Posteado por: diariodelgallo | abril 13, 2011

Entrevista a Jorge Godínez por Eddy Roma

Con Robert Plant,

John Bonham,

Tony Iommi,

Bill Ward, Ozzy

Osbourne,

Ian Paice y

Don Brewer,

Jorge Godínez comparte el mismo año de nacimiento (1948) y más de cuatro décadas involucrado en el ejercicio del rock. A esa práctica se sumó una vocación literaria reflejada en las novelas Miculax (1991), Rockstalgia. La novela rock (1996) y Rockfilia. Historias de rock (2007), que junto al volumen teatral ¡Qué lindo ser feo! (1993) aparecieron bajo el sello de la editorial Óscar de León Palacios. En años recientes Jorge sintió la necesidad de reescribir sus dos primeras novelas. Quiso enmendar carencias, pulir el estilo y contar los episodios que dejó pendientes. Miculax, sometida a ese proceso, reapareció en 2006. Ahora es el turno de Rockstalgia, cuya toma 2.0 es considerada por su autor como la versión en concierto, abierta a las descargas que descubren nuevas posibilidades a las canciones grabadas en estudio. La siguiente entrevista es producto de un intercambio de correos electrónicos entre un entrevistador residente en el cantón San Juan de Amatitlán y un entrevistado originario de la colonia Santa Ana, zona 5 capitalina.

 

Primero ocurrió con Miculax, la novela policial que publicaste en 1991. Ahora sucede con Rockstalgia, la novela rock que presentaste en 1996. ¿A qué se debe la necesidad de reescribir, reordenar y redistribuir tus libros?

Cuando yo escribí mi novela Miculax (86-88) lo hice con mucha pasión, pero por ser mi ópera prima obviamente desconocía muchos aspectos del oficio de las letras. De tal suerte que, con el correr del tiempo y también por mis constantes lecturas, me fui adentrando en el quehacer literario y quise revisar mi novela para señalar gazapos por si algún día se hacía una segunda edición, pues siendo Miculax un libro tan vendido, hubo necesidad de hacer varias reimpresiones, que implicaba usar las mismas placas, la misma portada y claro está las mismas erratas, aparte de las inconsistencias que el texto venía arrastrando desde su nacimiento.  Al iniciar el trabajo de levantado de texto en el ordenador, tuve la tentación de agregar asuntos de los que me fui enterando en años posteriores. Tratándose de un caso juzgado, añadí aspectos de tipo forense y judicial que enriquecían la historia, pero suprimí otros que abigarraban el texto. Al tiempo que me deshacía de faltas ortográficas, anacolutos y demás hierbas, modifiqué la diagramación, usé otra fuente, portada, nuevo prólogo e incluso epílogo. Lo que conseguí fue un libro con mejor presentación y un texto más asequible para el lector. Con Rockstalgia básicamente el proceso es el mismo: revisión exhaustiva, eliminación de erratas, actualización del texto respecto a cierta información contenida en el mismo, supresión de adjetivos y redundancias, nueva diagramación y carátula, un prólogo, anécdotas que no figuran en la versión anterior y una entrevista, como algo novedoso. Respecto a la necesidad que haya o no de reescribir un libro, eso es un asunto muy personal. Afortunadamente Rockstalgia es una novela rock y para nada es un texto convencional si nos atenemos a los estilos a los que nos han acostumbrado los escritores clásicos. Los monstruos de la literatura suelen echar al mundo sus libros y se olvidan de ellos. Como éstos tienen vida propia, y en metáfora son sus hijos, si les salieron cabezones, cojos o bizcos, así se quedarán para siempre. Todo escritor sueña con tener “madurez” a la hora de escribir un libro, no digamos a la hora de publicarlo. Cuando se es primerizo el ímpetu de la juventud se desborda en entusiasmo, y la osadía sustituye la discreción, pero se cometen muchos errores cuando se antepone la ansiedad por publicar a la actitud sosegada que es más propia del escritor avezado. Esto sólo lo dan los años de constancia en el oficio. El rock tiene sus características muy bien definidas: estridente, irreverente, contestatario, revolucionario, anarquista y muchas otras cosas que últimamente ha ido perdiendo por la mercantilización empresarial. Una de sus fórmulas más evidentes es el riff, esto es una figura musical que consiste en crear un distintivo melódico recurrente, que es el que le dará la inconfundible personalidad a la canción. El riff es el equivalente al ostinato de la música clásica. Algunos riffs clásicos son por ejemplo las intro de “Paranoid” de Black Sabbath, “Smoke On The Water” de Deep Purple, “(I Can’t Get No) Satisfaction” de Rolling Stones, “Oh Pretty Woman” de Roy Orbison, “Walk This Way” de Aerosmith, etcétera. El riff de Rockstalgia es el tema de José Luis y su encuentro con los ET. No todos los críticos están de acuerdo con modificar una novela que ya ha sido publicada y ponen como ejemplo a Gabriel García Márquez, quien después de publicar una novela no la vuelve a leer nunca y las reproducciones de la misma no sufrirán ninguna alteración en sus ediciones posteriores. Pero como yo no soy Gabo, puedo modificar mis escritos y con esto pulir mi estilo. Tolstoi por ejemplo, se prodigó en manuscritos y correcciones e hizo alrededor de media docena de versiones diferentes de su novela Guerra y paz. Quiero explicar que tratándose Rockstalgia de literatura rock, se atiene al formato del gran ritmo y para el efecto cito el paradigma siguiente: cuando un rockero graba una rola en estudio, esta versión siempre va a sonar igual, es lógico, la grabación magnetofónica, en vinilo y ahora digital, es un registro permanente. Pero cuando este mismo músico se presenta en un escenario, es decir en vivo, esa misma rola que ha grabado sufrirá cambios: una intro más larga, instrumentos adicionales, tales como percusiones y vientos, tal vez coros, músicos invitados, los solos de guitarra serán diferentes a la versión en estudio, agregados en la letra, improvisaciones instrumentales, etcétera. Es esto precisamente lo que yo hago con Rockstalgia 2.0, tocar una versión en vivo.

¿Cuál fue el detonante de la versión original de Rockstalgia?

En 1977 vino a Guatemala una película de Steven Spielberg de nombre Encuentros cercanos del tercer tipo. Esta lica presentaba un asunto novedoso respecto a temas hasta ahora tratados por la ciencia ficción. Me llamó la atención el asunto musical de la trama, donde se usan cinco notas musicales como un código universal para comunicarse entre seres de diferentes planetas. Siendo yo un lector asiduo de la ciencia ficción y además músico, a principios de los ‘80 quise emular tal intento y me dispuse a desarrollar un cuento en donde la música se mezclara con lo extraterrestre. Escribí una narración la cual recibió el ambiguo nombre de “Medio-Ocre”. En cierta forma estaba dedicado a la mediocridad de los músicos locales (yo incluido). José Luis era el protagonista del cuento y la extensión del texto rebasaba la media. Yo tenía un amigo que trabajaba como jefe de producción de programas radiales en la radio nacional TGW, y quien amablemente leía mis textitos que por aquella época escribía. Se trataba de don Guillermo Barrientos. Cuando le llevé “Medio-Ocre”, me pidió una semana para emitir su opinión. Llegado el plazo, lo fui a buscar para escuchar su juicio, que por cierto fue muy favorable, pero me dijo que a él le parecía que no era un cuento pues su larga extensión lo acercaba más a un capítulo de novela. Aquel cuento largo fue a parar a una gaveta y no lo saqué sino hasta diez años más tarde. Por ese entonces yo trabajaba con el Quinteto de Charlie Robb en el bar de un conocido hotel, pero fui despedido. El contrato con una duración de aproximadamente un año me había permitido ahorrar algunos lenes y coincidentemente me enteré de un concurso literario (de novela) patrocinado por la Tabacalera Nacional, que ofrecía un premio en metálico de más o menos $2000. Frustrado y sin un trabajo, pensé en escribir una novela porque la convocatoria se hacía con un año de antelación.  Fue así como desempolvé el cuento en mención y lo dividí en varios apartados y les fui intercalando capítulos donde José Luis narraba sus experiencias en tres diferentes cronologías, pero siempre regresaba al leitmotiv de su experiencia fantástica, que era la de haber hecho contacto con músicos de otra dimensión. Con el dinero ahorrado me pude financiar la escritura de la novela que me serviría para ganar el certamen literario y así obtener los fondos necesarios para sacar adelante a la familia. La hice en nueve meses, trabajando de ocho a doce horas diarias, sólo paraba para comer y dormir… No gané el premio, estuve cerca, me otorgaron una “mención honorífica”.

 

¿Cuáles fueron tus referencias, cercanas o lejanas, para escribir la novela?

Uno de mis principales referentes fue Jordi Sierra i Fabra, escritor catalán quien es la mayor autoridad en rock de España. La primera novela de él que yo leí fue El rollo nuestro de cada día. Siendo prácticamente un desconocido en Guatemala, sería un amigo abogado quien de regreso de España de recibir unos cursos de derecho me trajo la novela de Jordi y fue así como le di color. Este mismo amigo me trajo tiempo después El joven Lennon, y el poeta Humberto A’kabal, de uno de sus viajes a Europa, me trajo una novela del mismo autor, pero anterior a las que ya tenía, La revolución del treinta y dos de triciembre. Fue así como tuve contacto con la novela juvenil escrita por un crítico musical, pero que no es músico. Mis primeras aproximaciones a la novela juvenilista las hice con Mario Vargas Llosa: Los jefes, La ciudad y los perros y Los cachorros, que nada que ver con el rock, pero sí con los problemas que se presentan en la difícil etapa adolescente. También la “onda mexicana”, José Agustín, Parménides García Saldaña y Gustavo Sainz (que los leí después de haber escrito Rockstalgia), El almuerzo desnudo, de William Burroughs, así como las revistas de finales del 60 como México Canta, Pop, y la argentina de principios de los 70, Pelo. Yo tenía una modesta colección de estas revistas que fue incrementada con algunas que me dio Kráker, cantante de Caballo Loco. Esto en referencia a artículos sobre grupos de rock, chismografía, discografía y noticias de los grandes rockstars. Luego tendría acceso a otro tipo de revistas como Guitar Player, Guitar World y Rolling Stone, todas en inglés, así como la Enciclopedia del rock de la Billboard y la Enciclopedia de la guitarra eléctrica. Quiero destacar el hecho de que he tenido la suerte de tocar con los mejores músicos de rock de Guatemala. El ser parte de una banda de rock es una referencia de primera mano que da una dimensión muy diferente a la del diletante, alguien que sabe mucho del tema porque asiste a conciertos y entrevista a rockeros famosos o porque dirige una revista especializada. Tocar rock, así sean covers, lo ubica a uno donde está la acción (el escenario). Esto da sensaciones que no se consiguen por otros medios. El baño de aplausos de los fans le da al rockero su verdadero status. No es lo mismo verla venir que estar con ella.

 

¿Qué recepción tuvo por aquel entonces?

En general tuvo una buena recepción. Han hecho muy buenos comentarios de mi trabajo e incluso hay reseñas de la novela que fueron publicadas en diferentes medios de comunicación impresos, incluyendo una en Nicaragua por el periodista y también músico nicaragüense Miguel Bolaños. Por supuesto que no todos la comentaron de forma positiva. Hubo un par de “críticos” que, como yo les caigo mal, dijeron que mi novela era una mierda. El día que presenté Rockstalgia lo hice en el Teatro Nacional y además del acto académico monté un concierto de rock donde se tocaron piezas que son parte de la banda sonora del texto. En resumidas cuentas, al lector le parece que mi novela es un hito muy refrescante en la literatura guatemalteca.

 

Ernesto Sabato decía que todas las situaciones descritas en sus novelas surgían de lo más profundo de su ser, sin tomar modelos de la realidad. ¿Ocurre lo mismo con vos?

No. Yo me nutro de situaciones reales y cotidianas, pero también soy un ficcionista empedernido. Yo mezclo realidad y ficción. En mi caso no puede ser de otra manera. Mis personajes los he sacado observando mi entorno: bares, night clubs, discotecas, fiestas, conciertos, giras, casas de putas, cárceles, etcétera. José Luis, por ejemplo, es una mezcla de varios músicos con los que yo he tocado, incluso tiene rasgos de mi personalidad y de alguna manera le habré endilgado pasajes de mi infancia.

 

Ya que mencionás a José Luis, el guitarrista líder de la novela, ¿lo usás como portavoz de tus opiniones, o le concedés la suficiente autonomía para que piense por sí mismo?

Considero que todos los escritores necesitan crear un portavoz de sus opiniones. El truco está precisamente en convencer al lector que no es el autor el que habla, sino que es el personaje. Si he de ser veraz, creo que a veces José Luis se confunde con JG aunque sé que en el texto he logrado darle una personalidad independiente, pero no deja de reflejar lo que yo quisiera para mí. Por ejemplo: en algún momento de frustración me habría gustado emigrar a otro planeta y, al igual que Hithlodeo, el personaje de Tomás Moro, ubicarme en una isla en la profundidad del hiperespacio donde la intriga y la envidia no existan. Todo escritor de una u otra forma se coloca en los zapatos de los personajes. Les damos nuestro sentir, porque de otra forma el o los protagonistas, “que en esencia sí existen, pero no de forma concreta”, no podrían “materializarse”. Algo similar a lo que hacía John Fante, precursor del realismo sucio y que incluía personajes protagonistas semiautobiográficos en sus novelas. Es el equivalente a lo que les sucede a los actores. Los que hemos hecho teatro sabemos sobre “el método”, que no es más que una dicotomía de la personalidad, algo así como de forma deliberada conseguir un estado bipolar o en todo caso personalidades múltiples, así sea el elenco de la obra de teatro o de la novela a escribir. Uno como actor le presta su cuerpo al personaje, pero se supone que los sentimientos serán ajenos. De igual guisa, el autor le presta su mente y sentimientos al personaje pero, similar al actor, pondrá una cuarta pared entre ambos. La diferencia con el actor es que éste levanta su cuarta pared frente al público.

 

Rockstalgia describe un período que puede situarse entre 1962 y 1967, cuando el rock empezó a cobrar fuerza como elemento creativo y fenómeno social. Situado a menos de tres horas de vuelo de Nueva York, el Shea Stadium y el show de Ed Sullivan, por la costa este, y de San Francisco y Los Ángeles, por la oeste, ¿cuáles fueron tus primeras captaciones de estos ecos?

Rockstalgia es una novela que juega con el tiempo, tiene un formato circular y de hecho posee tres cronologías diferentes: José Luis adulto, niño y joven, en ese orden. La primera se ubica a finales del siglo XX, la segunda a finales del ‘50 y principios del ‘60, y la tercera sería de principios de los ‘60 al 66-67. Pero como estamos hablando de un José Luis omnipresente, su ubicuidad es una característica que despliega a lo largo del texto y que le fue concedida por sus amigos extraterrestres a manera de dádiva. Otra cosa es que no fui yo quien escribió la novela según el argumento, fue José Luis. También en la narración se hace una retrospectiva respecto a la historia del rock y la historia de la guitarra eléctrica, cuya primitiva idea data de 1890.  En relación a las captaciones de los primeros ecos del rock, sería a través de la radio y los discos, que por cierto eran escasos, pero tuve la suerte de tener hermanos músicos y si bien éstos no eran rockeros sino boleristas, aprendí a tocar la guitarra de tanto verlos a ellos. Cuando recién llegó a Guatemala la fama de Elvis (56-57) había un personaje que bailaba en ferias cantonales al compás de las rockolas instaladas en las garnacherías, al que apodaban Elvis Presley, porque se vestía muy similar y cuando bailaba “El rock de la cárcel”, “No seas cruel” o “Zapatos de gamuza azul”, imitaba los movimientos de Presley. Era un joven de unos 18 años de edad, pelo rubio y copete exagerado, pero tenía un ojo de vidrio, que vendía de forma ambulante números de la lotería. Todos los patojos le hacíamos rueda. Yo era un niño, y más que admirar al histrión marginal, me gustaba ver su show con tal de oír las canciones. Yo comencé a tocar rock’n’roll a los quince años, pero aprendí mi primera rolita a los siete. Sería por 1965 cuando ya integré un grupo con el que tocábamos en fiestas y en el teatro al aire libre del parquecito Navidad en la zona 5. Los ecos venían de Chuck Berry, Bill Haley, Elvis Presley, Little Richard, Los Llópiz de Cuba y los mexicanos Teen Tops, Rebeldes del Rock, Los Locos del Ritmo, Los Brincos de España, Los Beatniks, Los Terrícolas y Los Marauders de Guatemala, así como las películas musicales que se presentaban en los cines de mi barrio.

 

Los Fantasmas, primer grupo formal de José Luis, obtienen su primer triunfo en la fiesta de aniversario de un instituto público. ¿Qué recuerdos tenés de esos repasos que se efectuaban en las fiestas de los institutos nacionales, como el Instituto Normal para Señoritas Belén, el Instituto Normal Centro América y el Instituto Nacional Central para Varones?

A la primera fiesta de aniversario de un instituto público que yo asistí fue a la del Rafael Aqueche. Tendría unos trece años de edad y estaba en primero prevocacional en ese instituto. En esa oportunidad amenizaron la fiesta Los Picapiedra. Todavía tengo muy presente con su mechón blanco en el pelo a Felipe Chepato Ardón, tocando la guitarra. Creo que él no era parte del grupo, sin duda le habrán dado un colazo, pero me impresionó tanto su forma de tocar la lira que es lo que más me quedó grabado en la mente. Cuando armamos el Módulo 5 a finales de 1968, éramos los favoritos del Instituto María Luisa Samayoa Lanuza, pero también nos contrataban en los colegios privados. Hicimos buena pareja con SOS para alternar en las fiestas del Guatemala Institute, IGA, Colegio Europeo y Colegio Francés, Liceo Guatemala. El Módulo 5 se hizo muy popular en todo el circuito de los establecimientos de enseñanza media, públicos y privados, porque era un grupo que grababa discos y alternábamos con artistas internacionales.

 

Los Fantasmas representan la etapa primera del rock, basada en la sencillez y pensada para provocar el baile entre los asistentes. Los Chaquetas de Cuero, segunda banda de José Luis, endurecen el sonido. ¿Cómo le seguían la pista a esos cambios de imagen y estilo?

Las modas tienen mucho que ver para que la juventud siga las tendencias novedosas. Los Beatles es una banda que vino a revolucionar en varios aspectos la conducta de la muchachada. Aunque rebeldes y rompe esquemas, Los Beatles se ubicaban como “artistas” de muy buena presencia y algo finones por su origen inglés. Los Stones eran más gruesos y les valía madre el uniforme. Pero fue Bob Dylan quien más influyó para que la mara de los ‘70 adoptara el look mofeta, que no es más que el desaliño y el horror al agua y el jabón, pues el movimiento hippie pegó duro aquí en Guatemala. Me parece importante citar a Los Marauders como un grupo chapín que se distinguió mucho (se fundaron en el ‘64) como un conjunto juvenil que vestía pantalones y chumpas de cuero y botas de motorista, y a cuyo baterista Mario Palomo, fue al primero que vi hacer un gran solo de tambores. Además pusieron de moda los anteojos estilo “mosca”, que eran oscuros y cóncavos.

 

Los militantes de izquierda consideraban al seguidor del rock como “colonizado cultural”, puesto de espaldas a la “lucha de liberación de los pueblos oprimidos”. El Estado lanzó sus redadas contra jóvenes melenudos y muchachas en minifalda. Y el cura y el pastor alertaban contra el contenido inmoral y decadente de “esa música del diablo”. Acosado por esos tres frentes, ¿cómo se las arreglaba el fan para permanecer de pie?

Yo considero que una de las estrategias usada por los jóvenes fue la indiferencia hacia lo establecido. Nos convertimos en “valeverguistas”. Todo nos la pelaba. Los rockeros de aquel entonces nos mantuvimos al margen de reclutamientos de izquierda y nos zafamos del servicio militar. Tampoco nos atraía la religión. El consumo de licor y drogas nos facilitó el recubrimiento necesario para engrosar nuestra piel por donde todo se nos resbalaba. Aun con redadas, carceleadas y rapadas, le hicimos huevos. Nuestra revolución fue cultural y pacifista. A nuestra manera desafiamos a las tiranías de turno. Fuimos perseguidos y reprimidos, pero no nos doblegaron jamás. Incluso tuve amigos guerrilleros que nunca me criticaron. Al contrario, a más de uno pillé escuchando el musicón confundido entre el público. El rock anglosajón es como el maíz mesoamericano, ambos son ahora universales.

La ciencia ficción ocupa un registro notorio en tu obra. ¿De dónde proviene tu interés por ella, y tu afán de escribirla en un país de escaso avance tecnológico?

Mis primeros acercamientos a la ciencia ficción fueron por medio de los comics de los años ’50, cuando yo era un niño. Recuerdo una serie en particular que se llamaba Titanes Planetarios, así como el clásico superhéroe Superman, quien creo fue el que dio pie a la posterior retahíla de creaciones de Stan Lee y Marvel Comics. Pero a medida que fui creciendo y en particular en la secundaria, me aficioné a las novelitas de vaqueros, detectives y ciencia ficción. Éstas últimas llenaron mi cabeza de fantasías que en algún momento surgieron como cuentos, y como ya dije uno se convirtió en novela. Existe la creencia que el autor de relatos fantásticos tiene que ser matemático y físico y experto en astronáutica como Arthur C. Clarke, o bioquímico y experto en robótica como Isaac Asimov, o ingeniero mecánico como Robert A. Heinlein, pero no es cierto. Por ejemplo, está el caso de uno de los más grandes escritores de ciencia ficción. Philip K. Dick, si bien hizo estudios en la universidad de California en Berkeley, fueron de idioma alemán y nunca llegó a graduarse. En cambio fue un escritor atormentado que sufrió de esquizofrenia y el abuso constante de drogas derivó en una psicosis paranoica. Yo creo que la imaginación no es atributo de raza en particular, no hay límite cuando se trata de pensar, de suponer, de especular. Como yo sólo soy un escritor que a puras penas llegó a un bachillerato en arte, prefiero calzar mi narrativa fantástica no como ciencia ficción sino como ficcio-imaginación.

 

Pero decíme, ¿no será que estamos hablando de lo mismo? ¿Hay alguna diferencia entre ficción e imaginación?

Aunque de alguna forma se entrecruzan, no son términos sinónimos. La imaginación es un proceso abstracto y no necesita de un objeto presente en la realidad para crear una representación percibida por los sentidos de la mente. Ficción es la simulación de la realidad. El término procede del latín fictus, que significa “fingido”, “inventado”. Uno puede imaginar cosas reales o no reales. Pero lo fictivo viola las normas de la realidad. Claro que también podría calzar mi estilo como fanta-ciencia, pero esto se tendría que sustentar con causas “cientifizadas” y complicadas explicaciones que busquen la racionalidad dentro de la ruptura con el orden conocido, cosa que yo no voy a hacer. Al igual que Philip K. Dick, se necesita estar un poco loco para parir estas “fumadas” que bien podrían tener otro nombre como, se me ocurre, ficcio-alucinación.

 

Contrasto dos puntos de vista opuestos acerca de las drogas. El primero sostiene la utilidad que tuvieron en la expansión de la mente. El segundo reclama que por culpa de ellas se perdió a Charlie Parker, Syd Barrett, Jimi Hendrix y Janis Joplin. ¿Vos cuál respaldás?

Los dos puntos de vista tienen sus bemoles. El hecho de que un músico consuma drogas es parte de la cultura del rock, asunto heredado de la generación beat, que rechazaba los valores estadounidenses clásicos y se inclinaba más por la literatura, el jazz, una gran libertad sexual y el estudio de la filosofía oriental. Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William Burroughs ejercieron gran influencia en la contracultura hippie en los ‘60. La ingesta de drogas modifica el comportamiento de las personas logrando estados alterados de la conciencia, y esto para un creativo es una tentación porque supuestamente se consigue una súper percepción de los sentidos que incrementará al máximo los talentos del artista. Cierto o no, tanto Parker, Barrett, Hendrix y Joplin son iconos irrepetibles que destruyeron sus carreras y sus vidas por el abuso de drogas, pero le dejaron al mundo un legado extraordinario. Sin ir muy lejos, Humberto el Fantasma Sandoval, gran jazzista chapín, se autodestruyó con el alcohol. Asimismo Paquito Méndez, uno de los mejores guitarristas de rock de Guatemala, acosado por sus adicciones se ahorcó en su habitación utilizando un cable del alumbrado eléctrico. Creo que es un gran precio a pagar. Yo mismo soy un sobreviviente del alcohol y las drogas. Paul McCartney y Eric Clapton han logrado superar la adicción a las drogas y siguen siendo tan creativos y exitosos como cuando le ponían macizo.

 

Hoy que las músicas de origen caribeño y mexicano reinan en centros comerciales, autobuses, taxis y discotecas, ¿a qué atribuirías los resquemores que el sonido de una guitarra eléctrica sigue causando en el guatemalteco de toda etnia y condición laboral?

Yo creo que la actitud del rockero no es como la del vulgo en general. Las masas tienen un gusto vulgar y son muy susceptibles de acogerse al facilismo y al sonsonete. Creo que les cuesta procesar y asimilar algo tan sofisticado como las piezas de Pink Floyd por ejemplo, o algunas de Los Beatles (particularmente las de los LP Revolver y Sgt. Pepper’s), Aerosmith, Led Zeppelin, no digamos Metallica o Rush, etcétera. Lo bueno del rock es que nunca pasará de moda. Recordemos que ya en 1957 el calypso puesto en boga por Harry Belafonte amenazó la preponderancia que había adquirido el rock’n’roll. En los ‘60 la bossa nova competía con el rock. En los tardíos ‘70, sería el disco. En los ‘80, el merengue. En los ‘90 el pop y en el 2000 se repuso. Ahora es la música grupera, reggaeton y bachata. Es sólo cuestión de tiempo para que estos estilos efímeros pasen al olvido y le devuelvan su lugar al gran ritmo.

Miguel Ángel Asturias dijo que él era escritor de oído. No podía seguir escribiendo hasta que la carta, el poema o párrafo de novela le sonara bien. ¿Cuánto aportó tu experiencia como músico a tu oído para captar el ritmo de la prosa?

No creo que sea necesario ser músico para escribir bien. A veces hasta tengo que renunciar a la eufonía de las frases para conseguir un efecto menos rebuscado. Pero tratándose de mis novelas rock, mi experiencia como músico me da el beat justo para conseguir la contundencia que la narración requiere. Porque como dijo Tony Levin, bajista del grupo de rock progresivo King Crimson: El rock es actitud y contundencia.

 

Carlos Santana comparó al rock con una pequeña alberca y al jazz como un océano más vasto. Como músico, ¿sentiste alguna vez que el rock se quedaba corto para tus aspiraciones?

Son géneros diferentes. Cada uno tiene su grado de dificultad y su toque específico. No olvidemos que ambos tienen elementos del blues. Como es natural en la evolución de todo artista, en algún momento sentí la necesidad de incursionar en el jazz y fui miembro de grupos de jazz. Incluso me estuve presentando en el desaparecido bar Blue Moon con mi propio grupo que se llamó Jorge Godínez y el Jazz Trío. Lo que pasa con el jazz con relación al rock es que su ejecución es complicada porque tiene un enfoque intelectual, es música cerebral y por lo tanto de difícil interpretación y hasta cierto punto elitista. Requiere mucha técnica y conocimiento. El rock, aunque menos estructurado, es más físico que psíquico, es para el cuerpo. Es imposible oír al Grand Funk, los Creedence, Santana o a los Rolling Stones sin que un reflejo involuntario lo obligue a uno a seguir el ritmo con la punta del zapato.

 

El diseño es una característica de tus libros. Recuerdo el espejo pegado a la portada de ¡Qué lindo ser feo!, el formato horizontal de la primera versión de Rockstalgia y los párrafos en bloque que organizaste para Rockfilia. También lanzás desafíos a manera de ojito de cangrejo y dedo medio.

Esto data desde la publicación de mi primera novela Miculax. La idea de usar un dibujo de la cabeza momificada del asesino de niños fue mía. Con mi volumen de teatro ¡Qué lindo ser feo! se me ocurrió que sería un buen detalle pegarle un espejito a la portada para que el lector se viera reflejado en él cuando leyera el título. En la segunda edición de Miculax usé una idea de mi amigo Godo de Medeiros que fue modificada en un estilo de mosaico muy colorido con una figura de un niño al estilo de Picasso, pero con un elemento naturalista que es la foto de mis manos, más bien las huellas de las palmas de mis manos, en una actitud de rechazo hacia el pedófilo. El formato apaisado de la primera Rockstalgia también es mi propuesta, pero parece que no fue muy aceptado en un país donde se lee tan poco. Ya sea que dicho formato complique o no la lectura del texto, la nueva versión vuelve al formato vertical. Con Rockfilia de nuevo “eché mano de la mano”, esta vez a manera de higa, más conocida en Guatemala como ojito de cangrejo. Si bien su uso es obsceno también significa burla y rechazo, y si se invierte hacia abajo la posición de la mano su connotación es sexual. La higa fue un gesto supersticioso en sus orígenes, con el cual se rechazaba el mal de ojo. Hay dos tipos de higa, la española y la anglosajona. La española consiste en alargar el brazo cerrando el puño y poniendo el dedo pulgar entre el índice y el medio de forma que asome fálicamente. En la anglosajona, se cierra todo el puño y se pone tieso el dedo medio, en señal de burla, rechazo o insulto. El uso moderno de ambas higas responde más al gesto ofensivo u obsceno. Sin embargo, la española en Brasil significa buena suerte y en la India es sinónimo de fertilidad. En la nueva edición de Rockstalgia retomo la mano, pero esta vez lo hago con la higa anglosajona como un gesto de provocación: “Los cuadrados me hacen los mandados”.

 

¿En qué momento sentiste la necesidad de intervenir en el proceso de la publicación del libro?

En mis dos primeros libros no tuve que ver en el proceso de edición. Fue en el tercero cuando me involucré en la supervisión de la diagramación y formato. Y no fue sino hasta que entré a trabajar en la editorial Óscar de León Palacios que me convertí en editor de mis libros. Ahora yo hago el levantado de texto y junto al diagramador le damos las medidas a la caja, escogemos la fuente, tamaño, interlineados, sangrías, etcétera. Luego viene la escogencia del papel, tipo, gramaje, calibre del texcote de la primera y cuarta de forros y solapas si las tiene, materiales de revestimiento (barnices UV o plastificado), etcétera. Yo diseño logos y carátulas, y Byron Rodas las digitaliza.

 

Por último, ¿qué situaciones te provocan “rockstalgia”?

Escuchar la radio y oír rolas como “Last Night” de Mar-Keys, “Surfing Bird” de Los Trashmen, “Me & My Life” de Los Tremeloes, “She’s Not There” de Los Zombies, “Runaway” de Del Shannon, “I Put A Spell On You”, la versión original de Screamin’ Jay Hawkins, “River Deep, Mountain High” de Tina Turner, “I Got You Babe” de Sonny & Cher y “Time is Tight” de Booker T., “Like A Rolling Stone” de Bob Dylan. Ver videos y películas como El salvaje de Marlon Brando, Rebelde sin causa de James Dean, Semilla de maldad, la película del Festival de Woodstock, la ópera Tommy, Jesucristo Superestrella yYellow Submarine. Y abrir mi álbum de fotos.

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Responses

  1. Excelente entrevista de alguien que por lo que se ve, ha estado entregado a la música y las letras. Conozco la primera edición de la novela Rockstalgia y le deseo éxitos a don Jorge Godinez en la segunda entrega de esta “fantástica” historia.

  2. Felicitaciones al entrevistado y al entrevistador. Eddy Roma un joven con mucho futuro en el periodismo cultural y también con buen porvenir como escritor. Jorge Godínez un amante del Rock y apasionado de la literatura.


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