Posteado por: diariodelgallo2 | enero 19, 2013

LA HISTORIA DE TATADIOS (aporte de Ariel Batres)

penitenciaria 1

 

TATADIOS – ROBERTO ISAAC BARILLAS

En las páginas de la historia del sistema penitenciario quedó registrada la permanencia durante más de treinta años del asesino Roberto Isaac Barillas (1907-1968), a quien apodaban “Tatadios” (algunos lo escribían con tilde: “Tatadiós”, y otros en forma separada “Tata Dios”). Físicamente era un hombre de complexión fuerte, tez blanca, de aproximadamente dos metros de estatura, con habilidades para tallar la madera y fabricar pequeñas figuras, generalmente animales. En la prisión donde residió tantos años, era encargado del denominado callejón de los presos políticos, “escogido para torturar hombres, por su fuerza y por su vocación.” (De los Ríos, Efraín; “Ombres contra hombres: drama de la vida real”. Tomo 1. Tercera edición. México : Fondo de Cultura de la Universidad de México, 1969. Página 58.)

Comprobadas sus dotes para el asesinato, fue utilizado por el Benemérito de la Patria, Manuel Estrada Cabrera para cometer varios homicidios de personajes que políticamente no eran del agrado del dictador; no había posibilidad de demostrar que Roberto Isaac los realizara, toda vez que fácil se verificaba que no podía ser él toda vez que el día y hora en que ocurrieron estaba en la cárcel.

“De conformidad con los archivos judiciales, los procesos incoados en su contra ascendieron a 19, por homicidios y lesiones. En 1920, después de asesinar a dos enemigos, se refugió en la Penitenciaría Central para evitar que la gente lo linchara.” (Fundación para la Cultura y el Desarrollo. Asociación de Amigos del País; “Barillas, Roberto Isaac”. Diccionario Histórico Biográfico de Guatemala. Guatemala : Primera edición. Editorial Amigos del País, 2004. Página 518.)

“Tatadios” falleció el 15 de marzo de 1968; entre el cúmulo de noticias publicadas en dicho mes quedó registrado el hecho, escrito cual si se tratara de una nota necrológica más, pero dando a entender que no era justo que muriera en la tranquilidad de su cama, durmiendo para no despertar, sino como otros a quienes de propia mano asesinó, como sigue:

“Roberto Isaac, conocido por el sobrenombre de Tatadiós y quien durante más de un tercio de siglo estuvo recluido en la Penitenciaría Central, purgando diferentes condenas por ser autor de múltiples asesinatos, falleció hoy tranquilamente de un síncope cardiaco, en su casa de habitación, en la zona 12.
Pese a que en diferentes oportunidades fue condenado por los tribunales por los delitos de homicidio y asesinato, por razones inexplicables siempre se respetó su vida y fueron utilizados sus servicios dentro del penal, encargándosele especialmente durante la administración ubiquista, el llamado callejón de los políticos.
En el propio interior de la penitenciaría, en una oportunidad dio muerte a otro reo con quien había reñido, y se aseguró en aquella oportunidad que para cometer su delito había utilizado el cincho de un barril, el cual afiló convenientemente.
En varias oportunidades Tatadiós fue entrevistado por periodistas de varios periódicos y siempre fue atento con los representantes de la prensa, a quienes con singular gracejo respondía a las preguntas que le formulaban. Incluso dijo una vez que al salir se dedicaría a la agricultura.
Según supimos hoy, Roberto Isaac, quien posiblemente se acercaba ya a los 80 años, todavía ayer estuvo pintando su casa y se acostó para descansar, haciéndolo para siempre, ya que según los informes obtenidos, la muerte lo sorprendió mientras dormía.
Con la muerte de Tatadiós y la demolición de la Penitenciaría Central, que por largos años le sirvió de hogar, se cierra una nueva página en la historia de la delincuencia de Guatemala.” (El Imparcial; “Tatadiós Falleció de 80 Años / Archicriminal Acabó en Paz”. Guatemala : viernes 15 de marzo de 1968. Páginas 1 y 7.)

Habida cuenta que el abogado Manuel Coronado Aguilar (1895-1982) conoció a Roberto Isaac desde cuando él era un joven estudiante universitario, fue “cuidado” por el asesino durante su primera estancia en la cárcel en 1922 y durante varios años el prisionero le siguió brindando ayuda con algunos de sus clientes a quienes defendía después que caían en prisión, “cuidándolos” también, no tiene reservas en comentar a sus lectores del “Ateneo” de El Salvador (18 de marzo de 1968) y del diario “El Imparcial” en Guatemala (21 de marzo de 1968) acerca de cómo hizo “amistad” con el famoso asesino, elaborando previamente un análisis criminalístico del delincuente, indicando que debió examinarlo previamente un psiquiatra y no aplicarle fríamente el Código Penal. “Tatadios” fallece el 15 de marzo de 1968; Coronado Aguilar relata:

“La prensa nos ha dado la noticia relativa a la muerte de Roberto Isaac, alias Tatadiós, quien no es sino una figura social-histórica guatemalense, digna de un minucioso estudio en los campos jurídico-criminológicos. Para unos, Roberto fue un delincuente vulgar, homicida reincidente; para otros, un hombre terrible, producto del hampa; para no pocos, un sujeto frustrado, de ímpetus irreflexivos; y para muy contados, nosotros entre éstos, un enfermo grave, que por haberlo abandonado nuestra sociedad que nunca o muy poco se ha preocupado de esta categoría de seres desglosados de la vida normal, se lanzó por el empinado atajo del crimen.
¿Cuántas veces delinquió nuestro amigo Roberto? Con esa exageración tropical que todo lo agranda, no faltan quienes aseguren que veinte veces. Otros, más cautos y menos eufóricos para resolver dicen que catorce. Nosotros con mejor fundamento y noticiados por el propio Roberto, afirmamos que siete fueron sus homicidios. Indudablemente una barbaridad. Pero aquí cabe una pregunta de cargo. ¿Procedería, acaso, Roberto, en sus grandes caídas, por causa de una perturbación o debilidad mental congénita; o bien, por la frecuencia de un estado patológico que presupuso en él la anulación necesaria y completa de sus dos condiciones: libertad de decisión y aptitud para conocer la injusticia de sus actos, que por cierto no fueron voluntarios, condición esta última de trascendencia absoluta para determinar su responsabilidad?
Roberto Isaac entraba en un «estado patológico» siempre que ingería licor, el que lo obligaba a perturbaciones consecutivas mentales y hasta fisiológicas, de efectos extensivos, que lo precipitaban hacia la impulsión y hacia la tendencia morbosa. No defendemos al delincuente, solamente lo analizamos, con el fin de establecer si sí o si no, durante sus actos punibles, era capaz o incapaz de comprender la injusticia de sus actos, y si su voluntad se hallaba conformada a los dictados de una conciencia o de un estado de ánimo, que le trajera al conocimiento pleno de sus acciones y le diera la noción, de sus consecuencias. Sin libre albedrío y sin libertad moral, no cabe la responsabilidad, precisamente porque el sujeto activo del delito no está en la posibilidad de elegir entre el bien y el mal. El caso de Roberto Isaac —Barillas por línea materna—, un solo caso en sí, aún cuando sus acciones hayan sido diversas: por lógica, por justicia y por humanidad, debió ser sometido, antes que al juzgador frío que a tal hecho engrapa los dictados de tal artículo del Código Penal, a la jurisdicción del psiquiatra, y con la resolución y dictamen de éste, formularle entonces un juicio.
¿Quiere decir todo esto, que Roberto Isaac no debió, jamás ser restringido en su libertad? Absurdo si no temerario, sería pensar así. Pero más absurdo e ingrato fue obligarlo a pasar más de treinta y cinco años de su vida, dentro de los muros penitenciarios.
Un día de tantos, y esto se repetía con frecuencia, pues Roberto gozaba de muchas prerrogativas dentro del penal; con permiso expreso de su director, no obstante su peligrosidad, sale a la calle y de regreso, de visitar a «su mujer», toma un carruaje de punto… Conste, iba envenenado por el alcohol y se hallaba enfermo de gravedad. De pronto le asalta un mal pensamiento: inclina su cuerpo en dirección a la espalda de su cochero que viste una chumpa lona muy gruesa, en cuyos instantes hace crisis su enfermedad. Le asalta entonces la ilusión de advertir qué «ruido» haría el paso de su cuchillo al romper aquel vestido tan ordinario. Una obsesión diabólica lo domina y pica con su puñal la espalda de su auriga. ¿Pudo ser un acto equilibrado el cometido por Isaac? ¿No habría habido, antes que la de él, otra responsabilidad, aquella que no lo apartó a tiempo de la vida social para internarlo en un centro de represión?
Mientras los deterministas aseveran que el hombre procede ante el mal, merced a su «querer avieso» e impulsado por naturaleza por su propia y consciente deliberación para ajustarse al bien o para ajustarse al mal; para concluir de este modo, que el «hombre malo» es porque quiere serlo y que el que delinque, infringe la ley, daña y peca, es porque esos son sus deseos y su manifiesta voluntad. Por otra parte, los hombres de ciencia, comentan y concluyen, que los hombres no proceden libremente, sino por razón de una causalidad, y que mientras unos se sienten determinados de acuerdo con los preceptos de la Moral y del Derecho, otros responden a determinaciones que los conducen a lo accidental o los mantienen en un constante desacuerdo. Las determinaciones no acordes con las normas del Derecho llevan a la delincuencia: y esta puede ser fortuita-contingente o fatal-necesaria. La primera es propia de los criminales de ocasión; la segunda, del hombre-delincuente. En su libro «Principios de Derecho Criminal» Ferreri analiza esta rama de la ciencia según una concepción eminentemente antropológica de la criminalidad. Para él, los datos científicos sobre la personalidad biológica y social del delincuente, no son una ciencia auxiliar del Derecho Penal, sino elementos fundamentales, inseparables del delincuente.
¿Se trató alguna vez a Roberto Isaac dentro de su propia categoría humana, como un ser merecedor de ser estudiado en su conducta en cuanto a las explosiones y extravíos de ésta? Jamás. Que Roberto cometía un delito, un homicidio; pues… unas cuantas voces escandalosas de la prensa y… a recluirlo en la Penitenciaría por un lapso más o menos largo, confundido con todo género de delincuentes, encadenado a lo bestia, muchas veces, nosotros lo vimos, y con plena libertad para embriagarse y para portar un puñal que le sería para su legítima defensa.
¿Cómo conocimos a Roberto Isaac? ¿Qué clase de relaciones de amistad tuvimos con él? ¿Cuál es nuestro criterio con respecto a su desdichada e inevitable criminalidad?
Fue el 9 de abril de 1920. Nuestro inolvidable hermano José, cae asesinado en las afueras de La Palma, la finca de don Manuel, con ocasión de la gloriosa gesta unionista. El ejecutor material de ese crimen fue Virgilio Valle, quien debía singulares favores a nuestro citado hermano. Sabe Roberto de este asesinato y de su autor, y busca a éste hasta darle caza en las cercanías del puente de La Barranquilla. Allí por ingrato, le ultima, atravesándole la cabeza, por la frente, con el puñal que para los ataques a degüello usan los soldados en el extremo de su fusil. Valle cae muerto a la orilla del camino, y no es levantado de allí en tanto no ha comenzado su corrupción; tal la sentencia in voce dictada por mi vengador. Tenemos que recordar que en aquellos días de sangre y de pena, el gobierno había constituido escoltas armadas para su defensa, las que comandaban no pocos hombres de decisión bien conocida; de allí que Virgilio Valle jefeara una y Roberto Isaac otra… No sabríamos explicar si este posterior acto nuestro fue constituido por una moral o una religiosidad tambaleantes; pues… vuelta la calma a la ciudad, nos constituimos en la Penitenciaría Central a donde había vuelto Roberto Isaac, para darle las gracias por habernos evitado otros sinsabores. Nos dimos las manos y comenzamos a ser amigos.
Estamos en pleno mes de mayo del propio año 1920. El gobierno de Herrera nos designa para desempeñar el cargo de juez 6º de 1ª Instancia de Guatemala. Pocos días después de iniciadas nuestras labores, recibimos una solicitud de audiencia. Era Roberto Isaac, quien deseaba felicitarnos. Vamos a la Penitenciaría, hablamos con Roberto y, a continuación, con el segundo jefe del penal, bravo y leal coronel don Teódulo Vega, a quien le encarecemos que procure el nombramiento de Isaac, para servir de guardia a los «reos presos», que diariamente concurren a los tribunales de justicia. En aquellos tiempos iban a pie. ¿Nombrar a Tatadiós? me pregunta el coronel Vega; esto es sumamente peligroso. Sí, le respondemos «nombrar a Tatadiós»; y le aseguro que no es peligroso, pues a este hombre hay que liberarlo de sus complejos: hay que desbestializarlo y recordarle que es hombre. Y Roberto Isaac fue el «capataz» de sus compañeros y fue modelo de capataces.
Era el 17 de febrero de 1922. Por ejercitar el derecho de pensar con libertad y hablar sin miedo, se nos captura y se nos encierra en la bartolina número 15 del Segundo Callejón en la Penitenciaría Central. Nuestros compañeros de infortunio eran don José Azmitia, los abogados don Marcial García Salas y don Francisco Fajardo, el ingeniero don Luis O’Meany y docena y media más de hombres decentes. Nuestro carcelero particular fue un homicida, jutiapense de apellido Virula y… asústese el lector; nuestro mejor guardia de seguridad constituido por voluntad suya, Roberto Isaac, «reo» de media docena de delitos que tenía su «domicilio» cerca de El Triángulo, una amplia bartolina situada entre el patio de las letrinas y «el callejón de los políticos». Roberto Isaac nos habla repetidas veces, nos facilita un envase de lata para beber agua un día que nos vio recibir en las manos nuestro «rancho», no obstante hallarse en la oficina del alcaide nuestro portaviandas, enviado de casa; y… lo que le agradecemos la manera de comunicarnos con nuestra angustiada madre de quien recibíamos a diario sus recados escritos. Tampoco olvidaremos la prevención que mantenía escondida dentro de los pantalones.
Durante los ciento ocho días del régimen poncista, volvemos a aquel penal de tanta historia, por el mismo delito cometido en 1922: creer en los derechos esenciales del hombre. Roberto Isaac se entera de nuestra desventura y nos busca; se goza después de que nos encontremos en libertad y nos trae, como obsequio, una figura de pájaro formada con un cuerno de toro que conservamos agradecidos.
Hace dos meses, quizás, al pasar por el templo de Santa Clara, la voz de un hombre que irrumpe la calle nos sorprende. «Adiós don Meme», se nos dice. Era Roberto Isaac que salía de orar. A una pregunta nuestra y sin soltarnos las manos, Roberto me responde: «Vine a visitar al Todopoderoso que es el único que me protege». Y cuando nos despedíamos, me agregó: «Hace años que no bebo ni un trago».
Un infarto cardíaco acabó con la vida de Roberto Isaac. Nos lo dice la prensa. Así partió hacia la eternidad aquel hombre bien hecho; blanco de tez; grande de cuerpo; fuerte como una grúa; amanerado en sus modales; artista en la orfebrería; temido hasta por los homicidas al por mayor; bondadoso con el débil, y víctima de un destino que fatalmente lo marcó con el estigma de la delincuencia, sin que la Sociedad, el Estado y los diversos patronatos que procuran la enmienda del hombre, hiciese algo, alguna vez, por él.
Duerma en la paz del camposanto quien ya fue juzgado por el único Juez imparcial: Dios, Padre misericordioso y creador.
(Del Ateneo de El Salvador)
(18 de marzo de 1968).” (Coronado Aguilar, Manuel; “Roberto Isaac (a) Tatadios ha muerto”. Guatemala : El Imparcial, edición del jueves 21 de marzo de 1968. Páginas 9 y 13.)

Tómese en cuenta que Coronado Aguilar elabora su análisis utilizando para ello no solo las fuentes del derecho, sino también la psicología y la criminalística. Empero, si cuando fue Juez le hubiera correspondido juzgar al asesino Tatadiós, aún cuando éste había vengado la muerte de su hermano José Coronado en 1920, sin pedírselo y por ende le debía un gran favor, ¿hubiera resuelto en su amparo? ¿Lo habría condenado al fusilamiento como ocurrió con otros durante el gobierno de Ubico en el que por un “quítame de ahí esas pajas” eran llevados al paredón, o por lo menos a cadena perpetua? ¿Decidiría entonces que la sociedad era la culpable de la conducta de Roberto Isaac y por ende era mejor llevarlo a tratamiento psiquiátrico? En época actual, ¿Cómo juzgaría Coronado Aguilar a un marero que a su vez es asesino, extorsionista y demás delitos? ¿Diría también que sus actos no son meramente su culpa sino de la sociedad que no hizo nada por el pobrecito asesino reincidente? Estas y otras dudas quedan sin respuesta; lo que pudiera escribirse al respecto serían básicamente especulaciones de este nimio Ensayista.

Por su parte, el escritor Efraín de los Ríos (nombre literario; el real: Efraín Aguirre Ríos) da cuenta de sus recuerdos en la Penitenciaría Central al lado de Tatadios o Tata Dios, en su obra Ombres contra hombres: drama de la vida real, elaborada y publicada en 1945 por primera vez en un solo tomo, segunda edición Tipografía Nacional, 1948, y cuya tercera edición en dos tomos fuera impresa en 1969. Los derechos de autor le fueron otorgados en 1949 por el Presidente Juan José Arévalo, por medio de Acuerdo Gubernativo No. 177. Del Tomo I, capítulo XVII: “Como es ‘Tata Dios’”, se transcribe completo a continuación, por considerar que aunque redundante con respecto a lo escrito por Coronado Aguilar, complementa lo anotado por este en su artículo del 21 de marzo de 1968; tiene la virtud, lo redactado por De los Ríos, que la tercera edición la actualizó, toda vez que en lo que a “Tatadios” o Tata Dios se refiere, insertó el texto de un artículo que él publicó en Prensa Libre en su edición del 29 de marzo de 1968, donde también efectúa algunos entresacados del texto de Coronado Aguilar, a quien llama su amigo.

“Roberto Isaac, conocido con el mote de Tata Dios, no sólo dentro del presidio, sino fuera de él y rodeado de una leyenda de criminalidad, no es un hombre malo. Le juzgo no como el psiquiatra o el alienista, como el médico o el legislador, como el criminalista o el sacerdote; le juzgo como escritor autodidacto que tuvo la ocasión de alternar durante muchos años con el delincuente más famoso de Guatemala. Roberto Isaac tiene el alma de un niño. Sus conocimientos son rudimentarios, quizá porque los larguísimos años que lleva de reclusión no le han permitido ilustrarse. Lee los periódicos allá de tarde en tarde. Jamás se le ve en posesión de un libro. En cambio, el hueso y el cacho se ablandan entre sus manos. Con el hueso fabrica juegos de dominó de todos tamaños, limpiaúñas y limpiadientes de las formas más caprichosas y variadas; agujas para crochet; preciosos crucifijos y artísticos juegos de ajedrez. Talla mujeres desnudas. Un día talló la Venus de Milo y otro, la Virgen de Guadalupe, de quien es fervoroso devoto. Fabrica también estatuillas pornográficas y tiene la rara habilidad de montar en el interior de una bombilla eléctrica, todo un calvario completo, con centuriones, martillos, clavos, escaleras, lanzas y, en medio, Cristo crucificado. En el presidio él sólo posee el secreto de este montaje. A nadie da la más sencilla explicación sobre este curioso trabajo y al ser preguntado se enfurece. Cuando trabaja en uno de estos calvarios y es el momento de introducir los objetos a la bombilla, se encierra en su bartolina para que nadie le vea. Al estar terminado, sale a la puerta a mostrar su trabajo. Corren los curiosos a admirar la obra. Un día yo corrí entre ellos, pero cometí la imprudencia de preguntarle cómo hacía para introducir el calvario por la reducida abertura de la bombilla. Había olvidado la religiosidad de su secreto. Me miró fría, dura, hostil, indignada, rencorosamente. Huí del grupo. Tres días no me habló. Después, me reprochó la indiscreción y volvió a dispensarme su amistosa franqueza.
Con el cuerno de los bueyes fabrica preciosos floreros y resistentes bastones con alma de hierro. Todo cuidadosamente pulido. Las hebillas para cinchos son verdaderamente artísticas salidas de sus manos, pero es una industria a la que presta escasa preferencia. La dirección del centro ha ordenado que se le permita la entrada de las materias primas para su industria, tales como huesos frescos de res y posee un cajón donde guarda sus herramientas, el cual le es recogido a las cuatro de la tarde y entregado a las seis de la mañana. Vive aislado en su misma bartolina y tiene cocina propia en un ángulo del segundo callejón, cuyo patio es de forma triangular. Posiblemente las autoridades han preferido mantenerle aislado con el fin de que conserve el primitivismo de sus sentimientos y no sufran transformación en su trato frecuente con los hombres. Esta medida obedece al deliberado propósito de que, poseyendo un alma primitiva, sin evolución y sin roce, su voluntad debilitada, obedezca fácilmente el mandato de los jefes y pueda ser provechosamente utilizado como verdugo de los demás. Sobre sus crímenes guarda una reserva absoluta. Se niega a hablar y cuando alguien torpemente pretende inquirir sobre ellos, se enfurece y su rostro sufre una transformación que espanta. Sólo la intimidad de largos años de convivencia puede hacer que Tata Dios se prodigue. Pasa la mayor parte del día, junto a su banco de trabajo, haciendo objetos de hueso y cacho que constituyen su principal industria. Su puesto diría que es un observatorio. De allí, con una rápida mirada, abarca todo el panorama del triángulo; observa los movimientos de los demás presidiarios y cuando aparece algún nuevo o recién llegado al primer callejón, que forzosamente tiene que pasar, ya sea a los inodoros o a la pila del segundo, Tata Dios, desde su rincón, le hace un análisis psicológico que siempre es acertado y efectivo. Recuerdo que cuando vio por primera vez a Julio Machado, me dijo confidencialmente:
—Ve vos, Efraín, se me figura que ese es mal hombre. Vele los ojos y la nariz, es la fisonomía de gente mala. Parece que ha sido policía.
Roberto Isaac no se equivocó en el análisis. Machado envenenó el ambiente. Queda pintado ya en otro lugar de estas páginas. Y así, con un simple golpe de vista, Tata Dios conoce a los hombres de lejos. Tiene un oído finísimo y adivina lo que los otros hablan por el simple movimiento de la boca. Cuando bebe aguardiente se despiertan en él los instintos criminales. Es el caso típico de la criminalidad producida por el alcoholismo. El mismo lo sabe perfectamente.
Un día, aburrido de la charla insulsa de los compañeros, cuya estupidez crecía a medida que aumentaba el tiempo de su prisión, decidí buscar a Tata Dios, para fumar un cigarrillo en amena charla. Lo encontré sonriente.
—Figurate, vos, —me dijo—, les estaba diciendo a los muchachos que cuando salga, ya no voy a beber guaro.
—Y ¿por qué, don Beto? —inquirí.
—Porque soy muy bruto —me respondió—. Figurate que cuando ya tengo dos o tres copas en el estómago, luego me entran ganas de meterle el cuchillo a un desgraciado. Por eso digo yo que el guaro no es bueno para mí. ¿Verdad vos Infraín?
Le miré asombrado. Su rostro aparentaba serenidad. Su voz y su risa tenían el tono de la franqueza. Sus últimas frases habían pintado al hombre. Fueron para mí como una razón definitiva; la revelación de su enmarañada selva interior; así como fueron para los historiadores de la antigüedad, las palabras de Julio César al atravesar un pequeño poblado del Imperio romano: Preferiría ser el primero en este pueblo y no el segundo en Roma. La mayor parte de su vida la ha pasado Tata Dios en el presidio. Cuenta de su evasión antes del unionismo y de su retorno por aquellos días. Desde entonces no ha visto la calle. Lleva más de veinticinco años de perpetua reclusión. Presiente las transformaciones que se han operado en la ciudad. Tiene una intuición perfectamente desarrollada. Una simple mirada le basta para acertar en el análisis. Posee la sensibilidad de los presos viejos, como él mismo dice. Es amable y servicial en los primeros tratos; para agasajar a los recién llegados ofrece todo lo que tiene al alcance, pero antes ha calculado sacar de ello un interés quintuplicado. Cobra por el préstamo de cualquier de sus herramientas; ‘aunque sea un cigarrillo de interés’ —dice— ‘pero la cuestión es obtener algún provecho, porque yo ya soy preso viejo’. Tata Dios es pederasta. Cuando tenía mando en el callejón y se le permitía salir por las tardes al patio general, escogía para pasadores de su sector a los presidiarios más jóvenes y simpáticos, con perfiles de femineidad y pedía a los sargentos de semana o jefes de servicio que se los remitiesen a servir a su departamento. Estos muchachos, posiblemente ya propensos a la perversión, se prestaban, por gusto o por fuerza, a satisfacer los deseos lúbricos de Tata Dios. yo ignoraba y no quería creer que existiesen hombres que hiciesen las veces de mujeres en las relaciones sexuales. Sabía de la existencia de andróginos; de prácticas homosexuales en los internados; de muchos actos repugnantes; pero no había tenido ocasión de conocer de cerca de uno de los protagonistas. Las prácticas de inversiones sexuales son frecuentes en el presidio. Yo conocí al hombre y a la mujer, que llegaron castigados a mi departamento, por el delito de escandalizar con sus manifestaciones eróticas; su vicio impúdico ya no lo ocultaban y cuando los vigilantes perdían la paciencia o los efebos que hacían de mujer no se prestaban a sus caprichos, las parejas eran remitidas por castigo al callejón de los políticos. Yo traté de cerca de estos seres anormales llamados huecos en el argot penitenciario y pude constatar el complejo extraño de su naturaleza. Tata Dios sentía una incontenible inclinación hacia estos seres que tanto abundan en el interior de la Penitenciaría. Las autoridades saben esto perfectamente; pero no adoptan ninguna medida para evitar la corrupción. Lejos de ello, su tolerancia o su indiferencia, son como un fomento y una complicidad.
***
Un día acerquéme a Tata Dios con el propósito de charlar. Encontréle nervioso y transfigurado.
—Fijate, vos —me dijo repentinamente—, está uno tranquilo trabajando y lo vienen a joder. Ahora ya perdí el pulso y no puedo terminar lo que estoy haciendo. Ese pícaro de Buenona —así llamaba al inspector— me vino a traer para que fuera a vergacear a unos tacuacines a la bóveda; me incomodó y me puso nervioso. Desgraciados, uno está tranquilo en su trabajo y lo vienen a perturbar y a incomodarlo. Podían buscar a otro para cometer sus infamias.
Esta categórica y espontánea declaración de Tata Dios, le exime de responsabilidad en muchos de sus actos crueles. Si ha servido de verdugo no ha sido por su propia voluntad. Lo ha hecho obligado por los jefes penitenciarios, únicos sobre quienes debe recaer la culpa de cualquier arbitrariedad. En este caso no debe castigarse al ejecutor, sino a quien le obliga a cometer la ejecución.
Tata Dios es un hombre alto, casi de dos metros de estatura; blanco, gordo, de cráneo puntiagudo, especie de dolicocéfalo, de ojos pequeños, boca regular, manos y pies grandes y de ágiles movimientos. Recibe triple ración de alimentos. No usa colchón en su cama; prefiere la dureza de la tarima porque fortalece los músculos de la espalda. Utiliza la ayuda de dos o tres reclusos voluntarios para pulir el hueso y el cacho y a quienes paga unos pocos centavos por sus servicios. Le gustan los juegos de azar y, siempre que hay ocasión, se burla de las prohibiciones reglamentarias. Casi siempre gana: posee el secreto de no perder. Una vez dio un bofetón a Sánchez Batten por una ligera contradicción. Al escándalo llegaron dos oficiales de la guarnición, pistola en mano, inquiriendo si había habido derramamiento de sangre, pues tenían la consigna de ultimar a Tata Dios la próxima vez que derramase una sola gota. La orden —decían— había sido dada personalmente por el dictador.
Corría el rumor de que en cierta época y a determinadas horas de la noche, Tata Dios era sacado de la Penitenciaría para que fuese a cometer homicidios ordenados por el Presidente. Este rumor llegó hasta la calle. Jamás se supo la verdad. En todo caso, falso o cierto el rumor, ha quedado en el misterio…
Su vida está llena de escabrosidades. Una sinuosa línea es su pasado. Varias veces encarcelado durante su juventud, logró fugarse en cierta ocasión y emigró a México. en aquel país corrió las más extrañas aventuras, las cuales gusta referir a sus oyentes, con lujo de detalles. Estuvo al servicio de varios generales revolucionarios y vio matar hombres a granel. Tata Dios no pudo enseñar nada de su arte; pero eso sí, aprendió algo de lo mucho que todavía ignoraba. Muchos lo superaban en destreza para el manejo del puñal. Estaba alistándose para una expedición a Cuba, cuando tuvo conocimiento del movimiento unionista que derribó la tiranía de Estrada Cabrera. Entonces dispuso regresar para vengarse de los enemigos que había dejado. Cuando volvió todavía estaban en plena revuelta. Llegado a su casa, sólo empleó el tiempo necesario para abrazar a su madre y, después de tomar una taza de café, salió en busca de sus enemigos. Halló al primero en su propio domicilio. Al ver a Tata Dios quiso hacerle zalamerías, pero éste, categóricamente, le manifestó que iba a matarlo. No valieron súplicas ni humillaciones. Tata Dios le clavó el puñal en medio de la frente y, como al atravesar el cráneo la hoja del cuchillo se introdujo en el tabique, Tata Dios puso la rodilla en el pecho de su víctima para extraer el arma. Corrió en busca de otro enemigo. Este, al percatarse de las intenciones de Tata Dios, huyó precipitadamente; entonces sacó el revólver y alojó una bala en la espalda del prófugo, en el momento que doblaba una esquina. Alguien le reconoció, dio la voz de alarma, la multitud se arremolinó en la vía pública y persiguió al asesino con el propósito de lincharlo. Había sido descubierto. Tata Dios huyó, pero al verse perseguido muy de cerca por una multitud furiosa que pedía su cabeza, precipitadamente decidió refugiarse en el portón de la Penitenciaría, en cuyos alrededores habían tenido lugar los hechos. La guarnición le atrapó y le defendió de las iras de la muchedumbre persecutora. Había salvado a un perseguido y capturado a un delincuente, años atrás evadido del mismo recinto. Sólo la fatalidad pudo haber hecho que un suceso extraño empujase en busca de la prisión a aquel que había huido de ella. El mismo se entregó. Desde entonces, ha transcurrido un cuarto de siglo, sin que por aquel portón haya salido el hombre que un día de abril de 1920 entró corriendo para librarse de las furias populares. Todos los hombres tienen su destino y el de éste, se está cumpliendo, lenta, segura, inexorablemente.
Este infatigable trabajador del hueso y del cacho, a quien todos los reclusos, por diversas razones, rinden singular acatamiento y obediencia, tiene un capital acumulado no menor de tres mil dólares y los cuales no le han sido incautados por más requisas que se han practicado en su bartolina. Tiene una virtud: es un hijo excesivamente cariñoso. Habla de su madre con una ternura honda, con un amor intenso, con una devoción asombrosa. Ello me hace pensar, como leí alguna vez en las muchas hagiografías que en mis manos cayeron, que en el fondo de los grandes criminales se esconde generalmente un santo, así como en muchas ocasiones, de los grandes cobardes van saliendo los héroes.
La prisión no ha servido para corregir los yerros de Tata Dios. De hombre se ha convertido en un instrumento de los ombres. Su fuerza física es aprovechada para martirizar a los otros reclusos. Pertenece a la categoría de los irresponsables. La perversidad de los ombres ha sido la causa de que se atribuya a Tata Dios esa leyenda de criminalidad que le circunda. En el fondo, ya lo dije, es un hombre bueno. Sólo el alcohol trastorna sus sentimientos y la prisión, en vez de mejorarle, le ha insuflado toda clase de perversidades. Es, como si dijéramos, intransformable carne de presidio. Yo le coloco en el plano de los eternos irredentos, de aquellos desahuciados para quienes no existe remedio alguno; le coloco en el plano de los casos perdidos, misericordiosa, pero implacable y justicieramente.
***
Roberto Isaac Barillas, Tata Dios, falleció el 15 de marzo de 1968, contrariando el proverbio que dice: ‘El que a hierro mata, a hierro muere’. Murió en su cama a consecuencia de un síncope cardíaco. Con tal motivo, en la edición de ‘Prensa Libre’, correspondiente al 29 de marzo, publiqué lo siguiente: POSADA. —La repentina muerte de Tata Dios, Roberto Isaac Barillas. Yo no hubiera querido, o quizá no hubiera podido escribir algunos renglones sobre la vida, obra y ‘milagros’ de uno de los delincuentes más famosos que ha tenido Guatemala, si no hubiera sido que mi amigo, el licenciado Manuel Coronado Aguilar, se ha dejado venir en ‘El Imparcial’ del jueves 21, haciendo algunas consideraciones de orden psicopatológico, acerca de las desviaciones de que fue víctima el victimario de algo más de docena y media de guatemaltecos.
Ni el licenciado Coronado Aguilar ni yo —el segundo— hemos pensado hacer una apología de Roberto Isaac Barillas, sino solamente pintar en letras de molde lo que para nosotros fue aquel hombre que pasó más de 35 años de su vida, encerrado en las ergástulas de la Penitenciaría Central.
Dice el refranero popular que quien a hierro mata, a hierro muere. Y esto no es verdad absoluta; porque Roberto Isaac murió tranquilamente en su cama, víctima de un infarto al corazón. Su aspecto, en los últimos días, era el de un hombre sano, porque su corpulencia, su buen humor y la blancura sonrosada de su cutis así lo estaban proclamando; pero como ‘las apariencias engañan…’
Dice Coronado Aguilar, refiriéndose a Isaac: ‘… Entraba en un estado patológico siempre que ingería licor, el que lo obligaba a perturbaciones consecutivas mentales y hasta fisiológicas, de efectos extensivos que lo precipitaban hacia la impulsión y hacia la tendencia morbosa’. Agrega: ‘que no hace una defensa del delincuente, sino que sólo lo analiza’. Algo semejante hice yo hace veinte años en la última edición de mi libro ‘Ombres contra Hombres’, en donde, a grandes rasgos, pinto a Roberto Isaac como una de las personalidades delincuenciales más sobresalientes del presidio. Dije en aquel entonces que era una alta autoridad, en doble aspecto dominante entre el resto de reclusos. Y como yo fui por más de seis años un prisionero político que por azares de la suerte tenía contacto a diario con Tata Dios, creo haberlo conocido en muchos de sus más sobresalientes aspectos. Podría describirlo morfológicamente, prosopográfica y etopéyicamente, pero me concreto a referir algunas anécdotas similares a las que expone el licenciado Coronado Aguilar. Voy a referir una sola, con la que, a mi juicio, creo llenar la ficha psicológica de aquel recordado excompañero de cautiverio.
Una tarde, aburrido de la sosería de mis compañeros, extraje de mi chumpa rayada un cigarrillo y me fui en busca de Tata Dios. En ese tiempo ya era permitida la comunicación entre los presos políticos del primer callejón y los sentenciados del llamado ‘Triángulo’, en donde Tata Dios fungía como encargado. Encontré a ‘Tatoy’, como le decía José Rodríguez Medina —único a quien toleraba ese tratamiento—, riéndose y trabajando el hueso. —¿Qué hay don Beto, por qué está tan contento? —le pregunté. —Sentate, vos Infraín —me contestó. Estaba yo diciéndoles a los muchachos que cuando salga, ya no voy a beber guaro. —¿Por qué, don Beto? —inquirí. —Fijate, vos —siguió comentando—, me tomo el primer trago, lo siento muy sabroso; me tomo el segundo, mejor; con el tercero, me caliento y al cuarto o quinto, luego me entran ganas de meterle el cuchillo a un… (aquí una gruesa palabra que se acostumbra en el argot penitenciario). Esta declaración de Roberto Isaac, proferida espontáneamente, la tomé como si aquel hombre me hubiera corrido las cortinas de su mundo interior y me demostró que su criminalidad en acto, tenía siempre como causa el uso excesivo del alcohol. En aquel momento di un vistazo a los repliegues de su alma atormentada. Era el tipo criminal impulsado por el alcoholismo. Sin esta droga, aquel hombre era de una normalidad perfecta, no aparente.
Tata Dios era un hombre servicial. Calculista y algo interesado, como que era ‘preso viejo’, según decía y los presos viejos deben reclamar ciertas prebendas de los nuevos. Cuando lo obligaban a ejercer las funciones de verdugo, se transformaba. Las líneas del rostro se le endurecían y sus ojos adquirían fulguraciones diabólicas. Sabía manejar el vergajo para azotar a los castigados. Y al día siguiente del vapuleo, él mismo iba a saludar a la víctima, preguntándole qué le había sucedido y le obsequiaba cigarrillos. Una actitud verdaderamente desconcertante.
En su madurez Roberto Isaac era un hombre atacado de los más raros complejos. Tenía el alma de un niño. El no sabía, ni creía que existieran edificios de más de 40 pisos. La tentación de saber el ruido que haría el paso del cuchillo por la chumpa del cochero que le conducía en su carruaje, es igual a la ilusión de querer apreciar el matiz que haría el color de la sangre en el uniforme blanco de un colegial. Un mundo de aberraciones, de desequilibrios emocionales y de sentimientos encontrados. Una naturaleza enferma que pudo ser transformada, si hubiera habido una mano o una entidad benéfica que se hubiera interesado por la recuperación de aquel delincuente ocasional, cuyos crímenes fueron propiciados por el uso inmoderado del alcohol.
Respecto al caso de Roberto Isaac —ya lo dije en otra parte—, su criminalidad tuvo siempre por base el alcoholismo. Su mano, armada de puñal para herir a sus semejantes, fue siempre impulsada por el alcohol. Y él lo comprendía. Por eso me hizo la declaración —o confesión— contenida en uno de los párrafos de este escrito en el que se pinta con claridad su panorama emocional.
Por todo lo demás, Tata Dios era un buen hombre. Más decente que muchos de los prisioneros políticos de la dictadura. Nada pierdo con decir que fui su amigo. Cuando nos encontrábamos en la calle y nos saludábamos, se quitaba el sombrero de anchas alas y lo mantenía respetuosamente en la mano. En los últimos años, quizá porque ya no tomaba —como lo había prometido—, no volvió a delinquir. En los últimos días, es decir, antes del 15, estaba ocupado en pintar su casa de la zona 12. Este trabajo le ocasionó fatiga y al acostarse a descansar, el corazón le falló y la vida se le fue en un breve estertor.
Roberto Isaac me contaba la historia de ‘la Julia Hernández’, amiga suya y quien poseía una tienda de víveres en la zona 6. en cierta ocasión —contaba Roberto— otra mujer fue a darle una tremenda insultada a ‘la Julia’, sólo contestaba: ‘Está bueno, vos… está bueno. ¡Siempre está bueno!’ Pero de repente ‘la Julia’ se encendió y tomando un cuchillo que de tanto afilarlo se había convertido en una especie de verduguillo, saltó sobre el mostrador y de un tajo le abrió el vientre a su rival. Y Roberto, onomatopéyicamente, imitaba el ruido que hicieron los intestinos al caer al pavimento. (Chiploc, hicieron las tripas cuando cayeron al suelo, decía Roberto).
Las frases de respuesta a los insultos, proferidas por ‘la Julia Hernández’, creo que sólo Roberto y yo las sabíamos. Por eso, cuando yo sufría un castigo, fregando un pedazo de ladrillo el fondo enmohecido de la pila, rodeado de verdugos con vergajo en mano, Roberto, irónica y filosóficamente, me gritó desde su rincón: ‘Siempre está bueno, ¡verdá vos Infraín!’
Yo tuve la ocurrencia —porque no de otra manera podría llamársele—, de leer todos los procesos incoados contra Roberto en el archivo de la Corte. Una labor atrevida. Diez y nueve procesos por homicidios y lesiones. Con ellos pude haber escrito una novela truculenta para explotar la morbosidad humana. Hubiera hecho mucho dinero. Pero me abstuve obedeciendo leyes cósmicas. Ahora, frente a lo irremediable, desentendiéndome de las gruesas olas de prejuicios que envuelven al hombre, sólo me queda hacer de Roberto Isaac una breve semblanza morfológica, prosopográfica y etopéyica, con lo cual creo cumplir con mi deber de periodista. Veamos: Roberto Isaac Barillas, el inquilino por más tiempo de la Penitenciaría, era un hombre alto, de más de dos metros, de complexión fuerte, de tez blanca, pies grandes y algo lampiño. Su andar era a veces lento, a veces presuroso, según las circunstancias. El mismo cocinaba sus alimentos. Gustaba tenderse al sol con el cuerpo untado de tuétano. El centro le proporcionaba huesos de res, con los que hacía objetos artísticos. De tal manera, que el hueso y el cacho del ganado vacuno, parecían como de cera entre la habilidad de sus manos. Jamás pude saber cómo hacía para introducir todo un Calvario en el interior de una bombilla eléctrica. Cuando he dicho que tenía el alma de un niño —un retrasado psíquico-mental, diría un psiquiatra—, era por su sencillez y su ingenuidad —ignorancia hubiera dicho un pedagogo—; hablaba de su madre con una veneración asombrosa; a veces protegía y a veces atacaba. Se le temía y se le respetaba. Yo creo que en su interior había una urdimbre de sentimientos inextricables. A mi juicio, una de las naturalezas más raras que conocí. A veces un santo y a veces un demonio. Últimamente era devoto del Sagrado Corazón del Santuario Expiatorio, ese templo moderno que domina la ciudad y que es un alarde de arquitectura revolucionaria.
Roberto Isaac Barillas, sin duda el delincuente más conspicuo de Guatemala, durante nueve lustros atrás, estuvo siempre sujeto a perturbaciones mentales que le dislocaban la voluntad y lo impulsaban al crimen. Todos sus actos punibles fueron cometidos en estado de embriaguez. El alcohol le inhibía de conocer la injusticia de sus actos y despertaba en él el morbo del puñal. Era, en resumen, el crimen causado por el alcoholismo. De ahí que no sea merecedor de una sanción demasiado severa.
Yo conocí a Roberto Isaac —Tata Dios—, por eso me impresionó la noticia de su muerte. No guardo para él ningún rencor, ni podría guardarlo aunque me hubiera golpeado. En cierta ocasión me dijo: ‘Vos estás mal recomendado, porque sos enemigo del señor presidente’. Ello me dio a comprender lo difícil de mi situación. Pero, fuera esta confesión, Tata Dios, no tuvo después para conmigo una sola frase lastimadora.
Y para él, dondequiera que esté, son estos renglones, como una especie de responso a su memoria…
25 de marzo de 1968.” (De los Ríos, Efraín; “Ombres contra hombres: drama de la vida real”. Tomo 1. Op. Cit., páginas 314 a 331.)

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Responses

  1. Buenisimo….

  2. Es útil emerger históricas para contrastar diferencias con el ahora. A parte de la “humanización” del tal Tatadios por Coronado y de los Rìos gratamente hilvanadas por el licenciado Ariel Batres, no cabe duda que una persona de esa calaña, además de “respetada” y temida, se le guarda un rencor tipo mal deseo. ¿cuántos vecinos de ese estilo tendremos en ésta Guatemala de la mano dura?

  3. Excelente publicación. http://www.poesiagt.com/2013/02/libro-suenos-de-poeta.html

  4. Enrique Wyld dejo una huella imborrable en pequeños escritos que coleccionabamos en recortes de un periodico de la epoca quisiera saber si se puede recuperar o existe archivo de esos escritos. para Noel Vasquez, y Ohfercita, o quien pueda gracias de antemano parte de esos escritos mi correo joalduran@gmail.com

  5. me gusta toda la literatura que se refiere a la historia de mi guatekinda

  6. […] Autor: Ariel Batres Fuente: Diario del Gallo 2 https://diariodelgallo.wordpress.com […]

  7. En la edición de El Imparcial, correspondiente al 5 de febrero de 1945, “El veterano número 1 de la Penitenciaría da sus impresiones para El Imparcial”. Ahí se encuentra la fotografía que Efraín de los Ríos incluye en su libro, sin dar fuente, y el reo se queja que por solo dos asesinatos comprobados le dieron 28 años de prisión. Asegura que solo le faltan 3 años años para salir, ya tiene 56 de edad, y que solo mató a los pícaros.


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