad misma.

Volvamos a las páginas de la obra poética de Díaz. Su adaptación de la angustia es clara; todo tiene siempre más de un lado o como el mismo poeta dice: Con estas manos con que escribo “beso” / Con estas manos con que escribo “disparo”. Disparo es un signo fundamental para entender Este mal. Disparo por la capacidad de potencia de expulsar a velocidades exorbitantes a través de una explosión (la lectura misma del libro) la angustia en estado puro, como baba amarilla, por momentos realmente incómoda. Disparo como metáfora de la víspera del dolor. Y finalmente, disparo como una de las pistas contextuales para tratar de reconstruir un mapa de un sitio que pareciera no tener salida. Sí, durante todo el libro, el personaje que nos confiesa su condición (desde el primer poema, una especie de carta a nosotros) se la pasa jugando. ¡Sí, jugando! El personaje en cuestión es nada más y nada menos que adicto a los videojuegos, discretamente se la pasa haciendo clic y apretando botones. La magia es ese vaho que expele: “Me hace sentir la vida cuando toca un botón y sé que está allí. Oigo el clic”. “Un espacio lechoso se traga al día / Como ese en que flota Gánondorf / En el destierro / (Click al vacío)”.

Así es. Gánondorf, el mismo que tanto dolor de cabeza dio a toda una generación que dio vida a Link, en cualquiera de las versiones del videojuego Zelda. Ahí, el poeta ritualiza la muerte en el videojuego y en el poema. El disparo se vuelve entonces una forma más de morir, de llegar a la muerte y seguir. Desasosiego y ternura, como la distancia entre beso y disparo, indistintas una y otra van avanzando por la sombra. Se manifiesta así el sentido ritual de las palabras y su propia muerte. “Si me mato no será para destruirme sino para reconstruirme”, otra vez en palabras de Artaud.

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