Posteado por: diariodelgallo | junio 4, 2011

FRANCISCO PÉREZ DE ANTÓN

Oswaldo J. Hernández

ohernandez@siglo21.com.gt

Corría apenas un año de finalizada la Guerra Civil española cuando, en 1940, el escritor Francisco Pérez de Antón nacía en Soto Caso, una pequeña localidad rural de la región asturiana en el norte de España. Cándidas narrativas sobre brujas y fantasía, “al amor de la lumbre, la aldea y la familia”, como dice, epataban la primera infancia e imaginación de este autor que terminaría por relatar de modo investigativo, histórico y sobre todo literario la cultura de un país como Guatemala que, a la distancia de su natal España, hoy le suena más que nada a algo familiar: “Alberto Cortez canta eso de No soy de aquí ni soy de allá; pues de ello nada: a lo particular yo puedo apuntar que soy de aquí como también de allá. Español como el que más. Guatemalteco igual”, indica quien hoy ve publicada en las librerías del país (por Alfaguara-Santillana bajo el sello Aguilar) Veinte plumas y un pincel, su más reciente obra (lea Veinte escritores).

Según De Antón, las letras le plantearon una epifanía realmente pronto en la vida; le sucedió a los 14 años, como una especie de llamado que nunca dejaría de atender y que aceptaría seriamente en Guatemala hasta entrados los 40 años. Él dice: “Antes de dedicarme a escribir, yo lo que debía hacer era aprender a ganarme la vida. Indica Ellen Gilchrist, que lo primero que un escritor debe hacer es buscarse otra fuente de ingresos. Acto seguido, después de haber pedido prestado, robado o ahorrado lo suficiente para escribir, y luego de gastarlo para mantenerse vivo mientras escribe y de haber dejado el corazón y la mente en la escritura, enfrentarse al final con que nadie publique lo que ha escrito o, lo que es peor, si lo publican, que nadie lo lea”. No obstante, le comento a Pérez de Antón que en la historia existen escritores presurosos, desembocados… “yo soy escritor tardío”, dice tranquilamente De Antón, en contraste con Rimbaud, Félix Casanova o Andrés Caicedo. “Claro que a Rimbaud le pasó todo a la inversa que a mí.

Poeta que abandonó la escritura a temprana edad y se dedicó a ganar mucha plata, y le fue bien. Ningún problema”. De tal cuenta, si evocamos en el tiempo nos topamos así con un pequeño Francisco de 14 años de edad, ganador de un primer concurso literario, con 15 cuartillas bajo el brazo, una historia breve y un título para todo ello: El reino de la fama. De Antón, hoy con ese porte suyo que denota un dejo de espontánea elegancia y sofisticación, en un tono de voz asturianamente afable y profundo, explica que “aquella historia era la de un periodista, un escritor de obituarios, que un poco cansado de todo encuentra la República de las Letras, un reino que, como se entera, pues no era del todo tan divertido”. Y recuerda que “la verdadera literatura, en realidad, la conocí a los 13, de propia voz, al tono de la prosopopeya, del verso, de mano de clásicos como Cervantes o Lope de Vega”.

Su familia, a lo mejor cauta, como dice, desconfiaba de la literatura como una cuestión de ingresos económicos. Entonces llegaría la consideración de un “futuro” en la agronomía… “Terminé esa carrera a los 23 años; mi intención luego era buscar mi vocación de periodismo en Madrid… pero se cruzó por entonces en mi camino una guatemalteca –María Consuelo–. Enamorado, terminé de pronto en Quetzaltenango, casado, armando negocios, buscándome la vida, la experiencia”. Eran los años en que, como un avispado empresario, Francisco Pérez de Antón fundó junto a su “mentor de consejos, el chamán de Castaneda”, Juan Bautista Gutiérrez, la cadena de restaurantes Pollo Campero, cuyo producto principal, con los años, ha ido adquiriendo una condición icónica y representativa para Guatemala. “Te imaginarás que siempre estuve en búsqueda de comprender un país como Guatemala.

Ahora entender mi empresa como analogía y contraste a la historia del País me remite únicamente, andado ya todos estos años, al orgullo”, dice. La aventura extraordinaria Fue Arturo Pérez Reverte quien hace poco dijo –ubicado en la novela histórica– que cuando habla de cultura, es la que permite a la gente poder consolarse. La cultura para Reverte es un analgésico. “E incluso Reverte ha dicho que la cultura no es necesario imponerla”, refuerza De Antón. “Necesitamos comprendernos cuando todo va mal. Lo que hace la cultura es explicarnos un poco de qué va todo; es una interpretación muy sui géneris de la historia”. Colocado en esta frase, Francisco Pérez de Antón se sabe seducido desde siempre por las circunstancias del pasado. Incluso como empresario, la conciencia de cultura, humanismo y realidad, como él mismo lo plantea, lo vuelven algo “anómalo” dentro del mundo de los negocios. “Mi entusiasmo por hacer las cosas me supera por mucho cualquier avidez crematística”. Por lo cual tampoco dejó de escribir ni de leer, de realizar ensayos y buscar la literatura como instrucción hasta “encontrar la sustancia del cuento y la narrativa”. “La escritura es un oficio peligroso, por lo que dices, por lo que planteas.

Sobre todo por lo que no sabes que vas a descubrir de ti, y esa aventura es algo extraordinario”, comenta el autor. De ahí que, entre tales andanzas, Francisco Pérez de Antón se entera de que una de sus obras, Un lugar llamado Quivira, resulta finalista en el Premio Juan Rulfo de Novela en 1979, con gente importante como Augusto Roa Bastos, Alfredo Bryce Echenique y Severo Sarduy entre los jurados. “Uno se hace escritor si ya se las puede con una novela”, ríe, “era lo que pensaba en ese entonces”. Aunque ya con ese reconocimiento él intuía que faltaba poco tiempo para abandonar los negocios, “ya no eran un reto”, y cotejaba empezar a vivir de la literatura, “cuando ya me había ganado la vida con algún acierto y podía mantener a mi familia”. Literatura y periodismo Para 1986, ya con un pequeño libro de cuentos publicado bajo el título de Cansados de esperar el sol, este escritor aparece como miembro fundador de la revista Crónica. De ella, Pérez de Antón explica que “era la primera vez que aparecía un periodismo investigativo en Guatemala”.

Y hoy, esta publicación, dentro de las aulas de las universidades, es una referencia del periodismo que se hacía hace años y que se gestaba en un país donde los medios de comunicación apenas defienden alguna factura ideológica: “Con Crónica nuestra postura era exponer de modo democrático una información equilibrada, con cada uno de sus flancos considerados. Se tiene la creencia de que el periodismo funciona como un cuarto poder. Pero lo que yo creo es que dentro de una democracia –cuando la hay– debe actuar como un contrapoder. Y en Guatemala no quería darse una democracia y tampoco el contrapoder. A Álvaro Arzú no lo soporté y hubo que cerrar la revista cuando ya era suficiente. Antes de ocuparme en la novela dediqué 12 años de mi vida a la apertura de la política desde el periodismo”. Así, escritores hay de muchas clases. Los hay de aquellos que buscan divertir, otros que buscan amargar, o aquellos que escriben para sí, o los que piensan en los demás. “Yo soy un escritor que desea entretener.

Educar aprovechando. Cada línea de las que escribo busca que el lector se mantenga con los ojos en las páginas. Y con esto en claro, emprendí la aventura de llevar al guatemalteco la historia de su país de forma amena, atractiva y divertida. La historia no tiene por qué ser aburrida”. Primero, Pérez de Antón se las vio de frente con las circunstancias de la Colonia –allá por1700– en un libro que se llama Los Hijos del Incienso y de la pólvora (2005). Lo siguiente fue inmiscuirse en los años posteriores a la Conquista, la evangelización correcta de los pueblos originarios, y la lucha entre frailes y españoles en la publicación que tiene por título La guerra de los Capinegros (2006). Un tercer interés histórico llegó con una novela desarrollada en el contexto de la Reforma Liberal de 1871, bajo el encabezado de El sueño de los justos (2008). Si a Francisco Pérez de Antón se le pregunta sobre cómo no caer en un paternalismo sobre la historia, o una nostalgia por la novela criolla… Él dice: “Uso técnicas periodísticas para el tratamiento de la historia. Juicios de valor de los personajes donde realzo el espíritu de una época”. ¿Y en no ser víctima del dogmatismo histórico? “Está en dar respiro a todas las voces, escuchar sus debates. Democratizar la información que corresponde al telón de fondo”.

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Responses

  1. “Veinte plumas y un pincel”, un libro excelente para conocer el punto de vista de Pérez de Antón acerca de 20 autores y un pintor.

    La frase que Oswaldo Hernández utiliza, “enfrentarse al final con que nadie publique lo que ha escrito o, lo que es peor, si lo publican, que nadie lo lea”, para explicar ese proceso difícil que es construir una obra literaria para después andar rogando a una editorial para que la publique y después…, se parece a la que en 1962 expresó el poeta Julio Fausto Aguilera: “Si escribo no me publican; si me publican, no me leen; si me leen, no me entienden; y si me entienden, se hacen los babosos”, que es como la triste realidad de nuestro medio.

    Hace poco más de un mes me encontraba elaborando un ensayo acerca de la novela de Manuel Coronado Aguilar, “El Año 2001” (1959) y en el entretanto leí la nueva obra de Pérez de Antón. Por él me enteré de la frase de Federico Nietzsche (1844-1900): “Supongamos que estas cosas se puedan decir en el año 2000…” (Pérez de Antón, Francisco; Veinte plumas y un pincel. México : Editorial Aguilar (para Guatemala : Editorial Santillana), marzo de 2011. Página 189).

    Ergo: para cualquier lector no iniciado, como el que suscribe, los 20 comentarios que Pérez de Antón efectúa respecto a igual número de autores de distintas épocas y géneros literarios, seguramente le dejará el deseo de conocer algo más de alguno de ellos, de discutir los puntos de vista del ensayista con respecto a los propios, y además, logrará apreciar al excelente artista retratado en el pincel, cuyas obras vemos en varios edificios capitalinos, principalmente del centro cívico, pero quizá no con el lente de aumento como nos lo ofrece el autor español, quien como él mismo dice: sí es de aquí, Guatemala, y de allá -España.

    Para no abusar de este espacio, por el momento no se comenta lo que Pérez de Antón opina de los 20 escritores incluidos en su obra; ni siquiera se anotan sus nombres, para evitar que cada quien se lleve la sorpresa que le apetezca y, por qué no, invitar a quienes aún no disponen del libro a adquirirlo y saborearlo. Como buen escritor de novelas históricas, en el presente caso no se trata de una “realidad inventada” (página 166) lo que expone, sino su propio criterio, mesurado, parco, espléndido y fluído en su exposición.


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