Posteado por: diariodelgallo2 | noviembre 5, 2011

MAX ARAUJO

Louisa Reynolds para el  Diario Siglo XXI explica cómo la cultura y las leyes, un campo hasta ahora poco conocido y explorado, se mezclan en el alma de una persona trascendental para el país.

Cuando en 2003 Max Araujo fue designado por el Ministerio de Cultura y Deportes para representar a Guatemala en una conferencia en Paraty (Brasil) no se imaginó que fueran a pedirle que hablara en público. De niño, amaba la literatura pero era tímido y jamás se prestaba como voluntario para leer en voz alta, mucho menos para protagonizar una obra de teatro.

Quién diría que años después, ese patojo cohibido se encontraría frente a un auditorio internacional que escuchaba con fascinación su presentación sobre la legislación cultural guatemalteca.

A los representantes de cada país se les había pedido que hablaran durante un máximo de 20 minutos sobre los avances logrados en sus respectivos países en esa materia. Cuando Araujo agotó su tiempo, el moderador le hizo señas para que terminara y no tuvo más remedio que concluir.

Tomó el micrófono el siguiente expositor, representante de España, y dijo: “Yo pido que el de Guatemala siga hablando”. A Araujo se le permitieron otros 20 minutos y cuando terminó, entre efusivos aplausos, el delegado español afirmó con incredulidad: “No es posible que ese país tan pequeño tenga tanta legislación abundante y variada”.

No es difícil imaginar a ese público que seguía con atención cada frase que pronunciaba ya que Araujo habla de la cultura y del cuerpo de leyes que nos permite defender y salvaguardarla con un entusiasmo altamente contagioso.

En cambio, sí cuesta visualizar al alumno tímido y apocado que fue cuando estudiaba en el Colegio Salesiano Don Bosco, donde el padre Hugo Estrada lo llevó a él y a otros jóvenes a descubrir la magia de los libros: el poder de la palabra escrita de hacernos llorar, reír, sentir que la vida fluye por nuestras venas.

El viaje literario comenzó con autores guatemaltecos como José Milla y Virgilio Rodríguez Macal, y siguió con autores extranjer os. Varios de los estudiantes que pasaron por el aula del padre Estrada, entre ellos Dante Liano, Franz Galich y Arturo Monterroso, se convertirían, años después, en estrellas del firmamento literario guatemalteco.

En casa, durante su infancia, le gustaba leer los cuentos de Barbuchín, devoraba los ejemplares de Prensa Libre que su padre compraba religiosamente y escuchaba con avidez las radionovelas. Aunque todo esto comenzaría a sembrar en él la semilla de la creatividad, fue el padre Estrada quien le inculcó la pasión por la literatura.

Por motivos que él mismo no se explica   (insiste en que no fue por presiones familiares) a la hora de elegir una carrera se decantó por Derecho y no por las artes.  Un día un amigo lo invitó a recibir un curso de locución en el Teatro de Arte Universitario con la actriz Zoila Portillo. “¿Quiere hacer teatro?”, le preguntó un día. Accedió a participar en unas obras de teatro experimental y en ese momento se dio cuenta de que su vocación era la cultura.

Cuando concluyó la carrera de Derecho en la Universidad Mariano Gálvez comenzó a ejercer como abogado y notario y se inscribió en la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad Rafael Landívar, donde fundó varias revistas literarias, entre ellas Abrapalabra, que aún circulan en esa casa de estudios.

Entre sus compañeras de estudio se encontraba Marta Regina de Fahsen, quien fue nombrada como titular de la cartera de Cultura y Deportes en 1990. “Vos sos abogado. ¿No querés trabajar en el Ministerio como jefe de la consultoría jurídica?”, le preguntó.

Le gustó la propuesta y no dudó en aceptar. Fue en ese momento cuando comenzó a descubrir un campo que le permitía combinar sus conocimientos de Derecho con su pasión por las artes: la legislación cultural.

Leyes y cultura

Guatemala, explica Araujo, cuenta con un enorme compendio de normativas que garantizan el derecho humano a la expresión cultural, basadas en la Constitución y en las diversas convenciones internacionales a las cuales el país se ha acogido a lo largo de los años.

Pero las leyes por sí solas no actúan; son un instrumento que debemos conocer a fondo y en detalle para exigir que se aplique, de manera que los artículos que existen en el papel se traduzcan en asignaciones presupuestarias para los proyectos culturales y medidas efectivas para salvaguardar nuestro patrimonio.

“Según un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), las industrias legalmente registradas le aportan a la economía guatemalteca un 7.5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB). Si a eso le agregamos el porcentaje que le corresponde a las industrias no formales, ligadas a las expresiones cotidianas como la gastronomía y las fiestas tradicionales, más el turismo cultural –estamos hablando de entre el 15 y el 20 por ciento del PIB–. Apoyando al sector de cultura y sus industrias podemos generar un desarrollo social para Guatemala”, afirma Araujo.

Ese convencimiento de que la valorización de la cultura es el camino hacia el progreso es lo que lo ha llevado a dedicarse de lleno a documentar y explicar las leyes que norman el derecho a la cultura y a participar en la elaboración de nuevos instrumentos jurídicos que se adapten a los tiempos modernos o que llenen vacíos.

Araujo es el autor de innumerables textos sobre legislación cultural, entre ellos el Breviario de Legislación Cultural y el Breviario de legislación nacional sobre las expresiones culturales tradicionales, los conocimientos ancestrales y los derechos de los pueblos indígenas en materia de cultura, y ha participado en la elaboración de varias iniciativas de ley, entre ellas la Ley de Fomento del Cine, que busca hacer oficial el financiamiento y la distribución de las obras, y la Ley de Lugares Sagrados de los Pueblos Indígenas, para que los lugares de importancia religiosa y ceremonial para los pueblos originarios sean administrados por un Consejo Nacional de Lugares Sagrados.

Actualmente colabora con el Ministerio de Relaciones Exteriores en la construcción de una nueva “diplomacia cultural” que promueva activamente el patrimonio cultural guatemalteco en el extranjero. “La cultura es el poder blando frente a los poderes duros: el militar y el económico”, explica Araujo.

Además de “vender” los activos culturales del país en el exterior, esta política también incluye la recuperación de artefactos arqueológicos o artísticos que han sido vendidos ilegalmente en el mercado negro internacional.

Iniciar acciones legales de este tipo resulta oneroso (entre $25 mil y $75 mil), por lo cual son pocos los casos que han llegado a las cortes internacionales, pero gracias a esa “diplomacia cultural” efectiva algunos países han colaborado con la devolución de las piezas.

Con el Ministerio de Cultura y Deportes colabora en dos proyectos: asistencia legal gratuita para los colectivos de artistas y artesanos que desean obtener personalidad jurídica y la creación del Sistema de Información Cultural, un banco de datos electrónico que documentará gastronomía, costumbres populares, arte y literatura. Además, asesora al Comité Nacional Memoria  del Mundo de la Unesco y al Consejo Nacional del Libro. También representa a Guatemala ante el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe.

Aunque estos proyectos han absorbido la mayoría de su tiempo, Araujo no ha abandonado su pasión por la escritura creativa y sus obras incluyen el poemario Atreviéndome a Ser y tres libros de cuentos: Cuentos, fábulas y antifábulas (1980), Puros cuentos de mi abuelo (1990) y Cuentos de desamparo y otros cuentos (1996).

Los autores del “boom latinoamericano” como Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y Ernesto Sábato son sus principales influencias, pero si tuviera que irse a una isla desierta y sólo pudiera llevarse un libro, sería Don Quijote.

Actualmente está escribiendo un cuarto libro de cuentos titulado: País de balas, bolas y bolos en el cual confluyen tres rasgos de la sociedad guatemalteca: la violencia (que vivió en carne propia con el asesinato de un primo hace dos años), el chisme o las “bolas” y el alcoholismo.

Poseer una carrera literaria propia, afirma Araujo, le ha permitido tratar al artista con empatía. Por ejemplo, cuando un escritor llega a su bufete con una duda sobre sus derechos de autor, él le habla no sólo como abogado sino de artista a artista.

Entre la aldea y la ciudad

“Cuando nací en 1950, en la aldea La Ciénaga, San Raymundo, mi destino era ser campesino. Eso no tiene nada de malo, pero qué duro es. La suerte me trajo a la Ciudad de Guatemala con un padre y una madre muy trabajadores”, cuenta Araujo.

Oriundo de un pueblo de campesinos ladinos, creció en una familia de cinco hijos (dos hermanos, ambos fallecidos) y dos hermanas.

Su padre dejó el azadón para convertirse en empresario del transporte y así fue como acabó trasladándose a la capital cuando tenía 4 años.

Aunque dejó la aldea a esa tierna edad, sus padres regresaban con frecuencia para visitar al abuelo paterno y hasta la fecha San Raymundo ocupa un lugar importante en su acervo cultural personal.

Los recuerdos de la infancia conservan, por ejemplo, el sabor del pinol, un plato prehispánico ceremonial preparado con harina de maíz y carne, que se come en ese municipio en ocasiones importantes como la siembra del maíz o la celebración de un matrimonio.

Tampoco olvida los nacimientos anárquicos y desproporcionados que montaban sus padres en Navidad, con musgos, pino, pacaya, frutas, pastores más grandes que las casas y un “misterio” que había sido heredado de una generación a otra durante 300 años.

Su identidad es una mezcla de estos rasgos rurales con las influencias capitalinas que absorbió durante su juventud, entre ellas su afición por el “sexteo”: la costumbre que tenían los jóvenes de la época por recorrer la sexta avenida de la zona 1 para observar a las muchachas, “hacerles ojitos” o en el caso de los más osados, invitarlas a un café.

La capital de hoy, con sus centros comerciales, restaurantes de comida rápida y una juventud que se interesa más por los disfraces de Halloween que por los barriletes de Sumpango es marcadamente distinta de la que conoció durante su adolescencia.

Pero reconoce que la cultura no es estática – por mucho que a veces queramos preservarla en imágenes de color sepia–. Hay que abrirse a lo nuevo, afirma Araujo, sin perder el amor por lo propio. “Cuando uno valora lo que tiene se está valorando a sí mismo; está valorando su sangre, su raíz”, afirma.

El problema, explica Araujo, es que la herencia colonial del racismo ha hecho que el mestizo guatemalteco reniegue su cultura y mire siempre hacia “las metrópolis”: primero España y otros países europeos y ahora Estados Unidos.

Para Araujo, el país enfrenta dos grandes retos: luchar contra ese complejo de inferioridad que ha sido interiorizado durante siglos y forjar una identidad cultural basada en el respeto a la diversidad étnica y lingüística, pero con elementos comunes con los que todos los guatemaltecos puedan identificarse.

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Responses

  1. Max querido, como estas. Lesbia (Lisa) Espinoza. Mandame tu telefono o tu email. Me alegro que estes en la Feria 2017… Exitos siempre


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